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Martes 14 de Agosto de 2018

Camino a la Perdición

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Categoría: Cuentos | Fecha: 04/11/2010
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(Basado en el World of Warcraft)

Kastine Dreadweaver

Kastine lloraba con amargura e ira por la muerte de su esposo. La muerte de Langston no solo la dejaba a ella como una viuda de treinta y tantos, sino también dejaba su casa de nobles expuesta para ser devorada por otra casa de las tantas que conformaban al Sindicato de Alterac.

Los Gryson no perderán la oportunidad, pensó la viuda, atravesando la habitación en sollozos, mientras que sus sirvientes, su banda personal de bandidos, observaban atónitos el cuerpo sin vida de su antiguo líder.

“¿Qué vamos a hacer, milady?” alcanzó a preguntar Broddy, con la voz apagada debido a su bufanda naranja, el símbolo representativo del Sindicato. Murmullos comenzaron a resonar por toda la estancia.

Kastine se volvió hacia ellos, sin apartar las manos de su rostro lagrimoso, e hizo un esfuerzo por sacar las palabras de su garganta. “Mátenlos…”

Los murmullos dejaron de escucharse, y por el momento todo el mundo se olvidó del cuerpo de Langston para atender las palabras de la viuda Kastine. “¡Maten a los responsables de esto! ¡Quiero las cabezas de Frederick Gryson y Alista en una bandeja de plata!”

Los asesinos y bandidos se miraron los rostros un tanto confundidos al principio. La familia Gryson era una de las que tenía más reputación entre el Sindicato, por no mencionar una de las más numerosas. Entre sus filas de bandidos había también magos y brujos, lo cual volvía a aquella casa de nobles una de las más poderosas.

Claro estaba, la casa Langston no se quedaba atrás. No obstante, sin el difunto Langston, las cosas no tardarían en derrumbarse para todos los que la conformaban, incluyendo a Kastine. “¡Demando venganza por la muerte de mi marido! ¡Los Gryson tienen que pagar por esta afrenta!”

“Pero señora… ellos son escasamente más números que nosotros ¿cómo pretende que podamos vencerlos?” volvió a preguntarle Broddy.

“De la misma manera que ellos hicieron con nosotros,” le contestó Kastine, apartando las manos de su rostro, cuyas delicadas facciones hicieron que más de una mirada se posara en ella. La viuda de Langston era muy atractiva. Su figura voluptuosa había sido el objeto de más de un deseo escondido, o fantasía prohibida de sus sádicos y pervertidos sirvientes. Sin embargo, detrás de aquella apariencia, se ocultaba una mujer cruel y vil, que no se detenía ante nada ni nadie, hasta conseguir lo que quería. “Infiltrándonos en su fortaleza y asesinando a sus jefes mientras duermen.”

Los asesinos se mostraron reluctantes al principio, pero Kastine sabía perfectamente como motivarlos a hacer lo que ella quería, simplemente debía decirle las palabras correctas e irían raudos a terminar con su rival más acérrimo, Frederick Gryson. “¡Háganlo y recibirán recompensas más allá de las que ansían sus corazones; reputación, poder y sobre todo… respeto! ¡Acabar con los Gryson nos asegurará un puesto más alto dentro del Sindicato, y todos ustedes serán temidos por el resto de las casas y bandas! ¿No quieren, acaso, dejar de ser simples asesinos y convertirse en gobernantes? ¿Tener sus propios sirvientes y tierras? ¡Sí terminan con la vida de Frederick Gryson tendrán esto y más! Y por sobre todas las cosas, estarán más cerca de nuestro señor Perenolde!”

Vítores y gritos de venganza hicieron eco en la habitación. El cuerpo de Langston continuó inmutable sobre la alfombra junto a la cama, y parecía ya no tener interés para nadie, ni siquiera para Kastine.

“¡Vayan a por los Gryson y tráiganme sus cabezas! ¡Violen a Alista hasta la muerte y maten a todos los que se interpongan en su camino!” ordenó la viuda, observando con placer como sus asesinos salían de la habitación encolerizados y dispuestos a cumplir sus designios.

Dejada sola, entonces, Kastine se acercó al cadáver de su marido y se arrodilló frente a este, no sin antes asegurarse de que quedase alguien en la habitación. No viendo nada, se volvió por fin al cuerpo sin vida y sonrió.

Por fin podía dejar de actuar.

“has servido a tu propósito, mi querido esposo.” Dijo ella, haciendo énfasis de sarcasmo en sus últimas palabras mientras se secaba las lágrimas falsas. “pronto comenzará la carnicería y, con suerte, todos los que caigan servirán a un mejor designio para el futuro.”

Los ojos de Langston siguieron mirando sin ver a la lámpara colgada en el techo, ausente de todo. Asesinarlo había resultado tan fácil, y el pobre idiota ni siquiera se lo había esperado, tan lleno de placer estaba cuando fornicaba con ella que jamás sintió la daga en su cuello sino hasta que había sido demasiado tarde.

Kastine se puso de pie y se llevó las manos a los flancos, volviéndose a la puerta por donde habían salido todos sus sirvientes.

O todos los que dejarían de ser sus sirvientes. Ya poco le importaba lo que les sucediera, con tal de que llevaran a cabo la masacre que su nuevo amo demandaba, todo estaría bien. La viuda se alejó del cuerpo y camino a través de la habitación rumbo al balcón, donde ni siquiera la penumbra de la noche le impedía ver a todos sus antiguos asesinos salir de la fortaleza con dirección a la de los Gryson.

Si, servirán a su propósito.

Su nuevo amo ofrecía a Kastine cosas más allá de lo que ella jamás hubiera imaginado. Los lujos y comodidades a los que ella estaba acostumbrada eran algo tan insignificante cuando se comparaban con el ilimitable poder más allá de la vida. Kastine se apoyó del muro, mientras que la brisa fría de Alterac le golpeaba el hermoso y a la vez insano rostro, y le revoloteaba su largo cabello rubio. La existencia eterna resultaba mucho mejor que todo el oro del mundo, de eso estaba completamente segura.

La viuda se apartó del balcón y se dirigió hasta la cama donde había compartido tantos placeres mundanos con su esposo, y con algunos otros pocos. Se arrodilló y tanteó con la mano debajo de la cama, hasta que alcanzó un pequeño objeto con superficie de madera y rectangular.

La caja salió a relucir cuando Kastine la reveló, mostrando en su interior de terciopelo una esfera negra y brillante. Al tomarla entre sus manos y musitar algunas palabras extrañas, el orbe comenzó a mostrar en su interior una especie de remolino humeante, para luego revelar a otra mujer, hermosa también, solo que con el rostro más pálido y marcado con tatuajes debajo de cada uno de sus ojos.

“Todo esta listo,” Dijo Kastine a la esfera, mirando nuevamente a su alrededor para asegurarse de que estuviera sola. “Los muy ilusos van a asesinar a los cabecillas de la Casa Gryson, justo como me lo pediste.”

El rostro en la esfera sonrió complacido. “Excelente, mi querida Kastine, más que excelente. Ner’zhul estará complacido con tu esfuerzo, al igual que yo.”

Kastine sonrió y sus ojos brillaron con ambición. No podía esperar por abrazar el poder que tanto se le había prometido.

“Una vez que esos idiotas se maten entre si, el Azote barrerá con todos ellos, haciéndose más poderoso.” Dijo la voz a través del orbe. “y tú obtendrás tu justa recompensa.”

“Si, poder… y vida eterna.”

El rostro hermoso en el orbe sonrió. “Y una belleza que jamás se marchitará.”

El solo pensar que sería una mujer hermosa eternamente, llenó a la viuda con regocijo.

“Pero te advierto, Kastine, ya no hay marcha atrás. Una vez envíe a uno de mis siervos y te pongas en camino, no podrás dar la vuelta.” Le dijo la voz. Kastine asintió sin dudarlo.

Ya había tomado su decisión.

“¿Cuándo vendrá tu siervo?” le preguntó la viuda rubia.

La mujer a través del orbe sonrió. “Cuando menos lo esperes.” Acto seguido, el rostro en el orbe se desvaneció, y todo dentro de la habitación, a excepción de la brisa helada de Alterac que entraba por el balcón, quedó sumido en un total silencio.

Kastine dejó el orbe en el cofrecillo y lo ocultó bajo la cama una vez más, sintiéndose ansiosa y emocionada. No podía esperar por comenzar aquel nuevo camino, y mientras clamaba a los dioses… o a su dios Ner’zhul, para que el sirviente llegara de prisa, se puso de pie y volvió al balcón.

A lo lejos, la fortaleza de los Gryson ardía con fuego…

* * * * * *

“¡Muerte a los Gryson!” gritó Broddy con emoción. Alzó su puño al cielo teñido de naranja por las llamas que consumían el castillo y se echó a reír maliciosamente. Poder y respeto eran premios exquisitos para alguien que había vivido bajo la sombra de otros con más influencia e inteligencia. Con esta conquista por fin podría asegurarse un puesto entre la nata de nobles del Sindicato, no importaba sino era de sangre pura o fuera dueño de tierras…

Lo que no lograban tales cosas, lo lograba una daga y suficiente habilidad.

“¡Desgraciado!”

Broddy esquivó al guerrero de los Gryson, quien llevaba también la típica bufanda naranja del Sindicato al igual que él, y le atravesó la espalda con la hoja de su cuchillo. A su alrededor, los miembros de la casa Langston y Gryson seguían peleando encarnizadamente y sin dar tregua. Tan emocionados estaban por las palabras de la viuda Kastine que hicieron caso omiso a infiltraciones y se lanzaron en un ataque directo a la fortaleza.

Tales cosas sucedían cuando se carecía de un líder que impusiera orden, pero a este punto, ya ni siquiera importaba. Todo lo que interesaba era el premio luego de la carnicería. Broddy había asestado el golpe mortal a la casa Gryson al haber asesinado al líder, y aunque se había privado de darse el placer de probar el cuerpo de Lady Alista –cosa que no desaprovecharon sus compañeros- estaba seguro de que habría mejores oportunidades cuando se hubiera ganado el respeto de Lord Perenolde.

“¡Por la casa Langston!” gritó el bandido, seguido por un coro de vítores cuando todos los asesinos terminaron con las vidas de sus rivales. El humo acre continuó su ascenso al cielo, y la brisa fría proseguía su ventada.

¿Por qué siquiera mencionar a los Langston? Broddy pensó que incluso podría volver a la viuda su mujer y hacerse con el control de la casa. El bandido sonrió ante la proporción de tal ambición, y se embriago de ella.

Si… yo me convertiré en el señor de la casa Langston y convertiré a esa perrita en mi esclava.

Pero entonces…

… Un hedor profundo y penetrante inundó el ambiente.

“¿Qué demonios huele así?” le preguntó Trent, el bandido herrero, a Broddy. Los cuerpos achicharrados del castillo no podían oler así… al menos, no tan rápido.

“No tengo idea.” Fue lo único que contestó Broddy antes de que una lanza le atravesara el pecho completamente.

“¡OH por todos los Dioses!” exclamó Trent incrédulo, mientras se le helaba la sangre cuando un grito desgarrador hizo eco por todo el campo de batalla frente al castillo.

“¡Muertos vivientes!” y “¡Los muertos vivientes han vuelto!” resonaron por todo el lugar.

Broddy cayó de rodillas, observando la gran lanza en su pecho. Con un esfuerzo monumental para mantenerse despierto, intentó ver más allá al gran ejército que se acercaba hasta todo el montón de bandidos y asesinos que corrían por sus vidas.

Esqueletos guerreros, zombis, necrófagos y abominaciones marchaban imparables y asesinaban a todo los estúpidamente valientes para hacerles frente. Broddy advirtió que frente a todos ellos marchaba una mujer vestida en túnicas negras, quien comandaba órdenes a las infames bestias sin preocuparse de que estas se abalanzaran sobre ella.

Una… nigromante…

El azote arrasó con todo a su paso. Donde quiera que Broddy viera, los zombis devoraban a sus camaradas caídos, y los guerreros esqueléticos cercenaban a los luchadores, mientras que las abominaciones los aplastaban con sus enormes puños de carne. Incluso habían traído consigo a los temidos carros de despojo, los cuales lanzaban enormes proyectiles hacia la fortaleza ya de por si destruida, y al mismo tiempo, recogían los cadáveres con sus navajas curvas y los convertían en carne molida, dejando un rastro sangriento tras de si.

Broddy se lamentó, y maldijo a su mala suerte por aquel día tan funesto. De inmediato supo que ahora jamás conseguiría todo el poder que ansiaba y aunque le parecía irónico, por lo menos conseguiría algo de lo que la viuda Kastine le había prometido…

El respeto…

Cuando fuera alzado como un zombi más, al menos conseguiría que le temiesen.

* * * * * *

Kastine lo había visto todo desde el balcón, y sonrió en extremo complacida. No había esperado que el Azote llegara tan rápido, pero al menos se contentó con saber que posiblemente su guía llegaría en cualquier momento.

La viuda se alejó de nuevo del balcón, con el orbe en manos, y se detuvo en seco cuando un frío helado le congeló los huesos y la sangre. Sus ojos se abrieron de par en par cuando una niebla vaporosa y gris se materializó frente a ella. El vago cuerpo humanoide era translucido, y dejaba un rastro espectral tras de si. Unos ojos violetas, que ardían con gran intensidad, lucían sustancialmente reales.

Kastine dejó escapar un suspiro helado, y su corazón volvió a latir de nuevo conforme esta recobraba su compostura. La figura de vapor se mantuvo en silencio, y observando cada movimiento que ella hacia. Kastine se paro firme, entonces, y de forma arrogante se atrevió a decir: “Por fin llegaste, te he estado esperando.”

La sombra ni siquiera se inmutó. Desconcertada, Kastine se volvió al orbe y se lo mostró a la figura de vapor, no sabiendo qué hacer a partir de este punto. Quizá si aquella cosa la reconocía…

Pero la sombra siguió inerte y sin mostrar ánimo.

Exasperada, Kastine musitó las palabras de poder y espero que el orbe le revelara a su benefactora, la Susurradora de Muerte, Selendre.

“Veo que por fin ha llegado,” dijo con dulzura la nigromante. Kastine advirtió varios movimientos tras la susurradora, y le pareció ver, por un escaso segundo, a un esqueleto cargando un cuerpo sobre su hombro. “Por fin podrás partir a tu nuevo destino.”

Aquellas palabras centraron a Kastine de nuevo en Selendre. “Si, mi destino. ¿A dónde tengo que ir?”

“Deberás atravesar las montañas de Alterac hacia el norte, hasta las Tierras Plagadas.” Le explicó la susurradora.

Kastine asintió, y se atrevió a preguntar: “¿iré a Caer Darrow?”

Selendre sonrió, y aunque al principio Kastine pensó que ese sería el lugar a donde tendría que ir, la negativa de Selendre le reveló lo contrario. “No, querida. El camino que quieres no te lleva a Caer Darrow ¿recuerdas? Hay otro lugar donde podrás conseguir lo que buscas.”

Kastine conocía Caer Darrow. Había sido antes una gran fortaleza en medio de una isla en el lago Darrowmere. Gloriosa en el pasado, y ahora aún más gloriosa por estar bendecida por el Rey Lich en el presente. La escuela de nigromancia del Culto de los Malditos, la Scholomance donde había entrenado Selendre, se encontraba allí.

La susurradora le había explicado que allí iban todos los que querían aprender las artes oscuras de alzar a los muertos, y el poder de la magia oscura, pero Kastine no le interesaba para nada el camino de la hechicería, como habían querido sus difuntos padres al principio, cuando querían enviarla a Dalaran.

No, a ella le gustaba más el uso de la fuerza, entremezclado con sus propios encantos naturales que tanto le habían ayudado para ponerse donde estaba como la señora de la casa de Langston, y aunque no lo pareciera a simple vista, encontraba más interesante el uso de la espada y las armas que la magia propiamente dicha.

“¿Cuál es ese lugar?” preguntó finalmente Kastine, saliendo de sus ensoñaciones, y asegurándose de verse lo más dispuesta que podía de seguir las indicaciones de Selendre.

“Irás a Naxxramas.”

Kastine sonrió, y por primera vez desde que oyera aquel nefasto nombre, le sonaba tremendamente exquisito.

* * * * * *

La sombra le había guiado durante dos semanas hasta la Tierras Plagadas del Este sin detenerse siquiera para descansar. Kastine estaba demasiado agotada y los pies le dolían tanto, que si caminaba otro poco más terminaría colapsando.

“Déjame descansar un poco, por favor.” Le rogó la viuda noble. La sombra ni se inmuto, y continuó su extraño andar flotante. Kastine hizo un esfuerzo más y trató de seguirle el paso, a pesar de todo. Intentó convencerse a si misma de que este sería un pequeño sacrificio con tal de recibir el premio prometido, pero por primera vez, desde que contactara con Selendre –o más bien desde que Selendre la contactara a ella- empezaba a tener dudas en si había tomado la decisión correcta.

No pienses así, por supuesto que tomaste la decisión correcta.

Su larga travesía la había llevado hasta el Bosque Plagado. La viuda noble observó todo a su alrededor, sintiéndose enferma y tremendamente agotada. Como podía darse cuenta, aquí la cantidad de muertos vivientes eran increíblemente mayor.

Había setas enormes despidiendo vapores nocivos, y aquí y allá había ruinas de cabañas y granjas. Muy a lo lejos sobre todo aquel bosque de inmundicia, se alzaba una imponente estructura flotante más parecida a una pirámide.

“Naxxramas,” susurró Kastine, maravillada y a la vez ansiosa por llegar a aquel sitio, olvidándose momentáneamente de todos los males que padecía.

“Adelante.” Le instó la Sombra, empujándola con una ventisca fría que la hizo caer de rodillas sobre el suelo. La viuda hizo otro esfuerzo monumental por ponerse de pie y seguir andando. Todo acabaría pronto, de eso al menos, podía estar segura.

Al adentrarse en el bosque, Kastine observó con poca impresión –aunque si con inseguridad- como los muertos vivientes la ignoraban por completo. Aunque no respiraba con tranquilidad al estar rodeada de tantos, agradecía al menos correr con la suerte de estar escoltada por uno.

Quien sabía si en un futuro no muy lejano, como Selendre, ella también podría comandarlos a voluntad.

Si… mis propios sirvientes descerebrados… que no descansan, y no protestan…

“hemos llegado.” Interrumpió la sombra, trayéndola de nuevo a la realidad. Kastine se olvidó del ambicioso pensamiento y se detuvo para observar la extraña estructura que se encontraba frente a ella. Era otra pirámide –un zigurat, como la había llamado la Sombra- con diversas entradas y con dos estandartes del Azote de los muertos vivientes justo frente a ellas.

“Si,” dijo Kastine, tosiendo un poco debido a la espesa niebla que rodeaba todo aquel lugar. “llévame dentro.”

La Sombra siguió delante, con la ex-noble de Alterac atrás. Una vez entraron en el Zigurat, este les teletransportó hasta otro lugar que emanaba un calor significativo. Kastine intentó no desfallecer por el calor, pero pronto sus esfuerzos comenzaron a hacer merma en ella.

“Vamos,” dijo el Sombra sin sentimientos, empujándola a seguir. Kastine volvió, una vez más, a ponerse de pie. Siempre se había considerado una mujer fuerte, y que obtenía lo que quería, era el momento de demostrar eso. Con gran determinación, la antigua líder de la casa Langston se paro, altiva y desafiante, y continuó su andar.

La figura de vapor la llevó a través de un montón de pasillos y cámaras que Kastine difícilmente podría recordar, por lo que se aseguró de seguirle el paso a rajatabla.

“¿Veremos a Selendre aquí?” le preguntó la mujer, casi esperando que la criatura no respondiese.

“La susurradora esta destinada a otro punto fuera de este Zigurat. Aquí dentro veremos a alguien con mucho más poder.” Le contestó la sombra sorpresivamente. La respuesta complació a la viuda, quien observó con detenimiento varias salas por las cuales había pasado. Había una sala llena de enromes arañas y huevos, otra sala llena de setas de la plaga iguales a las que había visto en Plaguewood, otra llena de artefactos de laboratorio y mesas de operaciones que a ella ni le interesaban y finalmente, otra sala militar, llena de fornidos caballeros y guerreros que entrenaban continuamente.

Kastine se preguntó si en algún momento le tocaría entrenar con ellos.

Probablemente, pensó la noble, y sonrió al imaginarse la vergüenza que les causaría a todos esos hombres si llegaba una mujer y les venciera. El pensamiento resultó agradable por el momento, pero luego no tanto cuando la Sombra le guió hasta una cámara increíblemente fría.

El gran salón era por completo circular. En el centro, al fondo de la sala, se encontraba un enorme trono con una figura esquelética imponente rodeada de hielo y extrema malicia. Luces azules brillaban desde el interior de su calavera vacía. Aquella cosa vestía túnicas rúnicas que dejaban expuesta sus costillas huesudas cubiertas de hielo. Llevaba una corona ceremonial sobre su cabeza, que a Kastine le recordó ver en algunas estatuas nerubian –como le había explicado la Sombra- a lo largo de su travesía. Medía siete pies de alto, y levitaba sobre el suelo, dejando un rastro helado. Varias cadenas cubiertas de nieve volaban alrededor de él.

“Bienvenida,” dijo la criatura con una voz llena de frialdad y malicia. “Soy Kel’Thuzad.”

La sombra hizo soplar una ventisca tan estridente que hizo que Kastine se arrodillara por la fuerza. Cuando sus manos tocaron el suelo, la ex-noble de Alterac se dio cuenta de que el hielo lo cubría todo. Kastine intentó reprimir el dolor cuando el frío quemó sus nervios, pero una nueva ráfaga de hielo le golpeó directamente en el rostro, lo que le hizo soltar un grito de dolor agudo cuando sus manos se despegaron del piso, llenas de sangre.

Adolorida y casi llorando, Kastine hizo un esfuerzo por hacerle frente a este ser tan poderoso. ¿Este era el poder del que tanto le había hablado Selendre?

“Esto es más de lo que tu insignificante vida puede aspirar,” le contestó Kel’Thuzad, ante la mirada atónita de Kastine. ¡¡¡Le había leído el pensamiento!!! “Y te darás cuenta, que como yo, y muchos otros antes que tú, que solo con dolor y miseria podrás obtener lo que siempre has deseado.”

Pero, a diferencia de Selendre, este ser, el bien conocido Kel’Thuzad, no sonaba ni tan remotamente amigable. “La inmortalidad puede ser un gran regalo, al igual que la agonía de una manera que tú no has podido probar aún. Desafía al Azote, o al Rey Lich, y aprenderás lo que es verdaderamente el sufrimiento. Intentarás rogar por la muerte, y cuando esta llegue, aún así seguirás sufriendo.”

La ventisca aumentó de fuerza, y lanzó a Kastine a varios metros de distancia, golpeándose contundentemente al caer al suelo. Estaba débil, y OH, por la Luz –si, por la Luz- que estaba inmensamente arrepentida y sobre todo…

Llena de gran horror.

“¡Basta, te lo suplico!” rogó ella, como jamás lo había hecho. Kastine se encontró a si misma clamando por su vida, cuando antes había sido demasiado arrogante como para hacerlo con cualquiera. “¡Por favor!”

La sombra se desvaneció… y las ventiscas terminaron.

“Para obtener el poder que buscas, debes jurar absoluta lealtad al Rey Lich… y una vez hecho, tu voluntad dejará de pertenecerte, y serás su fiel servidor incluso después de la muerte.” Dijo Kel’Thuzad.

“¡Lo… juro!” Susurró Kastine, intentando ponerse de pie… pero solo consiguió arrastrarse. “¡Lo juro! ¡Solo le pertenezco al Rey Lich!”

“Serás llevada ante uno de mis entrenadores, el gran instructor Razuvious, y el determinará si realmente eres digna de servir a Ner’zhul.” Prosiguió el Lichlord, invocando en seguida a varias Sombras alrededor de Kastine, quien estaba tan débil que no podía ni ponerse de pie… tan débil, que ni siquiera podía respirar.

Debes ponerte de pie… debes demostrar ser digna…

Con una enorme fuerza de voluntad que ya no le pertenecía, Kastine se puso de pie. Temblando, pero aún consiguiendo ponerse firme, dos voces al unísono, frías y llenas de odio infinito, mucho más amenazantes y poderosas que la de Kel’Thuzad, inundaron su mente.

Todo lo que soy: Ira, crueldad, y venganza… Te lo entrego a ti, mi caballero elegida. Te he otorgado la vida eterna, para que así seas una de tantos heraldos de una nueva era para el Azote.

Kastine no podía creer lo que estaba sucediendo. Su vida había cambiado súbitamente y de manera tan inverosímil que no sabía si estaba soñando o si ya había muerto. Todo lo que sabía, es que la sensación que sentía ahora… ya no de dolor, ni agonía, era restauradora.

Aunque había sufrido como nadie lo había hecho, había conseguido lo que quería.

Te convertirás en mi fuerza de retribución. Donde tú camines, la perdición te seguirá. ¡VE AHORA, Y RECLAMA TU DESTINO, CABALLERO DE LA MUERTE!

* * * * * *

Cuando por fin fue llevada ante Razuvious, todas las dudas y miedo que Kastine había sentido se habían desvanecido. Su mirada se había tornado fría, y penetrante, más enfocada que nunca. A su alrededor, el resto de caballeros de la muerte siguieron con su entrenamiento, aunque algunos que otro se volvía a ver a la mujer que de ahora en adelante compartiría –sí lo lograba- el mismo camino de perdición que ellos.

Razuvious le contempló un tanto dudoso al principio, pero luego descartó toda duda al pensar en todas las pruebas a las que la pondría.

Kastine miró al imponente caballero en su armadura, y no dudó ni un ápice tampoco. Extrañamente, su cabello había dejado de ser rubio, y ahora lucía gris como si hubiera envejecido. Su rostro seguía siendo hermoso, pero al igual que Selendre, también era pálido.

“Has escuchado el llamado del Rey Lich, lady de la Muerte. Ahora es tiempo de responderle a tu amo.” Le dijo Razuvious, cruzándose de brazos.

Kastine asintió, completamente dispuesta. Por todo el poder que ansiaba, seguiría a Ner’zhul hasta la muerte.

“Tú entrenamiento,” continuó el instructor. “Comienza ahora.”


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