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Viernes 25 de Mayo de 2018

Aretain harridan - un nuevo comienzo

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Categoría: Cuentos | Fecha: 04/02/2011
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Antes de que lean esto, agradezco a todos aquellos que votaron mis primeras historias (Aretain harridan volviendo a las andanzas y Kastine Dreadweaver), sin su apoyo no habría conseguido el animo de seguir escribiendo. Esta continuación esta dedicada a ustedes!

*************************

L. J. Mieres - Aretain Harridan, un nuevo comienzo. (basado en el World of Warcraft)

(los hechos aquí presentados ocurren 1 año después de que Aretain retorna a su oficio como paladín)

************************

“¡Ya casi la tengo!” exclamó el pequeño Duncan Harridan. Estiró la manita todo lo que pudo hasta que sus dedos rozaron la superficie lisa de la manzana que quería agarrar, sacando la lengua ante el esfuerzo, como sí esto le ayudase de alguna forma. “¡Ah un poco más!”

“¡Tu puedes Duncan, vamos!” le animó Kalaba desde la distancia mientras sonreía. “¡hazle honor a tu apellido!” acto seguido, continuó arrancando manzanos de las ramas de los árboles para luego colocarlos dentro de la cesta que llevaba consigo. “Tu cesta aún no esta del todo llena.”

Y en realidad ni siquiera lo estaba, pero por mucho que se estirase, se parara sobre sus dedos, o sacase la lengua –y parecía creer en verdad que esto ayudaba- Duncan no consiguió coger el manzano de la rama. El pequeño de nueve años resopló con frustración y se volvió hacia su compañera Kalaba, quien le observaba entre risillas. “¡No es justo, es el árbol más alto!”

Kalaba colocó otro manzano dentro de su cesta y se acercó al pequeño que aún mantenía los labios fruncidos haciendo pucheros. “Todos tienen el mismo tamaño, Duncan,” afirmó Kalaba. Estiró la mano libre que no sostenía la cesta y agarró el manzano que Duncan había estado intentando coger. “Además, sí hubieras usado la escalera, hubieras podido alcanzar el manzano más fácilmente.”

“¿Y por qué no me dijiste que estaba allí?” preguntó el chiquillo cuando se volvió para mirar la escalera que estaba recostada del cerco más cercano. Kalaba lanzó una risilla bromista y le contestó: “Quería verte sufrir un poco, es todo.”

“¡Eres mala!” le acusó Duncan, aunque no con un mal tono. Conocía a Kalaba desde que tenía edad para recordar, y siempre que su padre le dejaba ayudarle con las tareas de la granja, Kalaba, la granjera vecina, le daba una mano en ello. Ella siempre le hacía alguna maldad, de la cual ambos se reían hasta que les dolía la barriga, cuando ella invitaba al pequeño a tomar un te en su granja luego de la jornada de trabajo.

Kalaba hizo una mueca sacándole la lengua y volvió a reírse.

“Ah, veo que se lo están pasando bien.” Dijo una voz detrás de ellos. En seguida, Duncan y Kalaba se volvieron para recibir a Aretain Harridan, quién sonreía jovialmente al volver a ver a su hijo. “¿Cómo se ha portado, Kalaba?”

“¡Papá!” exclamó Duncan, corriendo a recibir a su padre. Aretain se echó a reír y lo abrazo cuidadosamente, alzándolo en brazos y mirándolo a los ojos con amor paternal. “¡Kalaba me trajo a recoger manzanas papá!”

“Así es, señor Harridan,” contestó la chica mientras dejaba la cesta de manzanas en el suelo. “Se ha portado de maravilla, como todo un caballero.”

Aretain sonrió complacido. “Me alegra oír eso de mi pequeño campeón.” El viejo bajo al niño, aunque lo mantuvo cerca de él. “No puede esperarse menos de un futuro paladín de la Luz ¿no es así hijo?”

“¡xiii! Digo… ¡Si!” balbuceó Duncan, con las mejillas sonrojadas.

“De tal palo, tal astilla.” Añadió Kalaba.

“Bueno, ya es hora de ir a comer, hijo, tu madre me ha enviado a buscarte, y si no llegamos pronto se molestará con los dos.” Le advirtió Aretain a su hijo, luego se volvió a la granjera. “Muchas gracias por hacerte cargo de él, Kalaba.”

“No hay de qué, señor Harridan. Para mi es un placer hacerlo.”

Aretain volvió a sonreír y antes de partir con Duncan, le dio una bendición a la granjera y le deseó prosperidad a su propia granja, luego, padre e hijo recorrieron el camino de regreso a su hogar bajo el tibio sol de la mañana.

* * * * * *

“¿Cuándo empezaré a entrenar para convertirme en paladín, papá?”

La pregunta provocó en Aretain un sentimiento de orgullo paterno, pues, ¿Qué padre no deseaba que sus hijos siguiesen sus pasos? La sola idea de preparar a Duncan para que recorriese la senda de la rectitud y la justicia le llenaban de ansias. No obstante, el viejo caballero estaba convencido de que su hijo era aún demasiado joven, por lo que tendría que esperar unos cuantos años más.

“Cuando cumplas los doce años, hijo.” Contestó Aretain, sin poder evitar sonreír.

Duncan frunció los labios. “¿y por qué a los doce? ¿Por qué no ahora?”

La granja ya estaba a la vista, y una leve fragancia a vino flotaba en el aire conforme ambos se acercaban. No era más que el viñedo de los Harridan, la cosecha más preciada de Eribeth, la esposa de Aretain.

“Porque eres demasiado joven. A los doce es una buena edad para empezar. Además, tu madre no aprobaría que te enseñase a usar un martillo a tan temprana edad. Conociéndola bien, ella optaría porque empezase a entrenarte aquí –el viejo señaló su sien derecha- antes de empezar por la lucha.”

“¡No es justo!” protestó Duncan, haciendo pucheros. “no me gustan los libros.”

Aretain se echó a reír. “ten paciencia, hijo… además ¿cómo vas a combatir a los malhechores sino sabes leer o escribir?”

Duncan mantuvo el puchero, por lo que Aretain continuó. “Debes ser inteligente, hijo… tu mente será tu principal arma, nunca lo olvides.”

La conversación fue interrumpida abruptamente por el sonido de cascos pisando el suelo y el relinche de un caballo. Aretain y Duncan se detuvieron a escasos metros de la entrada de su granja para contemplar la llegada de un jinete ataviado de armadura y con aire urgente. Aretain lo reconoció, pues era Willem, el mensajero de Southshore.

Antes de que este siquiera pudiera decir algo, Aretain Harridan ya adivinaba que algo estaba sucediendo.

“Sir Harridan,” dijo Willem, apeándose del caballo.

Aretain vio a su hijo antes de contestarle a Willem. Parecía que ahora su hijo y esposa tendrían que comer sin él. Aunque eso no era nuevo, al viejo caballero le llenaba de pesar tener que interrumpir el tiempo que pasaba con su familia para atender los asuntos de la región.

No puedes quejarte, viejo chocho, este es tu deber, se recordó Aretain, suspirando y tornándose a Willem más seriamente.

“Bienvenido a mi humilde granja, joven Willem, ¿en qué puedo ayudarle?”

El mensajero carraspeó al ver al hijo del paladín, dándose cuenta de que había llegado en un mal momento. Aún así, prosiguió a entregar su mensaje. “Tengo noticias de Southshore, Sir. Le necesitan allí de inmediato.”

Duncan pasó su mirada del mensajero a su padre y viceversa, tratando de captar la mayor información que podía, empezando a tener deseos de acompañar a su padre en cual fuera la aventura que fuese a realizar. Seguramente los pieles verdes o los hombres huesudos estarían haciendo fechorías en el puerto…

Xiii… y yo ayudaré a mi papá a echarlos de allí.

“¿Qué sucede?” Preguntó el viejo caballero con un tono tan serio que la mera idea de acompañar a su padre en cualquiera que fuese la aventura que estuviese ocurriendo se le borró de la mente al pequeño de nueve años.

“Hace unos días, varias personas cayeron enfermas en el puerto, Sir. Los médicos les han tratado sin obtener mejorías, y su amigo Raleigh intentó curarlos con la Luz, pero tampoco obtuvo mejores resultados.” Contestó Willem, sin apartar la vista del caballero veterano.

¿Una extraña enfermedad que ni la medicina, ni la Luz podía curar? Se preguntó Aretain, bastante desconcertado. Quizá era de índole mágica, y aunque no estaba del todo seguro, aprovecharía de comprobarlo el mismo en el puerto con la ayuda de la joven Seirel Brackwell, una archimaga de Stormwind.

Espero que no sea otra obra de los forsaken, pensó el paladín sombríamente.

“Bien, marcharé al puerto en un momento, Willem.” Le aseguró Aretain al joven mensajero, quien asintió y sin dudar un segundo más, saltó sobre su corcel para marcharse. “Dale la noticia a Raleigh de que voy en camino.”

“Si, milord.” Acto seguido, Willem arreó a su corcel y dio la vuelta con dirección al camino, rumbo a Southshore, dejando una estela de polvo a su paso.

Aretain suspiró entonces y se volvió a su hijo. Duncan ya adivinaba lo que le iba a decir, apresurándose a contestar: “¡llévame contigo por favor! ¡Quiero acompañarte papá, quiero ayudarte!”

“Y sí por mi fuera, hijo mío, te llevaría siempre a mi lado para que me ayudases,” le dijo Aretain calmadamente. Se agachó frente a su hijo para tener contacto visual y le tomó de los hombros. “Pero este es un asunto delicado, y no quisiera que te vieses expuesto a esto. No me lo perdonaría a mi mismo, y tu madre tampoco.”

“¡pero ya tengo nueve años! ¡Ya no soy un bebé!” insistió Duncan, esforzándose por no hacer una mueca de tristeza con los labios. ¡Quería acompañar a su papá! ¡Quería ser útil! ¿Por qué no lo veía?

“¡Sé que no lo eres, Duncan! Pero esto es muy serio, y por lo que temo, peligroso.” Le cortó Aretain. “No voy a exponerte a esto. Ahora sé buen chico y ve con tu madre. Sí la Luz lo permite, volveré con ustedes al anochecer.”

“¡No es justo!” Replicó el niño de nueve años, molesto. Aretain se puso de pie para ver como su hijo se volvía directo hacia la cabaña, donde Eribeth les estaba esperando. Tenía que contarle lo que sucedía y de su necesidad de ir al puerto, además de lo mucho que lamentaba no poder almorzar con ellos. Ella lo entendería, siempre lo hacía, pues conocía las responsabilidades que él tenía para con su gente y las había asumido el día que se habían casado.

No obstante, conforme Aretain se encaminaba hacia la cabaña para recoger sus cosas, no sabía porque siempre le quedaba un mal sabor de boca cada vez que debía darle a Eribeth la noticia de que debía marcharse.

La Luz me acompañe…

* * * * * *

En el preciso momento en que Aretain se despedía de su familia y abandonaba los campos de Hillsbrad cabalgando velozmente hacia Southshore, una carreta tirada por unos burros, completamente cargada con embalajes de grano, arribó a la aldea sin ser notada.

Al fin y al cabo, aquellos eran los suministros usuales de grano de la región.

¿Qué amenaza consistía en ellos?

* * * * * *

El toser le provocaba un tremendo dolor, acompañado por una jaqueca que bien podía compararse a una embestida de un Yeti de las cavernas de Darrow Hill. Las sienes de Dave le palpitaban de forma inmisericorde, recordándole una y otra vez con su “tump, tump” lo miserable que se sentía por haber caído enfermo.

“Tranquilo, muchacho, todo saldrá bien.” Le dijo Aretain en un intento de aliviar su malestar. Dave sonrió levemente. Tenía el rostro febril, y una capa de sudor le cubría la frente. Raleigh ya le había advertido a Aretain de que sus poderes curativos no tendrían efecto en Dave –o en cualquier otro de los soldados presentes dentro del cuartel- pero el viejo testarudo, como siempre, quería estar seguro y prefirió comprobarlo por si mismo. “Ahora, respira profundamente y deja que la Luz entre en tu cuerpo.”

Dave asintió sin decir nada. Alrededor del caballero y el enfermo se encontraban el paladín Raleigh “el Puro” y el comandante Marcus Redpath. Ambos observaron pacientemente como Aretain atendía a los enfermos, quienes se encontraban recostados en sus camastros y literas alrededor de la habitación, tosiendo y gimiendo. La fiebre era tan intensa en todos que aumentó ligeramente la temperatura dentro del cuarto, convirtiéndolo en un lugar agobiante.

“Por la Gracia de la Luz, mis hermanos pueden ser curados.” Susurró Aretain, mientras extendía sus palmas sobre Dave. Al principio no sintió nada, pero segundo tras segundo, una calidez comenzó a surgir dentro de su cuerpo, que aumentó hasta poder irradiar de forma milagrosa hacia el enfermo postrado en la cama.

La pureza de la Luz pasó de Aretain hacia Dave, por lo que este también comenzó a brillar de la misma forma. Al principio sintió como la calidez le invadía y le renovaba, pero la sensación duró poco. En cambio, en vez de mejorar su condición, esta empeoró de forma gradual, provocando que Dave comenzase a toser de forma espasmódica y violenta, cosa que hizo que el paladín detuviera la curación abruptamente.

“Maldición,” profirió Aretain en voz baja, incrédulo y completamente contrariado ante lo que acababa de comprobar. Raleigh se apresuró a decirle “te lo dije, Harridan.” Para luego atender a Dave de nuevo, ofreciéndole algo de te para que se calmara su tos.

“No tuvo ningún efecto, más bien el contrario.” Dijo Aretain, aunque más para si mismo, ya seguro de lo que Raleigh le había contado de antemano. “¿Pero cómo?”

Una vez Raleigh concluyó de atender al joven Dave, le sugirió guardar reposo. Acto seguido, se acercó de nuevo a Aretain y le señaló, junto al comandante Redpath, que salieran de la habitación. Aretain leyó una expresión en su cara que le decía que debían charlar sobre eso en privado, por lo que el viejo paladín estuvo de acuerdo. Hablar de la enfermedad y de una posible consecuencia fatídica frente a los soldados solo minaría su moral de forma irremediable.

Entonces, una vez afuera, los tres caballeros se dirigieron hacia el salón de reuniones del cuartel. Aretain por su parte, se sintió bastante mal por haber sido tan terco y no haber escuchado a su viejo amigo y compañero, regañándose por haberse dejado llevar por su peculiar terquedad por comprobar todo por si mismo.

“Como te dije, esta enfermedad no se parece a nada de lo que hayamos visto antes.” Volvió a decir Raleigh, sin cambiar su postura altiva, ni apartar la vista del camino. “Redpath y yo creemos que es de índole mágica.”

“lo mismo pensé yo,” le aseguró Aretain, empezando a subir las escaleras hacia la primera planta del cuartel. “Incluso pensé en buscar a la joven Seirel Brackwell y a Phin Odelic, pues sus conocimientos podrían ayudarnos en este problema.”

“Me temo que ambos partieron hacia la aldea de Ambermill hace unos días, pues según escuché, iban a hacer algunos estudios con los magos del Kirin Tor.” Dijo el comandante Redpath, adelantándose para subir la explanada que les llevaría a todos hacia el salón. “Estamos solos en esto, y tenemos que averiguar de alguna forma qué tiene esa gente y cómo cayó enferma.”

Aretain y Raleigh asintieron al mismo tiempo. El salón de reuniones era bastante amplio. Las paredes estaban decoradas con escudos de armas en medio de varias antorchas, las cuales ofrecían una iluminación considerable al lugar. Una larga mesa de capacidad para una docena se encontraba en medio del sitio.

Aunque solo albergaría a tres en ese momento.

Redpath tomó asiento y esperó a que se diera inicio la discusión. “¿Cuáles son sus sugerencias?”

“Quizá una nueva plaga liberada por los forsaken,” contestó Aretain, captando la mirada de sus camaradas. “No me sorprendería que quisiesen retomar el puerto como la última vez, valiéndose de la misma treta, creyéndonos lo suficientemente descuidados como para no preverla de nuevo.”

“Es posible,” le secundo Raleigh.

La idea de que los forsaken intentasen de nuevo debilitarlos con una nueva plaga no quedaba descartada. La alta ejecutora Darthalia llevaba una guerra sin fin contra los habitantes de Hillsbrad, y había quedado demostrado en el pasado que su ingenio para causar problemas era una amenaza a tomar en cuenta.

“Pero tampoco podemos descartar que esto sea obra del Azote.” Añadió Raleigh, con tono bastante serio.

“Quizá. Es posible que tengamos infiltrados del Culto de los Malditos entre los habitantes.” Afirmó Aretain. Era posible también, pues conocía bien a los sectarios del culto, quienes trabajaban denonadadamente para llevar a cabo los planes del Azote ocultándose entre los vivos. “Y si es así, entonces tendríamos ante nosotros la amenaza de otra invasión.”

Redpath y Raleigh asintieron. “hasta ahora el número de enfermos es bajo, y ninguno ha presentado los síntomas de la plaga de los muertos vivientes. Sin embargo, no quisiera correr el riesgo dejando que esta gente campe a sus anchas y propague la enfermedad por la región.” Dijo Redpath con suma seriedad.

“Y debería de procederse así, sólo en caso de que las víctimas muriesen y se convirtiesen en zombis. De otra forma no. Ni siquiera estamos seguros de sí se trata de la plaga.” Replicó Aretain, a pesar de estar de acuerdo con el comandante. Era lo más prudente, pero Redpath no estaba pensando como la gente que protegía. Sí los ponía en cuarentena corría en riesgo de que los campesinos formaran una revuelta, y las cosas empeorarían más si eso llegaba a suceder.

No, lo mejor es ser pacientes, y esperar cualquier señal…

“¿Entonces qué hacemos?” preguntó Raleigh, mirando a Aretain.

El viejo paladín suspiró. Vidas dependían de la decisión que tomase, de eso estaba conciente. “Esperaremos, hermanos…”

“¡Comandante!”

Aretain, Redpath y Raleigh se fijaron en la entrada del salón, donde se escuchaban varios pasos apresurados corriendo a la carrera. Una joven ataviada de armadura, seguida por otros dos soldados, entró en la sala y avanzó hacia los caballeros. Le faltaba el aliento, por lo que Aretain adivinó que ya no tendrían que esperar más por dicha señal…

“Descanse, soldado Steelfist.” Ordenó Redpath.

Alisa Steelfist, quien Aretain Harridan conocía bastante bien, se apoyó en sus rodillas y trató de recuperar la respiración. Fuera cual fuera su noticia, a pesar de no haber sido comentada aún, ya dibujaba una mascara de preocupación en los rostros de los caballeros presentes.

“milord,” balbuceó Alisa, tragando saliva pesadamente. “Más enfermos han aparecido por todo el puerto. Todos con la misma dolencia que Dave.”

“¡maldita sea!” dijo Aretain, aún manteniendo su postura calmada. “¿Cuántos son?” preguntó Redpath con tono neutral.

“Muchos, milord… cuando digo muchos… hablo de casi todo el puerto.” Contestó Alisa, con tono preocupado.

Aretain miró a Raleigh y ambos, entonces, a Redpath. La sola mirada de los dos paladines le decía lo que necesitaba saber. “Bien,” dijo el comandante, “pondremos el puerto en cuarentena.”

Ambos paladines asintieron en seguida.

“Iré a hablar con el magistrado Maleb entonces, para notificarle la gravedad del asunto.” Dijo Aretain. “Sería conveniente que ayudases al comandante con la puesta en cuarentena del pueblo, Raleigh.”

Raleigh asintió. “me parece bien. Además, no hay nadie mejor que tú para darle al magistrado las noticias de otra nueva plaga.” Añadió el viejo paladín con una sonrisa irónica.

Aretain sonrió ante ello. “Créeme que desearía que fuera de otra manera. Ahora, compañeros, os dejo, nos veremos en unos momentos. La Luz os guié a todos y les proteja en esta hora que se avecina.” Acto seguido, el paladín se prestó raudo a encaminarse hacia el ayuntamiento de Southshore.

Conforme bajaba las escaleras, una súbita preocupación por su familia surgió en el corazón de Aretain.

Por la Luz, que Eribeth y Duncan estén bien.

* * * * * *

El magistrado Henry Maleb no podía creerlo. Es que era imposible asimilarlo. La sola idea de otra plaga minando la salud de los habitantes de Hillsbrad era inverosímil. ¿Cuándo había sido la última vez que acordonó el pueblo? ¿Hace un año? ¡Si! Cuando los forsaken desataron su plaga de muerte sobre Hillsbrad, y aunque el puerto resultó intacto, las demás aldeas de la región no habían tenido tanta suerte.

Ahora no eran los demás pueblos alrededor de Southshore los que pululaban con enfermos, sino el propio puerto. ¿Cuántos dolores de cabeza tendría que soportar?

“Lo que le digo es cierto, milord.” Afirmó Aretain Harridan, de nuevo… el portador de malas noticias para Maleb. Muy a pesar de su reputación como paladín de la Mano de Plata y defensor de Hillsbrad, Maleb no dejaba de pensar en él como un cuervo de tempestades.

La Luz me perdone, pensó el magistrado, llevándose una mano al rostro consternado.

“Sí no ponemos en cuarentena al populacho, correremos el riesgo de que esta dolencia se trasmita al resto de los pueblos.” Le repitió Aretain con suma seriedad.

El magistrado suspiró. “¿se sabe sí tiene que ver con el Azote?”

Aretain negó. “hasta ahora nadie ha mostrado síntomas de estar infectado con la plaga de los muertos vivientes. Pero igual no nos fiamos.”

Aquello no mejoró el ánimo del magistrado. ¿Pero al fin y al cabo qué podía hacer? Solo le quedaba seguir el consejo del paladín veterano y ordenar la puesta en cuarentena del puerto. El solo pensar en que ningún barco podría salir, ninguna carreta, ningún campesino… la sola idea del alboroto que formarían los habitantes del puerto…

“Luz, dame fuerzas para aguantar esto.” Susurró el magistrado, dandose por vencido. “Esta bien, Harridan… has lo que debas hacer.”

“no le defraudaré, milord.” Dijo el viejo paladín, haciendo una reverencia y despidiéndose del magistrado para salir y darle la noticia a Redpath. “la Luz le proteja, magistrado, y nos acompañe a todos.”

“Que así sea.” Dijo el magistrado, encogiéndose de hombros.

* * * * * *

Para el anochecer, la guardia de la guarnición de Redpath vigilaba el camino principal del puerto de Southshore, las zonas oeste y este, y el muelle. Incluso la flota privada había sido notificada de la situación, por lo que tenían por misión destruir cualquier barco que intentase salir del puerto.

La luna llena se alzaba alta en el cielo estrellado, y en la lejanía, varias nubes oscuras recorrían su camino para cubrir el puerto con sombras espesas. Debajo, en medio de la plaza principal del puerto, un montón de campesinos molestó empezó a reunirse para formar una revuelta, completamente en desacuerdo por la puesta en cuarentena.

“¡Silencio!” ordenó el comandante Redpath a la turba iracunda de campesinos. “¡Esta medida será momentánea! ¡Hasta que encontremos una forma de tratar a los enfermos con la dolencia!”

La gente congregada eructó en furia y comenzó a lanzar tomates y basura. Redpath hizo un esfuerzo por cubrirse e intentar calmar a la gente, sin mucho resultado. Se volvió a Aretain y a Raleigh y se hundió de hombros.

“menuda situación… espero por la Luz que podamos salir de esto pronto.” Dijo Raleigh con tono preocupado.

“Aye, y saldremos de esto, ya verás. La Luz esta con nosotros, y bajo su guía procederemos de la forma más adecuada… ten Fe, Raleigh.” Dijo Aretain tratando de mantenerse calmado.

“¿Qué hay de tu familia?” preguntó Raleigh, y esto causó que la preocupación que Aretain había tenido unas horas antes volviese con más fuerza.

“Ruego a la Luz porque estén bien…” Dijo Aretain con franqueza. Y en verdad rezaba porque estuvieran bien. No quería pensar en la idea de… una mano se posó en su hombro, impidiéndole completar el pensamiento. Aretain miró a Raleigh, quien le ofreció un tranquilizante asentimiento de cabeza. “Estarán bien, ya lo verás.”

Aretain sonrió bajo la espesa barba, agradecido por el apoyo de su compañero.

Ambos paladines se fijaron nuevamente en la multitud congregada en la plaza, que seguía gritando y apabullando al comandante, quien gracias a un par de soldados, había conseguido controlar a los campesinos para evitar que cometieran locuras. La lluvia de tomates y basura continuó, e incluso volaron por los aires varios embalajes vacíos de grano.

Uno de ellos en particular cayó cerca de Aretain, quien lo miró al principio sin darle mucha importancia, pero que luego, como sí hubiera hallado algo que llamase su atención, se fijo más detenidamente en el contenedor.

Primero, despedía un hedor nauseabundo. Las moscas incluso pululaban dentro del embalaje, que contenía algo de grano que no fue metido en los sacos de distribución. El paladín se agachó sobre este, y tomó parte del grano para comprobarlo…

“¡Por la Luz!” masculló el viejo caballero, descubriendo lo que había temido. Raleigh le observó y enarcó una ceja, sin comprender. “¡Este grano esta infectado!”

“¡¿Qué?!” Preguntó Raleigh, sin poder creerlo.

Aretain se volvió hacia él, sosteniendo en la mano enguantada parte del grano nauseabundo. “¡Es obra del Azote!”

Alarmados, ambos paladines comenzaron a unir las piezas de todo aquel rompecabezas macabro que se había estado gestando bajo sus propias narices; grano infectado, personas enfermas… Sus sospechas iniciales sobre la enfermedad y su origen cobraron más sentido ante la terrible revelación.

“Entonces…” dijo Raleigh, volviéndose a la multitud de campesinos demasiado tarde para ver como algunos ya empezaban a transformarse…

“¡Redpath!” advirtió Aretain al comandante, solo para ver como varios de los campesinos comenzaban a retorcerse en espasmos, llevándose las manos a sus estómagos por el dolor. Un brillo verdoso comenzó a envolverlos de forma pulsante, haciéndose más potente. Algunos cayeron al suelo y comenzaron a vomitar sangre de sus bocas, manchando sus ropas.

El comandante se alejó y llamó a los soldados. “¡Sargento Hartman!” gritó el comandante, desenvainando su espada. Aretain y Raleigh levantaron sus martillos, al mismo tiempo que los campesinos que se hallaban en el suelo, se levantaban ahora con ojos rojizos inyectados en furia asesina.

Los nuevos zombis gimieron al unísono, y la luz roja que despedían sus orbes se intensificó como las llamas azuzadas de una chimenea. Al mismo tiempo, la misma luz verdosa que segundos atrás fuese despedida por los campesinos, comenzó a verse a través de las ventanas de varias casas y cabañas aledañas, de donde emergieron sus ocupantes, ahora convertidos en cadáveres andantes.

Luego… el prolongado gemido de hambre de los muertos vivientes hizo eco por todo el puerto de Southshore.

“¡A las armas hermanos!” gritó Aretain Harridan sin perder tiempo. La multitud que no estaba infectada con la plaga entró en pánico y comenzó a correr de un lado a otro, sumiendo la plaza principal de Southshore rotundo caos y desorden. Los menos suertudos cayeron ante los grupos congregados de muertos vivientes recién levantados, añadiendo más muertos a sus filas en pocos segundos. “¡Es tiempo de luchar o morir!”

“¡Por la Luz Sagrada!” Gritó Raleigh.

Los muertos vivientes, segundos atrás campesinos de Southshore, empezaron a avanzar espasmódicamente hacia los defensores reunidos en la plaza, alzando sus brazos, guadañas y cualquier arma que tuviesen a la mano.

“¡Reúnanse soldados!” gritó Redpath con voz potente. “¡Reúnanse conmigo!”

Aretain y Raleigh se abrieron paso entre los muertos vivientes para llegar junto con el comandante Redpath y sus soldados. Había pocos segundos para pensar, solo había tiempo para mover los brazos y lanzar golpes a diestra y siniestra conforme la marea de muertos vivientes procedente de cada parte del puerto los envolvía.

“¡Tengan Fe hermanos, saldremos de esto a como de lugar! ¡La Luz esta con nosotros!” gritó Sir Aretain para dar ánimo a sus hermanos…

… entonces, comenzó la batalla en la plaza del puerto. Un coro de gemidos y lamentos de los muertos, seguido por los rugidos encolerizados de los soldados de Hillsbrad inundaron la noche. La luna se tornó rojiza, testigo de la matanza que se llevaba a cabo debajo.

Aretain cogió el cuello de un campesino zombi y lo derribó en el suelo, colocó su pesada bota en su cuello y golpeó con toda su fuerza a otro zombi que se le acercaba, profiriendo un gritó de batalla a todo pulmón. Otro zombi intentó abalanzarse sobre él pero, sin perder balance ni a su presa bajo la bota, extendió una palma y dejó que la Luz Sagrada se encargase de la infame criatura, convirtiéndola en cenizas que el viento se llevó. Finalmente, cogiendo el martillo de guerra con las dos manos, aplastó el cráneo del zombi bajo su bota y prosiguió con la defensa.

Por dondequiera que mirase, olas y olas de muertos vivientes fueron apareciendo. Sin duda alguna aquel ejército era obra del Culto de los Malditos, ¡todas sus suposiciones habían sido acertadas! Y sin embargo, ya era demasiado tarde. Muchos habían muerto por la extraña enfermedad y se habían convertido en zombis esclavos de la voluntad del Rey Lich.

Todo lo que Aretain podía hacer ahora era destruirlos y darles la paz que se merecían. El viejo paladín se encomendó a la Luz Sagrada y le pidió toda su fuerza, entereza y sabiduría. Acto seguido, alzó su martillo de guerra, el cual emitió una brillante luz pulsante que cegó a las criaturas no muertas y curó a sus hermanos heridos, pues muy a pesar de comprender que estaban rodeados, su fe no vaciló ni un instante.

Aún podían salir de aquello con vida.

La batalla continuó y continuó. Las fuerzas de Redpath, junto a los paladines de la Mano de Plata; Aretain Y Raleigh, comenzaron a diezmar las fuerzas de muertos vivientes que les rodeaban. Aretain se había encargado de curar a sus camaradas cada vez que podía, además de barrer con el fuego sagrado a las criaturas de pesadilla en las que se habían convertido los campesinos inocentes.

Poco a poco, la marea fue cambiando, y los soldados de la guarnición de Redpath empezaron a abrirse en abanico a través de las filas de muertos. Pronto, no quedó ni un solo cadáver andante con vida, y la batalla concluyó, gracias a la Luz, con pocas bajas por parte de la defensa.

Aretain estaba agotado por el esfuerzo. Una alfombra de cadáveres putrefactos se congregaba a su alrededor, de la cual estaba bastante al pendiente, pues no se sabía cual de todos aquellos muertos pudiese haber quedado con vida. Sin embargo, pasados varios segundos no sucedió nada. El viejo caballero se apoyó en su martillo y dio gracias a la Luz por haberles apoyado en aquella batalla, además de orar por aquellos caídos en desgracia.

Que sus almas descansen en paz, hermanos…

Raleigh se acercó a Aretain y posó una mano sobre el hombro de su camarada. “Bien hecho, Harridan.”

Pero Aretain no sonrió. “Fue el Culto de los Malditos, hermano… ellos hicieron esto.”

“Sin duda alguna. Tendremos que avisar a Redpath y al magistrado para buscar a los responsables… no quiero ni imaginarme que esto se esté repitiendo en otras partes de Hillsbrad.” Le secundo Raleigh.

Dicho esto último, un terrible presentimiento asaltó a Aretain.

¡Su familia!

“¡Por la Luz, Raleigh!” Exclamó Aretain con una mascara de preocupación y horror en su rostro. “¡Los campos de Hillsbrad! ¡Mi familia!”

Acto seguido, como impulsado por el horror de imaginarse a su esposa y más aún, su hijo, siendo victimas de los muertos vivientes, Aretain Harridan corrió rumbo a los campos de Hillsbrad.

“¡Espera Aretain!” gritó Raleigh, lanzándose a la carrera tras de él.

Aretain llamó a Esperanza, quien apareció ante su llamado en seguida. El paladín saltó sobre su lomo y le pateó en un costado mientras profería un grito de mando “¡Jea!” comenzando a cabalgar hacia su destino. Conforme el caballero y su corcel recorrían el camino hacia los campos, Aretain deseó fervientemente que su esposa e hijo estuvieran bien, que nada les hubiera pasado.

¡Por la Luz que no les haya pasado nada!

Eribeth sabía qué hacer en caso de que algo así ocurriese, pues tenían un sótano en su cabaña para ocultarse en caso de alguna invasión, sin embargo, el simple hecho de ello no tranquilizó al paladín desesperado.

“¡Vamos Esperanza, vamos!”

Ante la demanda de su amo, la yegua aumentó la velocidad de su cabalgata. Aretain volvió a pedirle a la Luz que no fuera demasiado tarde, pues si así lo fuera, nada ni nadie podrían detener su ira justa.

* * * * * *

“¡Destrúyanlos!” gritó Horrace Whitestead, consejero del magistrado Burnside en los campos de Hillsbrad. Empuñó su espada corta lo mejor que pudo y se preparó para el siguiente embate. “¡Que no quede ninguno en pie!”

Junto a él resistían varios soldados de la milicia de los campos, en su mayoría, jóvenes que no habían visto suficientes inviernos y que carecían de la experiencia necesaria para combatir contra la amenaza que les estaba pisando los talones. A pesar de que daban golpes certeros, decapitaban y destruían cráneos, ninguno estaba preparado para luchar contra sus propios camaradas o familiares convertidos en muertos vivientes.

Horrace conocía esto a la perfección, y no pudo hacer más que tratar de dar ánimo a los soldados –a pesar de que él no lo era- y rezar para que llegasen refuerzos de Southshore lo más pronto posible.

“¡Aquí vienen señor!” gritó uno de los milicianos, levantando su pesado escudo y su espada teñida de sangre. Horrace tragó saliva y asintió, levantando su propia arma. Un grupo de varios zombis se aproximó hasta ellos con movimientos galvanizados y gemidos lastimeros, con los ojos rojizos de furia asesina. La sola visión de ello fue suficiente para que Horrace diera la orden de atacar. “¡A la carga!”

La milicia de los campos se lanzó sobre los muertos vivientes entre gritos de furia y valor, chocando contra la marea de no muertos que horas atrás habían sido sus amigos, familiares y camaradas de armas. Al menos los soldados zombis no disponían de la inteligencia suficiente para manejar sus armas adecuadamente, lo que le dio cierta ventaja a la defensa. No obstante, la inexperiencia de los soldados los había convertido en victimas fáciles de matar, y rápidamente, la marea se volvió en contra de Horrace y su grupo.

“¡Vienen más del este!” gritó otro soldado, señalando a otro grupo de muertos vivientes acercándose desde el campo de árboles Goldenbark. Horrace decapitó a un zombi y se fijo en el grupo que se acercaba. El corazón le dio un vuelco dentro de su pecho, pues comprendió que ya poco podrían hacer contra todos esos zombis.

“¡Retírense al ayuntamiento!” ordenó el consejero entonces, comenzando a moverse entre los soldados como pudo y dándoles ordenes de irse. Sí no llegaban a tiempo al ayuntamiento estarían perdidos.

¡Y nada que llegan los refuerzos!

Como sí la Luz le hubiese escuchado, un súbito grito hizo eco en el campo, provocando que muchas miradas se fijasen en el lugar de donde provenía. Por el camino principal arribó un jinete ataviado con una armadura y alzando un largo martillo de guerra, el cual emitió una luz brillante que impedía ver el rostro del caballero.

Solo cuando Horrace escuchó su potente voz, supo quién era.

“¡Por Lordaeron! ¡Por nuestro pueblo!”

Era Aretain Harridan.

“¡No se rindan hermanos!” gritó el paladín, saltando desde su corcel para unirse a la batalla. “¡Alcen sus escudos y defiéndanse, la Luz ha llegado para darnos apoyo en este conflicto!”

Al escucharlo, los jóvenes soldados se armaron de valor y afianzaron sus escudos, bloqueando los zarpazos de los muertos vivientes y aprovechando los momentos adecuados para dar estocadas y cortes decisivos para eliminarlos. Aretain golpeó la rodilla de un soldado zombi e hizo que se derrumbara en el suelo, donde aplastó su cabeza con otro golpe de su martillo.

Horrace volvió con el grupo entre jadeos y golpes y combatió una vez más, preguntándose por qué solo Aretain había venido ¿qué había sucedido en Southshore? ¿También ellos habían sido atacados por los muertos vivientes? No tenía la menor idea, y probablemente lo averiguaría una vez concluyese la batalla.

Aretain por su lado, a pesar de combatir con igual o más ferocidad que sus jóvenes compañeros, temía que su familia estuviera en peligro con cada segundo que pasaba. En su camino hacia los campos de Hillsbrad había visto las columnas de humo alzándose hacia el cielo y las llamas desperdigadas por toda la villa. Había rogado que no fuera tarde aún, pero conforme se adentro entre las granjas y cabañas, la visión general del caos le provocó aún más preocupación.

Por favor, Luz bendita, que no le haya pasado nada a mi familia…

Más campesinos convertidos llegaron con apremio al lugar del combate, donde los defensores habían mantenido su posición gracias a la llegada del paladín, quien curó las heridas de todos y les restableció la moral luego de que creyesen perdido el combate.

“¿Qué sucede con los refuerzos Harridan?” preguntó Horrace, decapitando a otro granjero muerto. “¿Por qué has venido tú solo?”

Aretain golpeó en el rostro a un zombi con el mango del martillo y luego le voló la cabeza de un martillazo. “Llegarán pronto, consejero, ya están en camino.” Fue lo único que dijo Aretain, aunque no estaba seguro de cuando vendrían, pues los había dejado a la carrera en cuanto se dio cuenta de que su familia corría peligro.

Poco a poco, los soldados empezaron a abrirse paso entre las filas de los muertos, derribándolos y asegurándose de que no se pusieran en pie de nuevo. Aretain combatió una y otra vez, sin dejar que sus brazos descansaran o que sus pulmones tomasen suficiente aire. Tal esfuerzo había empezado a agotarlo, por lo que intentó concentrarse en pedirle a la Luz Sagrada que le brindara su fuerza…

La Luz Sagrada respondió, y una súbita calidez invadió su cuerpo, renovándole poco a poco. Entonces, más confiado para luchar, Aretain alzó su martillo con ambas manos y…

Se detuvo en seco… petrificado…

“¿Eribeth?”

Eribeth Harridan se hallaba de pie frente a él, ausente a pesar de la conflagración que se llevaba a cabo a su alrededor. Su vestido estaba manchado de escarlata, y sus manos sostenían una horquilla. Había sido su esposa, pero eso solo cuando estaba viva. Obviamente estaba muerta ahora, y su piel verde-grisácea ahora colgaba de su esqueleto, con sus dedos podridos dejando manchas en el mango de la horquilla. Negros fluidos salían de pústulas alrededor de su cuerpo, cuyos gemidos lastimeros escupían icor sobre el rostro incrédulo de Aretain, quien apenas tuvo tiempo para bloquear el ataque de su esposa.

“¡Eribeth!” le gritó él con horror, pero ella ya no le escuchaba…

No le escucharía nunca más.

El paladín hizo retroceder a su mujer, o lo que fue su mujer, y logró quitarle la horquilla de las manos con un martillazo, para luego alzarlo de nuevo, radiante, y golpear a Eribeth de lleno en el torso, derribándola completamente y evitando que pudiera volverse a poner de pie.

Todo eso con lágrimas saliendo de sus ojos. No tuvo tiempo si quiera de poder lamentar la perdida, pues en ese preciso instante, una voz se alzó por sobre la cacofonía del combate, tan clara y a la vez tan gélida, que los combatientes no tuvieron más opción que escucharla.

“¡Ríndanse, pues no hay ninguna Esperanza contra el Azote!”

“¿pero qué pasa? ¿Quién es?” preguntó Horrace, defendiéndose como podía del ataque de otro zombi, bastante confundido por los nuevos acontecimientos. “¡un heraldo del Azote!” contestó Aretain, volviendo a alzar su radiante martillo para cegar a los muertos y curar a sus compañeros.

“A medida que ustedes caen, nosotros nos hacemos más fuertes! ¡Solo hay un posible desenlace y es inevitable… ¡prepárense para su fin!” dijo la voz con tono lúgubre por sobre la batalla. Aretain apretó los dientes y siguió combatiendo, a través de fatiga y cansancio, buscando en lo más recóndito de su ser una chispa de fe y esperanza para no vacilar.

“¡palabras vacías heraldo del Rey Lich! ¡La Luz Sagrada esta con nosotros y su pureza y brillo hará retroceder las sombras, trayéndonos esperanza!” gritó el viejo paladín, alzando su martillo de nuevo y canalizando toda su fe en el, asegurándose de que su propio brillo, tan radiante que casi lo cegaba, fuera suficiente para que sus hermanos y camaradas no desesperaran y siguieran combatiendo con animo renovado.

Entonces, como una chispa que pronto se convierte en una llama violenta, la defensa de los campos de Hillsbrad cambió la marea, destruyendo a todos los muertos vivientes resucitados. Para cuando ya casi no quedaba ninguno, el heraldo apareció ante todos ellos.

El heraldo lanzó una carcajada pérfida. Vestía túnicas rojas y púrpuras, llevaba un bastón en la mano derecha y un libro de magia en su izquierda. Una calavera de cabra reposaba sobre su cabeza, cuya barba encanecida cubría parte de su pecho. Sus ojos brillaban de forma sobrenatural, y despedían una malicia y un odio insondable.

Aquel era un nigromante.

“insensatos, estúpidos… ¿Por qué se obstinan en intentar luchar contra una fuerza que cubrirá este mundo de completa oscuridad?” les preguntó el nigromante, sonriendo bajo su barba. Estaba solo, a pesar de que sus lacayos habían sido aniquilados.

Su autoconfianza provocó un estado de alerta en Aretain.

“¡no se acerquen!” advirtió el paladín a sus camaradas. No obstante, uno de los jóvenes, creyendo poder terminar con el heraldo el mismo al verlo solo, se lanzó a la carrera para atacarlo. “¡No lo hagas!”

El heraldo apuntó su bastón de nigromancia hacia el chico y, ante sus ojos incrédulos, una luz esmeralda surgió de la punta del arma, cobrando la forma de una calavera de muerte que se dirigió directo hacia a él. El chico murió antes de poder siquiera acercarse al nigromante.

“¡maldita sea!” masculló el paladín, manteniendo su posición y recalcando de nuevo que nadie entablara combate con el nigromante. El heraldo se echó a reír de nuevo, esta vez levantando una mano envuelta en luces oscuras y verdosas, con la cual señaló al cuerpo inerte del soldado muerto.

El cuerpo del joven tuvo un espasmo, dos… abrió sus ojos y se puso de pie, totalmente bajo el control del nigromante.

“Debió haberte hecho caso, paladín.” Dijo el nigromante con una sonrisa. “Sin embargo, su estupidez solo logró que tus propios compañeros sintiesen los primeros atisbos de horror. Míralos, como tiemblan. No dudo que ninguno estará pensando en salir corriendo, testigos de que el poder del Azote no tiene adversarios.”

En efecto, Horrace y Aretain observaron a los jóvenes soldados temblando de miedo, y algunos incluso empezaban a retroceder.

“¡mantengan sus posiciones, soldados!” dijo Aretain, “¡sus trucos heréticos no serán suficientes para minar nuestro valor! ¡Somos guerreros de la Alianza, guerreros de la Luz y su poder no podrá mermar nuestra voluntad!”

El heraldo se volvió a reír. “Bonitas palabras paladín, y es una lastima que no pueda quedarme para mofarme de ellas, pues hay otros asuntos que me atañen. Sin embargo, os lo advierto, Hillsbrad caerá ante el Azote en cualquier momento. Lo que vieron hoy no fue más que una muestra de lo que vendrá, y harían bien en rendirse ahora mismo ante la voluntad del Rey Lich.”

Horrace frunció el ceño súbitamente, como sí reconociera la voz del heraldo. ¿Podría ser?

“¿Heigan?” preguntó Horrace, dubitativo. No estaba seguro de que fuera él. “¿Heigan Hadanot? ¿Fuiste tú quien hizo todo esto?”

El nigromante fijo su mirada en Horrace, en obvio reconocimiento. “hehe, sí, pero no fue solo merito mío. Parece que mi ausencia no ha pasado inadvertida ¿no es así Horrace Whitestead? ¿Cómo esta el asesino de mi familia?”

Aretain miró a Horrace, sin comprender lo que el nigromante decía. Aunque el nombre le sonaba bastante, pues Heigan Hadanot había sido uno de los consejeros de Burnside, no comprendía que tenía que ver Horrace con él.

“El magistrado te manda saludos,” dijo Horrace en tono de sarcasmo, bastante asqueado por el descubrimiento. “¿Cómo pudiste traicionarnos así?”

“¿traicionarlos? ¡Ustedes me traicionaron a mí! ¡Dejando morir a mi familia!” replicó el nigromante. “¡Por ello pagarán con la muerte! Pero no ahora, no… mi amo desatará pronto su ira sobre el mundo, y ninguno de ustedes podrá detenerlo.”

“¡No te saldrás con la tuya Heigan!” Gritó Aretain, furia eructando de su interior. “¡la Luz te castigará por lo que has hecho!”

“ya lo veremos, paladín, ya lo veremos.” Se burló Heigan, desapareciendo súbitamente ante los ojos incrédulos de los presentes. Todo había acabado, y el súbito silencio que siguió a la batalla resultó tan frío y desolador como la punta de una espada.

“¡Por la Luz!” susurró Horrace, sin poder creer en verdad lo que había visto. ¿Quién iba a creer que el antiguo consejero, Heigan, era ahora un nigromante del Azote? Horrace supuso que la perdida de su familia había sido un golpe duro para él, pero no supo cuan duro había sido hasta verlo en aquel momento. “¿qué vamos a hacer ahora?”

Pero nadie le respondió. Aretain, que estaba más cerca de él, ni siquiera escuchaba nada de lo que se decía a su alrededor. Sus ojos verdes estaban posados ahora en el cuerpo caído de su mujer. La congoja, ya sin distracciones de ningún tipo, embargó al paladín hasta llenarlo de dolor y agonía por la perdida.

Horrace vio esto, y no pudo hacer nada más que quedarse en silencio.

“Eribeth…” susurró Aretain. Sintió un enorme agobio y un gran peso dentro de su pecho. Sus piernas flaquearon, ya incapaces de mantenerlo en pie. Cayó de rodillas frente al cuerpo de Eribeth y, tomándolo entre sus brazos, dejó escapar su dolor por medio de lágrimas de angustia.

Muchos le observaron allí, llorando por la muerte de su esposa, pero ninguno se atrevió a acercársele. Pronto, todo el mundo comenzó a recoger los cuerpos y a contar los heridos, y aún así, Aretain se mantuvo abrazando el cuerpo de su esposa, llorando en silencio.

Los refuerzos llegaron al poco tiempo, liderados por Raleigh y el comandante Redpath, quienes observaron con estupefacción al veterano Harridan aún en el suelo, arrodillado y contemplando entre brazos el rostro enjuto de su mujer.

“maldición, llegamos demasiado tarde.” Dijo Redpath, lamentándose por la perdida.

“la Luz nos ampare.” Dijo Raleigh, sin poder creer lo que veía. Eribeth había muerto. “y le de fuerzas a Aretain para sobreponerse ante esta tragedia.”

Lentamente, Aretain dejó el cuerpo de Eribeth en el suelo y se puso de pie. El dolor aún no se apaciguaba, pero logró de alguna manera controlarlo. El viejo contempló de nuevo el cuerpo de su esposa y rezó a la Luz para que le diera la paz que merecía. Todo eso en absoluto silencio.

Entonces, como sí saliera de un trance, Aretain se preguntó dónde estaría Duncan, y rogó fervientemente a la Luz porque estuviera bien… pues sino, su corazón no podría albergar tanto dolor en un mismo día.

Como sí la Luz hubiese respondido a su petición, Aretain escuchó la voz de su hijo…

“¡papá!”

Aretain se volvió en la dirección de donde la había escuchado y… sintiéndose aliviado enormemente, corrió para recibir a su hijo, quien aún lloraba cuando este lo cogió entre sus brazos y lo abrazó con fuerza. “¡hijo, hijo!”

“¡tenía mucho miedo, papá… tenía mucho miedo!” exclamó el pequeño de nueve años, hundiendo su rostro en el hombro de su padre entre sollozos.

Aretain le acarició la cabeza y trató de calmarlo. “ya ha pasado hijo, ya todo ha pasado.”

“¿Qué pasó con mamá, papá?” preguntó Duncan, sin apartar la vista de su padre ahora. Aretain miró a Kalaba por encima del hombro de su hijo, que venía cabizbaja y bastante triste. Sin duda alguna conocedora del destino de la madre.

“mamá se ha ido, Duncan.” Dijo el caballero con voz trémula, aunque hizo un esfuerzo para componerse. “Mamá ha ido a un mejor lugar.”

Aretain observó como los ojos azules de Duncan se llenaban de lágrimas, las cuales corrieron por sus mejillas. Aretain volvió a abrazar a su hijo, apesadumbrado, hasta que llegó Kalaba y le explicó lo sucedido. Según la joven, un cargamento de grano llegó a los campos de Hillsbrad al mediodía y fue repartido entre los habitantes de las granjas. Kalaba estuvo presente cuando Eribeth recibió un saco de grano e incluso cuando lo preparó en forma de pan horneado. El olor que había emitido el pan le había provocado nauseas a Kalaba, por lo que no quiso comerlo, al igual que Duncan. Eribeth, sin embargo, ignorante de lo que el grano portaba, comió sin rechistar. Fue hasta el anochecer que Kalaba supo que algo andaba mal, pues muchos vecinos comentaban que sentían mal, incluyendo Eribeth…

Aretain no necesito escuchar el resto del relato para saber lo que sucedió. Probablemente para cuando él estaba combatiendo en el puerto, en los campos se había desatado un holocausto. Kalaba debió haberse llevado a Duncan con ella, para ponerlo a salvo mientras las cosas se arreglaban.

“Agradezco que te hayas encargado de él, hija.” Dijo Aretain, agradecido profundamente con ella.

“No tiene por qué, hice lo que debía hacer, señor Harridan.” Contestó ella, bastante triste. Aretain le entregó a Duncan en sus brazos y le pidió que lo llevara a la granja, pues antes de ir allí con él, tenía que hacer algo importante. Kalaba asintió y se llevó al pequeño con ella, rumbo a la granja Harridan.

Raleigh se acercó a Aretain y posó una mano sobre su hombro. “Lo siento mucho, hermano.”

Aretain asintió, un poco agradecido por su apoyo. “El Azote pagará por sus pecados, Raleigh, juro por la Luz que así será.”

“lo hará, Aretain… nos aseguraremos de que así sea.” Le aseguró Raleigh. “por ahora será mejor que nos encarguemos de nuestros muertos y pongamos en orden las cosas aquí.”

El viejo paladín asintió de acuerdo, no obstante, al separarse de Raleigh, cogió el cuerpo de su esposa y se lo llevó consigo hacia su granja…

Tenía que hacer algo antes.

* * * * * *

Una vez concluyó su trabajo, Aretain Harridan se quedó contemplando la tumba de su esposa. Ordenaría a hacer una lápida en cuanto tuviera tiempo y la mandaría a colocar allí. Por lo pronto, bastaba tal y como estaba.

El viento sopló suavemente, revolviendo el cabello encanecido del viejo paladín. Parado allí, no sabía que decir, ni que hacer a partir de ahora. La mujer que amaba le había sido arrancada de su lado, dejándole completamente solo y a cargo del único hijo que les quedaba.

Quizá la muerte de Eribeth, pensó Aretain conforme detallaba cada parte del montículo de tierra, fuera razón suficiente para dejar el manto y el martillo a un lado, para ocuparse de criar a su hijo. Pero cada vez que vez que recordaba que las garras que le habían arrebatado a Eribeth habían sido las del Azote, encarnadas en Heigan Hadanot, no podía evitar sentir una furia y sed de venganza.

Quería atrapar al nigromante y estrangularlo…

Y cuando Aretain se dio cuenta de lo que estaba pensando, trató de calmarse un poco y recordar lo que era y porque luchaba. Era un paladín de la Luz Sagrada, y en vez de sentir odio y venganza, debía pensar en proteger a su gente y a su familia para evitar que sufrieran. No podía convertirse en aquello que más odiaba.

Debía mantenerse tal y como estaba antes, y seguir adelante a partir de ahora. Eribeth lo habría querido así.

Aretain suspiró entonces y pidió a la Luz Sagrada que le diera, ahora más que nunca, su entereza y sabiduría. No dejaría que su fe vacilase nunca más, y no dejaría de intentar llevar justicia ante aquellos que intentasen herir a los inocentes.

Entonces, parándose erguido frente a la tumba de Eribeth, le dijo: “Cuidaré lo mejor que pueda de nuestro hijo, amada mía, y estarás orgullosa cuando veas desde el seno de la Luz, como nuestro Duncan se convierte en un caballero de esta, para proteger todo lo que es bueno y sagrado en este mundo.”

El paladín se secó las lágrimas del rostro, más tranquilo ahora. “y en cuanto a mí, continuaré el camino que elegí. Aún hay males que deben ser castigados, y gente inocente a la cual proteger y guiar. Sé que es lo que hubieras querido, que nunca retrocediese, ni que vacilase… sino que siguiera adelante e hiciera lo que mejor sé hacer. Por eso, Eribeth…”

El caballero hincó una rodilla en el suelo y se apoyó del martillo sagrado, el símbolo de su orden.

“Juro que mantendré los códigos de honor de la Orden de la Mano de Plata,” dijo él, solemnemente, pues retomaba sus votos como paladín de la Luz, frente a esta, y frente a su esposa. “Juro caminar bajo la Gracia de la Luz y esparcir su sabiduría al resto de mis hermanos.” Con toda su fe y su corazón en ello, ”y juro, por mi Sangre y Honor, que destruiré al mal dondequiera que se encuentre y protegeré al inocente con mi propia vida sí es necesario.”

Inesperadamente, una calidez envolvió al viejo paladín. Al principio leve, pero que gradualmente fue encendiendo cada fibra de su cuerpo, haciéndole sentir limpio, incorrupto y renovado. La Luz Sagrada brilló sobre él y a través de él, como si respondiese ante los votos renovados de su campeón para ayudarle a alzarse una vez en contra del mal.

Aretain dio gracias a la Luz, y poniéndose de pie, todavía envuelto en el brillo sagrado, deseó que su esposa encontrase la paz eterna.

“Siempre te amaré, Eribeth…” susurró él, dando media vuelta y emprendiendo el camino hacia su hogar, junto con su hijo.

Había tomado una decisión, y conforme caminaba hacia su granja con paso seguro, supo que era momento de llevarla a cabo. Sí quería combatir al Azote y a cualquier fuerza del mal, tendría que empezar buscando a sus viejos camaradas de la orden; Anaster Silverwing, Amelia Lightsong, Spike Caren y al resto, pues estaba seguro de que sin su ayuda no podría luchar solo.

Todos habían tomado caminos diferentes, pero Aretain estaba seguro de que cuando hiciese el llamado, todos responderían y vendrían. Aunque querría hacerlo en Hillsbrad, la región estaba demasiado ocupada recuperándose del reciente ataque, por lo que el viejo paladín decidió que tendría que viajar al sur, hacia Azeroth.

La Catedral de la Luz sería el sitio perfecto.

“Que así sea, entonces.” Dijo el paladín veterano, deteniéndose frente a su granja. Las luces del interior de la cabaña estaban encendidas. Problablemente Duncan se encontraba con Kalaba aún, esperando a que él regresase. Y así lo haría, pues debía darle la noticia a su hijo de su viaje.

Dejar a Duncan ahora sería doloroso, pero tendría que comprender la necesidad de su viaje.

“Perdóname, hijo…” susurró el paladín. Con un suspiro final, Aretain Harridan se encaminó hacia su hogar.

* * * * * *

“¿Seguro que es lo que quiere, señor Harridan?” preguntó Kalaba al viejo paladín. El viento soplaba fuertemente en el muelle, revolviéndole el cabello a la joven granjera. Por alguna razón, Aretain no pudo evitar recordar en ella a Eribeth.

“Si, Kalaba, quiero que hagas esto por mi.” Contestó Aretain, fijándose en las olas que chocaban contra el malecón y en los numerosos barcos que recorrían el puerto de Southshore. “Solo será mientras regrese.”

Kalaba asintió. “Esta bien, haré como me dice.”

Aretain se acomodó el cabello encanecido tras las orejas y se volvió luego hacia su hijo, quien permanecía pegado a Kalaba. La muerte de su madre, sumado a la noticia de su partida había afectado mucho al niño de nueve años, dejando su inocencia marcada de por vida. Aretain había tenido que darle consuelo y animarlo desde entonces, junto a Kalaba, un esfuerzo que logró devolver una parte de si mismo a su hijo.

“Volveré ¿eh?” le dijo Aretain a Duncan. Le tomó de los brazos y le miró fijamente a los ojos. “Debes ser un buen chico a partir de ahora.”

Duncan asintió, sin apartar la vista de su padre. “Esta bien. Aunque quisiera ir contigo, Papá.”

Aretain sonrió. “A su debido tiempo, hijo… ten paciencia. Kalaba cuidará de ti mientras yo no estoy, así que quiero que la ayudes en todo lo que puedas ¿entendido?”

“Si,” dijo Duncan. Aretain abrazó a su hijo calidamente. Duncan le respondió de la misma forma, y por un momento, padre e hijo no se separaron. “Siempre te voy a querer Duncan. Nunca lo olvides.”

“Y yo a ti, papá.” Cuando Aretain se separó de él, tuvo que secarle las lágrimas de tristeza. “No llores, pues no es un adiós, sino un hasta luego.” Añadió el viejo paladín con una sonrisa. Se puso de pie y cogió sus cosas.

“No se olviden de Esperanza,” les recordó el viejo antes de dirigirse al barco que zarparía hacia Stormwind. Antes de subir por la rampa, se fijo de nuevo en su hijo y en Kalaba, dirigiéndoles una mirada segura y determinada, y luego alzando el brazo en forma de despedida.

Kalaba y Duncan también se despidieron, hasta que el barco dejó el muelle, balanceándose entre las olas.

Ahora que estaba en marcha, Aretain Harridan empezaba un nuevo viaje. No sabía que le deparaba el futuro, ni que se encontraría, o a quienes encontraría. De lo único que estaba seguro, es que la Luz Sagrada, su esposa y su hijo, le acompañaban siempre, y como había jurado, lucharía por ellos y su gente como antaño.

“Esarus thar no’Darador,” susurró el paladín, “Por mi sangre y Honor sirvo.”

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