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Lunes 23 de Abril de 2018

La Reliquia

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Categoría: Cuentos | Fecha: 28/09/2010
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Uno

Antonio llegó a la Sede antes que nadie. Estaba nervioso. Justo a él, le tocaba hacerse cargo de la Reliquia. La huelga ya llevaba varios días y las negociaciones estaban estancadas. Como esa noche casi no pudo dormir, se fue directo a tomar el tren de las 5 y media. En el camino pensaba en muchas cosas, pero sobre todo, en los que estaban en viaje a Madrid. A ellos les había tocado lo mejor. Él hubiera querido ir, pero el comité decidió que fueran los del hangar tres, y él, ¡carajo!, tenía que quedarse y vigilar la Puta Reliquia, durante todo el tiempo que durara el piquete. Mientras, el gordo Farías, Luque y el capitán Ibáñez, conocerían Madrid, al menos por unas horas.
En Chacarita tomó el subte hasta Catedral, y cerca de las 7 ya estaba en la puerta de Perú 1. A esa hora, lógicamente no pasaba ni el loro, por lo que se sentó en el umbral, apoyado en una de las columnas, mirando de reojo hacia adentro. En medio de la penumbra del salón podía distinguir el perfil de la Reliquia, en medio de los mástiles con las banderas en miniatura. Hasta unos días atrás, Antonio ni sabía de la existencia de aquel modelo a escala del primer Comet 4 que tuvo la compañía, pero ahora, desde que supo que iba a tener que hablarle a la gente sobre eso de los cincuenta años, y el desastre que se habían mandado los españoles de la SEPI, se había transformado en todo un experto.
Mientras meditaba sobre estos asuntos, Antonio se iba relajando, medio entumecido por el frío de la columna que le traspasaba la espalda. De a poco fue entrando en un cierto letargo y al rato, con los ojos entrecerrados, empezó a dispersarse en vagos pensamientos. Sin saber como, asociando una idea con otra, se acordó de la última conferencia que tuvo oportunidad de presenciar en el salón de actos de la compañía, esa noche en que Julia permitió que la acompañara hasta su departamento, donde se despidieron con un largo beso. Ella no lo dejó pasar más allá del hall de entrada, ni más allá de alguna mano resbalando suavemente desde la espalda hacia el frente erizado y bien contorneado que era el delirio de Antonio desde la primera vez que la vio en la oficina del hangar dos, seis meses atrás.
No fue fácil entender las palabras del Dr. Policarpio Gutiérrez, único orador del Encuentro Hispanoamericano sobre la Enajenación, invitado por vaya a saber uno quién, como parte del intercambio cultural con la península, puro show, que a veces se hacía “para mantener calmas a las fieras”, decían por ahí. El tema le interesaba un pito, pero Julia lo había invitado con una sonrisa tan sugestiva, que Antonio aceptó sin saber siquiera de qué se trataba.
“La enajenación es la idea que, como un gran poder nos invade al final del día, cuando estamos convencidos de que no podremos sobrellevar el día siguiente sin sucumbir en el intento”, decía Policarpio mientras Antonio veía que la Reliquia flotaba en el aire, y volaba dificultosamente en medio del salón, inclinada sobre su ala izquierda. “La enajenación no es más que una de las tantas formas que adquiere la locura”, continuaba Policarpio elevando de pronto su voz y señalando con el dedo índice de su mano derecha extendido, acusador, hacia el auditorio, mientras la Reliquia parecía caer en tirabuzón, con sus motores en llamas.
— ¡La Reliquia, la Reliquia...! — gritó Antonio mientras una mano acariciaba su rostro y él trataba de incorporarse de la incómoda posición en la que se había quedado dormido, medio desparramado sobre el umbral de la Sede.
Julia lo sujetaba de los hombros, inclinada sobre él. Antonio se abrazó a ella un tanto alterado, hasta que de a poco se fue tranquilizando. Ya vuelto a la realidad, se puso de pie, y saludó al resto de los compañeros que iban llegando, aunque al rato, quizás para asegurarse, regresó junto a la gran puerta vidriada y se quedó unos instantes observando la serena elegancia de la Reliquia, que seguía firme en su pedestal, rodeada de las pequeñas banderas.
Como a eso de las nueve, se abrió la Sede y al cabo de unos minutos, llegaron los del Comité. Uno de ellos, Alfaro, del sindicato de los pilotos, hablaba por un teléfono celular. Cuando terminó, reunió a toda la gente detrás de los mostradores y dijo con firmeza:
— Compañeros, comenzamos hoy la tercera semana de lucha contra el Imperio Español. Como ustedes saben, iremos a presionar directamente donde a ellos más les duele. En estos momentos, el piquete Dos acaba de llegar a destino, recién me comuniqué con Ibáñez y me dijo que están en un taxi, yendo hacia el hotel. Así que allá, todo está saliendo de acuerdo a lo planificado, por lo que ahora nos toca a nosotros nuestra parte. Si hay alguna duda, pregunten en este momento. Si no, vamos a trabajar
Alfaro recorrió el lugar con la mirada, explorando el silencio, y sin esperar más, concluyó:
— Bueno, ¡vamos!. Las azafatas a la calle, con los libros. Los mecánicos las ayudan, quiero dos tipos por cada mina. Los auxiliares de pista sacan algunos escritorios y sillas para que estemos cómodos, y después, cuando venga el Polaco con los petardos, lo ayudan a despejar la calle no sea que alguien se haga el vivo rompiendo vidrieras para que nos culpen a nosotros
El grupo, que había permanecido en silencio, cobró rápidamente vida, cada uno con lo suyo. Antonio, entre tanto, se había quedado parado frente al modelo en escala del Comet 4, mientras miraba de reojo a Alfaro, que se dirigía hacia él, entre la gente que iba y venía.
— A vos te tocó la Reliquia, ¿no? — le preguntó ni bien estuvo cerca, a lo que Antonio respondió afirmativamente.
— Entonces, la sacás y la ponés entre los que están haciendo firmar los libros, y te recitás la historia que espero te hayas aprendido de memoria. En ese bolso tenés el megáfono. Eso sí, cuidá muy bien ese avión, ya sabés que es la reliquia de la compañía, y si algo le pasa, tenemos yeta para rato — terminó Alfaro, tras lo cual dio media vuelta y salió a la calle.
Antonio se instaló con la Reliquia en la mitad de la calle Perú, ayudado por algunos auxiliares de pista. Para entonces, las azafatas y los mecánicos estaban ya recolectando firmas de la gente que pasaba.
— Ayúdenos a salvar nuestra línea de bandera — invitaban a la gente mostrando los libros rubricados que había aportado la sindicatura del gremio — Se necesitan más de un millón de firmas para presentar una petición ante el Congreso — finalizaban.
Y la gente respondió.
— Ay, señorita, ¡cómo no les voy a firmar!, si me acuerdo de una vez que viajé con ustedes y me atendieron tan bien... — dijo una señora gorda mientras se abalanzaba sobre uno de los libros — ... fue cuando fui a Santiago del Estero, a las Termas, ¿sabe?, en enero de hace siete años, ¿no estaría usted en ese vuelo?, mire yo estaba sentada del lado derecho, justo sobre el ala, el asiento diez y siete G. La azafata que me atendió se llamaba Lucrecia, ¿usted la conoce?
Antonio, parado frente a la Reliquia, se empeñó en decir su discurso una y otra vez, relatando las hazañas de la aviación nacional, desde Jorge Newbery, Saint-Exupèry, los aviones de la Aeroposta, y los primeros vuelos de los viejos Douglas DC-3, entre otros, hasta la gloriosa llegada de los Comet 4 a Ezeiza en el 59 y los Caravelle en el 62. Al final siempre terminaba con una pequeña arenga, invitando a la gente a firmar por la noble causa. De a ratos, todavía se acordaba del Dr. Policarpío Gutierrez mientras decía — “Nótese el doble sentido de esta definición: la enajenación es una idea y un poder, al mismo tiempo, es decir confirmamos que el hombre puede desarrollar un cierto poder, detrás de una idea. Pero este poder, en este caso, lo usamos para no-poder sobrellevar el día siguiente, en consecuencia es un poder-para-no-poder, ¡gran contrasentido!”
Más tarde, cerca del mediodía, apareció el Polaco con una bolsa cargada de morteros y petardos. Junto a él un grupo de unos veinte tipos, mas bien de tamaño grande, algunos de ellos con bombos y redoblantes, entró por el lado de Avenida de Mayo, metiendo mucho ruido.
— Che, y estos quienes son?, no parecen de los sindicatos — dijo Antonio a Amelia, una de las comisario de a bordo que estaba cerca.
— ¿Estos?, son de la barra brava de Defensores de Belgrano — le contestó ella con una sonrisa. Los contratamos por 2 pesos y un sánguche a cada uno. ¿Meten bochinche, no?
Mientras el ruido de las explosiones y las batucadas atronaban el aire y la calle se llenaba de un humo blanco denso, y un tufo a pólvora insoportable, Antonio buscó refugio, en la entrada del Burger King, abrazado a la Reliquia, que no soltaba por nada del mundo. “No sea cosa que le pase algo”, pensaba.
— Oiga señor — oyó que alguien le decía a sus espaldas — ese avión ¿está en venta? — a lo que Antonio por supuesto decidió no contestar. No estaba del todo seguro si la pregunta era en serio, o una cargada.
Después, el resto del día se pasó en medio de la agitación de repetir mil veces su discurso, invitar a la gente a firmar los libros, dar explicaciones a quienes le hacían preguntas, y mientras tanto, el resto del piquete, entrando y saliendo de la Sede, a veces con botellas de Coca Cola, empanadas y sándwichs para que coman los compañeros.
— Che, Clemente, pero ese tipo que está firmando ahora ya lo hizo como veinte veces más — le dijo Antonio a uno de los auxiliares que se ofreció a ayudarlo con la Reliquia.
— Si, son los del sindicato de maleteros — le contestó el tipo — van y vienen del lado de Florida y cada vez que pasan agregan una firma. Hoy sí o sí tenemos que llegar al millón, y ¿vos te creés que alguien las va a revisar?, y encima ¿una por una?


Dos

Cuando el capitán Ibáñez se despertó, la habitación estaba completamente a oscuras. Los primeros instantes fueron de total confusión, y le costó ubicar dónde se encontraba. Pronto llegó a su memoria el largo viaje desde Buenos Aires, los incómodos asientos de la clase turista, el gordo Farías vomitando y Luque caminando de un lado al otro por el pasillo, “¿que querés, que haga?”, decía, “yo sentado ahí no puedo ni pegar un ojo”
— ¡Carajo! — gritó Ibáñez cuando recordó que estaban en Madrid. Habían llegado esa mañana, y tomaron los cuartos de hotel tan sólo para descansar un rato y repasar el plan que el comité les había encomendado. “¿Qué hora será?”, pensó, mientras buscaba a tientas en la oscuridad alguna llave de luz, derribando en el intento algunas cosas no identificables.
— ¡Farías, Luque! — tronó Ibáñez en el teléfono después que pudo encender una lámpara — vengan rápido, ¡son las ocho, carajo y en dos horas tenemos que estar tomando el avión, mierda!
Se vistió tan rápido como pudo y sacó de su bolso una libreta de apuntes donde consultó algunos datos. Casi al instante llegaron sus compañeros de viaje, el gordo Farías en calzoncillos a lunares celestes y camiseta musculosa bien apretada sobre la barriga, y Luque vestido con un pijama de verano.
— Pero, ¿qué hacen, inconscientes? Tendríamos que estar ya llegando al aeropuerto ¿y ustedes todavía están así?
— ¿Y que querés? — dijo Luque — yo no puedo dormir la siesta si no me pongo el pijama. Pero enseguida estoy listo — concluyó, volviendo sobre sus pasos
— Yo me estaba vistiendo — agregó Farías y se marchó detrás del otro, dejando a Ibáñez con cara de desesperación.
A las ocho y cuarto, casi a los empujones, los tres delegados se subieron a un taxi, encomendando al chofer que los lleve de raje al aeropuerto de Barajas.
— Bueno, a ver, repasemos — habló el capitán Ibáñez — Luque, ¿tenés los pasajes?
— Acá están. Tres boletos en clase turista a Nueva York, por Iberia, en el vuelo IB6990, sale a las diez y diez, es un Airbus 320
— Bien, ¿y el equipaje?
— Acá están los bolsos de mano con la pilcha, y en el baúl pusimos la valija cargada con el “plástico” — informó Farías.
— ¿La declaración y los panfletos para la prensa? — siguió Ibáñez como si revisara una lista largamente memorizada
— Acá están, en castellano y en inglés — puntualizó Luque abriendo uno de los bolsos
— ¿El control remoto con el disparador?
— También acá, en este bolso — continuó Luque — junto a los pasaportes con nombres falsos
— Bueno, bueno, creo que está todo — dijo Ibáñez relajándose en el asiento — al fin y al cabo, puede ser que les perdone lo del pijama y el calzoncillo a lunares, ¡hijos de mil ...! — terminó diciendo al mismo tiempo que dejaba salir una larga carcajada — gordito de mi alma... cuando se sepa todo esto..., ja, ja, ja, ¡la con..ferencia de tu hermana,,,!


Tres

— Ay, Erminia, ¡aquí vienen otros tres! — se quejó una de las asistentes que atendían esa noche el mostrador de Iberia en Barajas — Señores, el vuelo a Nueva York ya está cerrado — dijo a los tres delegados, que estaban transpirados y con los rostros desencajados por la corrida que acababan de hacer por el amplio hall del aeropuerto, arrastrando la pesada valija, los bolsos de mano y la ansiedad por cumplir la misión encomendada
— Pero por favor, señoritas — replicó el capitán Ibáñez — hágannos el favor, miren somos tres aviadores retirados que tenemos que estar mañana, sí o sí, en un congreso de aeronáutica civil en los Estados Unidos. Por favor, hablen con el comandante que haga la excepción de recibirnos
— Bueno, a ver un momento, déjeme hablar con el piloto — dijo la otra mujer, quien luego de una breve conversación por radio con la cabina del avión, concluyó diciendo — Está bien, señores, dice el comandante Espinoza que reabrirá el vuelo, siempre que estén ustedes en el avión en diez minutos. Aquí tienen las tarjetas de embarque, y por favor si tienen que despachar equipaje, háganlo directamente con las azafatas de a bordo, ellas se los recibirán
— ¡Vamos, vamos, corran! — arengaba Ibáñez a los otros, sobre todo al gordo Farías que no podía con su mole — a ver, la mina dijo puerta de embarque 25 A, fijate por cual vamos...
— Recién pasamos la 10B — contestó Luque — Nos faltan nada más que quince puertas
— ...multiplicá por dos, si hay “A” y “B”... — refunfuñó Farias en medio de un resoplido
Los tres corrían como locos, por momentos aprovechando las cintas de transporte, sobre las que parecían volar, sorteando maleteros y otros pasajeros que se les cruzaban inadvertidamente, hasta que, nueve minutos y treinta segundos después, se presentaron en la puerta de embarque, donde un par de auxiliares los ayudaron a despachar la valija y buscaron dónde acomodarlos dentro del avión.
— Señores, les sentaremos donde se pueda, ya que en el apuro, no les han asignado número de asiento, veréis aquí, está en blanco
— No se... preocupen...es lo mismo... — contestó el capitán Ibáñez con el aire cortado por el esfuerzo — lo importante es que... podamos viajar
— Ya lo creo, pues entonces vosotros dos — podéis ubicaros en los asientos 23 B y 23 C, y usted... — dijo dirigiéndose a Luque — puede tomar el 31H. Que tengan buen viaje, señores
Los tres, exhaustos, se desplomaron en sus lugares, y respiraron aliviados por primera vez en la noche cuando, casi de inmediato, el avión comenzó a separarse de la manga y se dirigió a la cabecera de pista. Diez minutos después, las luces lejanas de Madrid alejándose velozmente debajo de ellos, les indicaban que la segunda parte del plan, estaba en marcha.
— Perdone joven... — dijo la anciana sentada en el asiento vecino a Luque, una vez que el avión se estabilizó en su altura de crucero y se apagaron las luces de ajustarse los cinturones— ¿es la primera vez que viaja a Casablanca...?
— ¿Cccomo...? — preguntó Luque aturdido por la situación
— Le pregunto si ya ha estado antes en Casablanca. Para mí es la primera vez, y estoy tan emocionada, ¿sabe?, mi abuelo peleó en Africa durante la guerra contra los moros en el año doce. Ellos desembarcaban por Melilla, pero después de combatir por unos meses, pudo escaparse a Casablanca y...
Pero Luque ya no podía escucharla. Se había parado y en medio del pasillo gritaba desconsoladamente — Ibáñez, capitán Ibáñez ... ¡Carajo...!, ¡capitán...!


Cuatro

— Así es, señores, este es el modelo a escala del primer jet Comet 4 de la compañía, que fue comandado en su primer viaje por el capitán Policarpio Gutiérrez — terminó de decir Antonio en una de sus tantas arengas al día siguiente, en medio de la calle
— ¿Qué decís, Antonio? — preguntó un compañero
— ¿Y qué...?, ya estoy re-podrido de la Reliquia, y si no me invento algo me aburro, ¿y por qué no el nombre de un noble piloto? ¡Vamos, Policarpio, viejo y peludo, nomás...!
Pronto, a media mañana, llegaron los del Comité, con Alfaro a la cabeza, a quienes todos estaban esperando con gran expectativa por conocer las novedades del piquete Dos que tenía que secuestrar el vuelo de Iberia de Madrid a Nueva York y desviarlo a Buenos Aires, bajo el pretexto de que el control remoto con disparador que tenían en sus manos, haría explotar un supuesto y poderoso explosivo plástico encerrado en la valija despachada como equipaje.
— Me parece raro que ningún diario haya sacado todavía la noticia del secuestro, ni hay ningún comentario por radio, ni por TV — dijo Magdalena, una de las integrantes del Comité — es raro, porque a esta hora ya tendría que haber noticias.
— Es cierto — contestó Alfaro — pero, quien sabe, a lo mejor el vuelo salió con atraso de Madrid y estará demorado. También, puede pasar que los gallegos tengan ya la noticia pero la estén reteniendo para quitarnos poder
— Eso ¡jamás! — arengó alguien desde atrás, mientras el resto de los compañeros se iban acercando, Antonio entre ellos, cada vez más ansiosos por conocer las novedades
—¿Quién está en Ezeiza? — preguntó Alfaro
— Roque y Clemente — respondió alguien rápidamente – recién hablé con ellos y ni noticia del vuelo
Justo en ese momento, el celular de Alfaro comenzó a sonar, creando una enorme tensión entre todos. Mientras él contestaba la llamada, un gran silencio se apoderó del lugar, haciéndose más y más profundo. A medida que pasaban los minutos, el rostro de Alfaro se iba endureciendo, a la vez que sus ojos se abrían en una mueca de asombro e incredulidad. Sólo se le oía balbucear incoherencias, algo así como “bueno, bueno...”, “entiendo...”, “sí, que mala suerte...”
— ¿Qué pasó? — preguntó Antonio cuando la conversación terminó — Alfaro, ¡hablá, decí algo!
— Era Ibáñez... dijo que... dijo que están en Marruecos... en un Sheraton... Iberia les regaló cinco días..., sin cargo porque los mandaron en un vuelo equivocado..., en lugar del IB6990 a Nueva York, los pusieron en el IB9690 a Casablanca...y, bueno...
— ¿Y bueno, que? — gritó alguien desesperado
— y... que, van a aprovechar y..., y se quedan ahí hasta la semana que viene... mañana tienen un tour al café Ritz, donde se filmó la película con Humphrey Bogart y...
— Pero, ¿cómo, y qué más? — dijo Julia
— ... que mandan saludos para todos...— terminó Alfaro derrumbándose en una de las sillas junto a los mostradores donde los libros rubricados mostraban que ya iban por la firma novecientos noventa y nueve mil quinientos veinticinco.
El revuelo fue casi inmediato. Algunos gritaban que debía llamarse a Asamblea urgente para decidir los próximos pasos. Otros discutían si había que seguir recopilando firmas, o no, mientras algunos, directamente, guardaban los libros o los dejaban tirados sobre los escritorios donde ya nadie arengaba a la gente que seguía pasando. El resto, comenzaban a abandonar el lugar en silencio.
— ¡¡¡Alfaro...!!! — se oyó de pronto la voz de Antonio que venía corriendo desde el fondo del grupo.
— ¿Qué pasa ahora?
— Alfaro... — dijo sollozando Antonio, ni bien llegó a su lado
— Dale nene, ¡hablá de una vez!
...
— ¡ La Reliquia Alfaro…, se afanaron la Reliquia, ... se la afanaron...!


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avataraspicuelta bandera - Fecha: 07/06/2014, 09:36 hsme gusta (152)   no me gusta (143)

Aunque gran parte del cuento es ficción, algunas de las escenas le ocurrieron a un amigo y otras a mí mismo.
avatar Guillermo bandera - Fecha: 23/05/2014, 11:15 hsme gusta (155)   no me gusta (144)

Muy bueno, muy nuestro todo
avataraspicuelta bandera - Fecha: 07/04/2011, 21:35 hsme gusta (222)   no me gusta (238)

Gracias a todos por los comentarios que me han dejado. Lo valor mucho, realmente
avatarNatrium bandera - Fecha: 06/04/2011, 23:50 hsme gusta (224)   no me gusta (229)

siempre logras sorprenderme! voy a ser tu lectora a partir de ahora.jajajajaja no sabia si reirme o llorar, todavia me estoy riendo.
avatarnine201060 bandera - Fecha: 25/03/2011, 11:39 hsme gusta (244)   no me gusta (228)

Muy buen cuento...te dejo mis estrellas...
avataraspicuelta bandera - Fecha: 18/03/2011, 20:10 hsme gusta (273)   no me gusta (256)

Para los lectores que no sean argentinos, les aclaro que en el slang nuestro, "afanar" quiere decir robar. Saludos desde Argentina
avatarMafaldo bandera - Fecha: 17/03/2011, 20:08 hsme gusta (245)   no me gusta (242)

lo vuelvo a leer y me parece increible el cuento este, realmente, uno de los mejores que lei en Tuloescribes!
avatar serena bandera - Fecha: 08/11/2010, 14:16 hsme gusta (267)   no me gusta (244)

Me pareciò muy bueno, muy bien escrito, muy buena la ambientaciòn y bueno el remate.
avatarMafaldo bandera - Fecha: 28/09/2010, 23:47 hsme gusta (282)   no me gusta (293)

Buenísimo!!! tan argento, tan tragicómico. Felicitaciones!


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