¡Anunciá en Tuloescribes!      contacto Contacto      regístrate Registrate       iniciar sesión Iniciar sesión
Usuario:
Contraseña:
 
 Recordarme
 Olvidaste tu contraseña?
 Registrate >>

                    . : Comunidad de Literatura : .



por: autor palabra
Viernes 17 de Agosto de 2018

Arden - cruzada vengativa

Usuario:
Contraseña:
 
 Recordarme
 Olvidaste tu contraseña?
 Registrate >>
Categoría: Cuentos | Fecha: 22/05/2011
Facebook
Bajar escrito en PDF    
Enviar por e-mail    
Imprimir escrito    
Agregar a Mi Biblioteca    


(Basado en el World of Warcraft)

Agazapado entre varios arbustos, Arden esperó. Le acariciaba la crin a su corcel conforme intentaba calmarlo, pues sí relinchaba o piafaba, ambos morirían. Cerca, el claro frente a su escondite se encontraba despejado, y al fondo, la línea del bosque seguía sumida en las sombras. Debía llegar a aquel bosquecillo para proseguir su viaje hacia el noroeste, pero no lo haría hasta que el cielo, nublado aquella noche, ocultara la radiante luz de las dos lunas que acaban de salir, que para muy mala suerte de Arden, parecían dos enormes ojos blancos que daban la impresión de buscarlo, y que sí llegaban a verlo, le delatarían sin la menor vacilación.

Así, mientras esperaba, estaba alerta y rogaba a la Luz que le concediera ligereza a su andar para no llamar la atención. Hacía tiempo que había abandonado Tirisfal cuando emprendió su cruzada, y no sabía sí las guardias de los Forsaken se habían mantenido igual o duplicado. No correría el riesgo, ni aunque estuviera en la Gracia de la Luz.

Las nubles oscuras, como borrones grisáceos sobre el cielo teñido de esmeralda, avanzaron con lentitud hasta cubrir la cara de la Dama Blanca, sumiendo el claro en tenues sombras. Solo faltaba el Niño Azul, y Arden podría moverse hasta el bosquecillo. El paladín descubrió que se sentía muy ansioso, casi desesperado por avanzar. Esto se debía a que extrañaba mucho a Eleska, su esposa, y no deseaba nada más en el mundo que volver a tomarla entre sus brazos y besarla una vez más.

Eleska…

Cuando los nubarrones oscuros arroparon al Niño Azul y el claro quedó, por fin, en total penumbra, Arden cogió las riendas de su caballo y salió de los arbustos, avanzando a través del claro con paso premeditado y muy alerta, pues no estaban muy lejos del camino principal, donde con seguridad se encontraban los vigilantes Forsaken. Al llegar al otro lado e internarse entre el bosquecillo, el paladín por fin pudo volver a montar.

Ya no quedaba casi nada para llegar a las Granjas Solliden, así que aquel trecho podría recorrerlo con facilidad al galope. Sí llegaba a encontrarse con algún perro demoniaco, algún murciélago gigante o peor, algún Forsaken haciendo su guardia, pues… que la Luz se apiadara de ellos, pensó Arden, espoleando a su corcel para emprender la marcha, ganando velocidad a medida que avanzaba.

Arden estaba ansioso por ver la expresión de Eleska cuando le viera. Iba a ser un poema, estaba más que seguro, y aunque con probabilidad le reprocharía el haberse ido, cambiaría de opinión cuando le dijera lo que tenía pensado hacer.

Nos marchamos, amor mío… abandonamos estas tierras para siempre.

El paladín, conforme cabalgaba a gran velocidad, miraba alrededor para asegurarse de que no le siguieran. Convencido de que no saldría nadie para detenerlo, bajó una pequeña cuesta hasta llegar a un camino empedrado, la ruta principal que daba hacia las granjas, pasando junto a un molino abandonado.

Eleska no abandonaría su hogar de buenas a primeras. Sí por algo se mantenía allí, era por la esperanza de que algún día Lordaeron sería recuperada, y sí así fuera, ella no tendría que recuperar su granja ni sus posesiones, pues ya estaría allí, feliz y aprovechando la oportunidad para apoyar a sus compatriotas en el esfuerzo de recuperación de la nación. Sin embargo, Arden estaba convencido de que su tierra natal, su amada patria, estaba más allá de ser recuperada. Cuanto tiempo había pasado desde la guerra ¿6? ¿7 años? Y las cosas seguían igual y con poca luz de cambio. Arden la había dejado para tomar los votos de paladín y así luchar contra el Azote en un intento de ayudar en el esfuerzo de guerra para recuperar sus tierras. Eleska no le apoyó de buen grado, pues ¿qué esposa quiere que su hombre vaya a luchar, sin saber sí regresará?, cuando él le convenció de su deber y se marchó, ella le había prometido que le esperaría todo lo que fuera necesario. Pero Arden, luego de cuatro años en las Tierras Plagadas, luchando sin resultado, comenzó a darse cuenta de que era una roca resistiéndose a una enorme marea que no iba a cambiar.

Lordaeron esta perdida…

Las granjas de Solliden comenzaron a verse conforme el camino se ensanchaba. Enormes graneros derruidos por el tiempo, campos trabajados con excesiva desesperación, y personas con los rostros llenos de desesperanza fueron el recibimiento que encontró Arden cuando llegó. Las cosas no iban a buen pie, comprendió el paladín, a medida que aminoraba el paso, mientras observaba las grandes calabazas que cubrían algunas porciones de la tierra labrada.

Arden pasó al trote junto a varios granjeros que lo miraban con renuencia y desconfianza. Otros, con sus rastrillos y palas, murmuraban apenas el paladín pasaba a su lado. Este último, por su parte, no esperaba ningún buen recibimiento. Sabía de antemano que muchos de ellos se habían aliado con los fanáticos de la Cruzada Escarlata, pues muchos rumores de esa noticia le habían llegado mientras erraba por las tierras plagadas. Esa también era una de las razones por las cuales quería sacar a Eleska de allí cuanto antes, y en su fuero interno, deseaba con fervor que Eleska no hubiese tomado la insensata decisión de apoyarles también.

Su granja no estaba muy lejos. Arden pudo verla en la distancia. Reconoció con nostalgia cada detalle de ella, y se vio nuevamente allí, arando el campo y disfrutando de la suave brisa de otoño, el calor de la primavera, y el frío del invierno, siempre con una sonrisa bajo la espesa barba blanca. Fueron buenos tiempos que quedarían solo en el recuerdo, se dijo Arden… Ahora solo debía ver al futuro de él y su mujer, para formar una familia en un sitio que no estuviera tan sumido en la desesperanza y el miedo.

Hillsbrad sería un buen sitio para volver a empezar. De eso estaba más que seguro.

Con estos pensamientos se apeó del corcel a pocos metros de la granja. Estaba tan ansioso que quiso correr para estar cuanto antes con Eleska. La había extrañado tanto, añorado sus besos, su piel tersa bajo su cuerpo… absolutamente todo, no había comprendido lo mucho que le hacía falta luego de tanto tiempo, y eso le hizo sentir que había sido un egoísta con ella.

Pero ya estas aquí, la Luz te mantuvo con vida para que pudieras volver a su lado.

El pensamiento le reconfortó, y dio gracias a la Luz por ello. Así que, dejando al corcel para que vagabundeara por sus tierras, Arden se encaminó hacia la puerta de su granja. Solo que, a medida que iba acortando la distancia, notó algo raro en el ambiente. Una discordancia sutil, pero que tenía implicaciones graves.

Las luces interiores de la granja estaban apagadas.

Quizá esta ausente, pensó Arden, con el corazón palpitándole con celeridad dentro del pecho. Mejor, así Eleska se llevaría una gran sorpresa cuando llegara. Apenas entrase y le viera creería que él era un fantasma, pero no… se daría cuenta de que era él en carne y hueso, lloraría, le golpearía para verificar si era cierto, y finalmente él la haría entrar en razón besándola… Por la Luz ¡como lo deseaba!

Pero cuando Arden abrió la puerta y encontró el sitio sumido en las sombras, algo en su interior hizo clic al percibir un olor a viejo y de abandono, junto a una sensación de larga ausencia. El viento se coló a través de la puerta conforme él permaneció en el umbral, tratando de asimilar las cosas.

“¿Eleska?” Dijo Arden, más como exclamación que como pregunta. No recibió respuesta. El paladín atravesó la estancia, las botas resonando pesadamente sobre la madera. Observó con detenimiento todo a su alrededor. Una fina película de polvo cubría todo, y había telarañas en los rincones y esquinas del lugar. En efecto, no había habido nadie allí en mucho tiempo.

¿Qué… qué sucedió?

“Eleska…” masculló Arden, tratando de disolver el nudo de dolor que se le formaba en la garganta. ¿Qué había pasado? ¿Por qué ella no se encontraba allí? Arden no quiso imaginarse lo peor, no quiso pensar en nada sobre su paradero, solo que alguien tenía que saber qué había ocurrido y, Luz bendita, saber cómo se encontraba.

Lleno de pavor y horror entremezclados, Arden salió de la granja y con presteza, decidió ir a ver al encargado de aquellas tierras. Solo el granjero Solliden tenía que saber lo que le había sucedido a su Eleska. Los granjeros que le vieron le indicaron donde se encontraba su capataz, por lo que Arden no tardó en estar frente a este en su propia granja, reclamando por el paradero de su esposa.

Solliden clavó el rastrillo en la tierra blanda y se quitó el sombrero –lo llevaba más que nada por gusto, ya que la noche apenas estaba empezando-, arrugándolo entre sus manos con pena. Arden se fijó en la expresión de su rostro cuando el granjero bajó la mirada, y comprendió con horror que su Eleska no se había ausentado…

“Temo darle estas funestas noticias lord,” comenzó el granjero Solliden, arrugando su sombrero de paja con nerviosismo y evitando mirar a la cara al paladín. “Pero la señora Eleska murió hace dos semanas.”

Arden sintió como sí le hubieran dado un mazazo de realidad.

“no… esto… es imposible…” dijo Arden aturdido, negándose a creer lo que había escuchado. ¿Eleska muerta? ¿Su Eleska? ¡Por la Luz no! “No puede ser posible…”

Solliden desvió la mirada, mientras que Arden retrocedía, incrédulo. ¿Cómo había sucedido? ¿Por qué habían permitido que su esposa muriera? Un montón de preguntas sin respuestas se arremolinaban en el interior de su mente, nublándole la razón. Arden se llevó una mano al rostro, acongojado… por un instante, Solliden quiso decirle que lo sentía, explicarle lo que sucedió… pero no alcanzó siquiera a hablar cuando Arden ya le estaba cogiendo de la camisa con brusquedad y lo atraía hacia si.

“¡Por los huesos de Archimonde! ¡¿Qué demonios le sucedió a mi esposa?!” rugió el paladín, lleno de súbita cólera. Los ojos le chispeaban por la furia de una manera tal que el granjero Solliden tuvo que apartar la vista de ellos. Era horrible verle a la cara a aquel servidor de la Luz.

“¡F-f-fueron los Forsaken!” balbuceó el granjero. “¡Fueron los despojos esos quienes lo hicieron!”

Una gran furia surgió del interior del paladín. Soltó al granjero con violencia, quien cayó al suelo de pompas emitiendo un quejido. Arden apretó los puños y luego se los llevó al rostro, conmocionado. ¿Los Forsaken? ¿Esos malditos sacos de huesos se habían llevado a su esposa? ¡Por la Luz Sagrada! ¡¿Cómo?!

“¡¿cómo sucedió!?” demandó el paladín hecho una furia, luciendo abominable ante el diminuto granjero acostado del suelo. Solliden trató de alejarse, pero en un parpadeo tuvo a Arden inclinado sobre si. No tuvo la fuerza de voluntad para seguir mirándole a la cara.

“vinieron a atacarnos… fueron demasiados” trató de explicar el granjero, cerrando los ojos y deseando que el paladín se fuera. Por un momento creyó que estaba frente a uno de los escarlatas que tanto apoyaba y temía al mismo tiempo, pues cuando entraban en cólera no había nada que pudiera detenerlos.

“¡¿cómo?!”

“¡fue en la noche!” escupió Solliden, demasiado asustado. “mataron a muchos mientras dormían, incluyendo a su esposa… ¡los Cruzados llegaron muy tarde! ¡Sí hubieran llegado antes quizá ahora viviera!”

Ante la crudeza de aquella verdad, Arden no pudo evitar que el odio y la furia terminaran de embargarlo. Un remolino de sentimientos contradictorios a sus convicciones y doctrinas luchaban por hacerse con él, dominarlo cuando él mismo tenía que mantenerlos a raya, sin embargo, tal era la sensación de perdida… de dolor y aflicción, que no hizo nada por evitarlo…

La furia surgió, y con ella un grito de cólera que hizo eco por la vastedad de aquella zona de granjas…

* * * * * *
El viento azotó el rostro de Arden conforme iba cabalgando con fiereza a través de los Claros de Tirisfal. No tomaba ninguna medida para pasar desapercibido, pues quería atraer al cuanto enemigo fuera posible. Ya no le importaba nada. Sin Eleska ¿qué sentido tenía vivir? ¿Cómo podría encontrar la felicidad que la Luz tanto predicaba sí la mujer que amaba estaba muerta? Esa y otras interrogantes pasaban con rapidez por la mente del caballero conforme seguía su cabalgata por los Claros.

Los granjeros de Solliden habían tratado de detenerlo, habían intentado hacerle entrar en razón, pero él no les había escuchado. Simple y llanamente había cogido a su fiel caballo y había partido en busca de cualquier Forsaken que se atravesase en su camino con el que pudiera descargar su sed de venganza y retribución.

Arden trajo hacia sí las riendas del corcel y este se detuvo, relinchando por la brusquedad. El caballero miró alrededor. Se encontraba en una encrucijada, rodeado por altas colinas boscosas. Había una señalización que indicaba la proximidad del pueblo “Deathknell”, las “granjas Solliden” y “Brill”. Este último era un pueblo que se encontraba al este de los Claros, donde era seguro que se encontraba un gran número de muertos vivientes. El paladín pensó en la osadía de ir hasta allá a atacarles, a pesar de estar más que convencido de que no tendría ni la más remota posibilidad de salir con vida, pero, al fin y al cabo ¿no era eso lo que buscaba? ¿Reunirse con Eleska bajo el seno de la Luz? Decidido entonces, Arden arreó al caballo y comenzó a cabalgar hacia el este, rumbo a Brill.

No pasaron ni cinco minutos cuando avistó a los primeros guardias de la muerte.

“¡La Luz condene a todos aquellos que abriguen el mal!” rugió el paladín mientras cabalgaba, martillo de guerra en mano. “¡Ahora mueran!”

Los guardias venían corriendo por el camino y eran cuatro. El primero, con los ojos refulgiendo bajo la capucha gris, desenvainó una cimitarra y se preparó para atacar a Arden a medida que este se acercaba para su embestida. No tuvo oportunidad. El martillo bendecido le golpeó directo en el rostro, partiéndole el cuello. El forsaken soltó la cimitarra, la cual repiqueteó en el suelo empedrado al mismo tiempo que el cadáver caía con un sonido apagado.

Arden siguió de largo, embistiendo con el corcel a los tres restantes antes de detenerse para volverse hacia ellos y reemprender otra carga. Sabía que esta vez no daría el efecto deseado, pues ellos ya estarían preparados, pero… ¿qué le importaba? Estaba bajo la Gracia Divina, y ya había enfrentado a mayor número de adversarios en el pasado.

“¡Malditos despojos, la Luz les purgará a todos!” vociferó Arden, alzando el martillo. El paladín no vaciló y reemprendió la carga. Pero esta vez uno de los guardias fue astuto y, agachándose para esquivar el mazazo que venía –y que su compañero no pudo esquivar- consiguió rebanar una de las patas del caballo, que emitió un aullido de dolor y se desplomó en el suelo, tirando a su jinete.

Arden tardó un poco en salir del aturdimiento de la caída. Escuchó la agonía del corcel y las risas de los muertos vivientes, sobre todo la del condenado que se vanagloriaba por haberle tumbado del caballo. ¡Hah! El descarado no sabía lo que le esperaba. Sí un caballero era temible montado, a pie era todavía más letal.

“¡Te haremos pagar por tu insolencia, paladín, nadie entra en las tierras de la Dama oscura y vive!” le dijo el Forsaken, con los ojos chispeando de malicia. A diferencia del resto, este llevaba indumentaria y capucha rojas. Seguro tenía un rango alto, quizá de la guardia real, a quién carajo le importaba. Todo lo que Arden quería era seguir batiéndose con ellos hasta morir.

El paladín se puso de pie, agarrando su martillo de guerra con fuerza entre los dedos. No se había percatado de que estaba sangrando, pues sintió la tibieza de la sangre bajándole desde la frente hasta la mejilla. “¿pues que están esperando?”

Capucha Roja rió con crueldad. “Los refuerzos.”

Y dicho esto, desde las colinas frondosas que rodeaban el camino empedrado comenzaron a descender varios guerreros forsaken con las armas en alto. Uno de ellos saltó sobre Arden e intentó rebanarlo con su arma, pero el paladín lo esquivó y le pateó en la espalda, haciéndole caer de boca en el suelo. Colocó la bota sobre su espalda y descargó un mazazo sobre su cráneo, el cual explotó como sí fuera una fruta podrida. Arden no sabía ya cuantos enemigos tenía a su alrededor, y poco le importaba. Lucharía y lucharía hasta acabar con el mayor número posible, con toda la furia que pudiera mientras que con ello pudiese aplacar aunque sea un poco la congoja que sentía por la perdida de su esposa.

Así siguió, descargando golpes refulgentes a sus enemigos y gritando el nombre de Eleska y la Luz cuando abatía a un forsaken, volviéndolo polvo. Capucha Roja masculló algo ininteligible a su subordinado y, acto seguido, este sacó una red. Quería mantenerlo vivo. Capucha Roja, por su lado, sacó su hacha y se lanzó a la batalla apartando a sus compañeros por parecerles inútiles.

Arden bloqueó el hachazo que bajaba hacia él con el mango del martillo, más no pudo evitar la patada que vino a su torso. El paladín cayó de bruces al suelo, rodando para esquivar los hachazos que subían y bajaban hacia él e un intento de morderlo.

“¡Ahora!” rugió Capucha Roja cuando vio su oportunidad. Arden no supo lo que sucedió después, solo que algo cayó sobre él y no pudo moverse con tanta facilidad. Sintió un fuerte dolor en la quijada, y con tremendo horror, descubrió que le habían echado una red encima y que le habían golpeado con el mango de un arma en la boca. Entonces, aturdido, pero con la testarudez del luchador que sigue peleando a pesar de saber que ha perdido, Arden siguió lanzando martillazos a diestra y siniestra buscando qué golpear.

Solo cuando recibió otro golpe directo en la cara, supo que todo había acabado…

Por fin había muerto…

Eleska… voy hacia ti…

Su mundo se volvió negro y los sonidos pronto se apagaron…

Pero no, no había muerto…

Había quedado inconciente.

* * * * * *
La risa de los forsaken fue lo que le despertó.

“…rá servir de algo, al menos.” Dijo uno de ellos, aunque Arden no supo donde estaba cuando abrió los ojos. Las sienes le palpitaban inmisericordes, señal de que le dolía mucho la cabeza. El paladín tardó en salir de su aturdimiento, y poco a poco fue dándose cuenta de donde estaba, y cual era su situación. “Miren… pero si ya despertó.”

Estaba en un claro. Y había sido capturado.

“La bella durmiente ha despertado.” Masculló uno de los despojos con aquella voz rasposa que los caracterizaba. Arden le vio sentado sobre un tronco, con los brazos apoyados de las rodillas. Su piel pálida estaba teñida de naranja a causa de la iluminación de las llamas de la fogata que estaba en el centro del campamento. Los ojos, como dos luces refulgentes. “Espero se encuentre cómodo.” Dijo con sarcasmo el forsaken, echándose a reír. Arden descubrió que era el de la Capucha Roja, el líder.

El paladín intentó incorporarse, pero le resultó difícil dado que se encontraba atado de brazos y pies. Desistió luego de varios intentos, pues aún seguía dolorido y medio mareado. La quijada le dolía todavía de forma inmisericorde. Los forsaken no hicieron más que reírse de su periplo, mientras seguían conversando en un idioma gutural que Arden no alcanzaba a comprender, aunque supuso que estarían hablando sobre qué hacer con él, pues no dejaban de dirigirle miradas una y otra vez.

Arden cerró los ojos y suspiró. Rogó a la Luz Sagrada para que hiciera lo que hiciera, se lo llevara de una vez bajo su seno. Porque sin Eleska ¿qué motivos tenía para vivir? Lo único que le impulsaba era un creciente odio hacia las criaturas que lo tenían prisionero. Arden, desde que había tomado los votos como paladín respondiendo al llamado de la Luz, comprendía que sentimientos como la ira y la venganza solo le conducirían al camino oscuro que había tomado Arthas, no obstante, cada vez que pensaba sobre ello, se daba cuenta de que el príncipe, con todo lo vil y maldito que ahora era, tenia razón en algo.

Los muertos vivientes tenían que ser purgados en su totalidad.

Los forsaken volvieron a reír, trayéndolo de nuevo a la realidad. Arden se fijo, en su precaria posición, que había unos 4 haciendo guardia, mientras que los otros se encargaban de asuntos banales. Capucha Roja se había tornado serio, como sí ahora sus asuntos fueran de mayor importancia y le exigieran una atención mayor.

Si, había que destruirlos en su totalidad, no importaba el costo o el método. Su mentor le habría reprochado una manera de pensar como aquella, pero lo más probable, se dio cuenta Arden, es que su mentor no habría pasado jamás por lo que él pasaba ahora. Y era así, Arden se dio cuenta de que veía las cosas con un poco más de claridad.

“Muy bien,” dijo Capucha Roja, poniéndose de pie. Se acercó hasta Arden y se inclinó sobre él. Este arrugó la nariz al percibir el hedor a podrido que desprendía la carne muerta del forsaken, pero se inmutó. Estaba acostumbrado. “te llevaremos a Brill, paladín… allí serás de utilidad a la causa de la Dama Oscura.”

“Sea lo que sea, no conseguirán doblegar mi voluntad, la Luz esta de mi parte. Y rueguen a su Reina que no consiga liberarme, porque descubrirán la furia Divina de la Luz sí llega a suceder.” Fue todo lo que dijo Arden, con gran convicción mientras le levantaban y le ponían de pie. Uno de los forsaken le golpeó el rostro, volviéndole a aturdir.

“¡Silencio!” dijo Capucha Roja. “Ya veremos cuanto resistirás a las torturas, no creo que tu Luz sea tan piadosa una vez empieces a cantar, gallito.”

Los forsaken apagaron la fogata.

No pasaron ni diez segundos cuando un ruido de espadas desenvainas resonó en el ambiente, seguido de varios gritos de guerra, y luego unas luces brillantes que solo podían ser el despliegue fervoroso de la Luz Sagrada.

“¡La Cruzada Escarlata purgará el mal de esta tierra!” gritó alguien entre la oscuridad. Los forsaken, confundidos ante este ataque sorpresa, no pudieron defenderse con precisión de sus atacantes. Arden se tumbó en el suelo rápido para no ser confundido con los forsaken, y aunque no veía casi nada, intuyó que los cruzados estaban dando buena cuenta de sus enemigos, porque el paladín no paraba de escuchar el “thump” y “thump” típico de los cuerpos cayendo abatidos.

Arden consiguió ver, gracias a los destellos de luz, a Capucha Roja mientras combatía contra uno de los cruzados. No luchaba mal, pues logró bloquear varias de las estocadas que su combatiente le lanzaba. Este, por su lado, era igual de bueno, pues alzaba el escudo apenas Capucha Roja hacía descender el hacha, y embestía con el mismo para ganar terreno. Capucha Roja recibió un contundente golpe de escudo en la mandíbula, para luego caer abatido. El cruzado había hecho refulgir su espada, y alzándola para terminar la lucha, rebanó al líder del grupo de forsaken, partiéndolo en dos como sí fuera un pedazo de mantequilla. El paladín maniatado sonrió ante el despliegue, satisfecho de ver a su captor volverse polvo y ser disperso por el viento.

Las espadas y los escudos entrechocaron unos segundos más y luego…

Terminaron.

Arden se volvió, todavía atado de brazos y piernas, para intentar ver a sus salvadores, pero bajo la espesa oscuridad nublada de aquella noche, lo único que consiguió ver fue siluetas moviéndose de un lado a otro. Escuchó el ocasional plañido de los que aún no habían sido abatidos, seguidos del golpe seco que terminaba con aquella agonía.

Entonces, con creciente horror, Arden supo que sino decía nada, moriría como los forsaken.

“¡Auxilio!” gritó Arden, moviéndose frenéticamente. “¡Por la Luz Sagrada ayúdenme!”

Alguien encendió una antorcha y se acercó hasta donde Arden se encontraba. El paladín se volvió para ver a un hombre ataviado con indumentarias carmesí. Un tabardo blanco, con una llama roja en el pecho, le dijo al caballero maniatado que aquel hombre era un Cruzado escarlata. Mantenía la antorcha en alto, y el rostro iluminado por la llama parecía más bien desconfiado de ver a Arden, más que de aliviado por hallarlo vivo.

“vaya, vaya…” dijo el Capitán Perrine. “Mira lo que hemos encontrado.”

Era el que había abatido a Capucha Roja.

Arden vio a otros escarlatas acercarse y rodearlo. Todavía llevaban las espadas y los martillos en las manos. Todos tenían la misma expresión… Desconfianza. Arden sabía que todos eran unos fanáticos cegados, que no dudarían en ensartarlo sí creían que estaba infectado. Y de repente, Arden comprendió que era eso lo que precisamente rondaba por sus cabezas.

“¿Qué hacemos con él, capitán?” preguntó uno de los subordinados.

Perrine le miró con fijeza, como decidiendo.

“Por favor, ayúdenme, os lo ruego en el nombre de la Luz.” Dijo el paladín, moviéndose para quedar boca arriba hacia ellos. “Soy Arden, paladín defensor de estas tierras bajo la gracia divina de la Luz. Estos forsaken me capturaron para no sé que viles propósitos usarme… os lo ruego, soltadme.”

“¡Miente capitán, seguro es un brujo forsaken que está disfrazado!” dijo uno de los escarlatas a Perrine, acercando de forma amenazadora su espada hacia Arden. Uno de los cruzados lo detuvo, mientras que el resto se debatía sí matarlo allí de una vez, o mantenerlo con vida.

“Quizá sea una trampa, seguro esos malditos esperaban que lo encontráramos, para así llevarlo con nosotros. Seguro esperando ganar nuestra confianza para luego matarnos mientras dormimos.” Dijo otro escarlata de forma entrecortada, y Arden comprendió que su paranoia rozaba ya lo inverosímil.

“No soy un espía, hermanos, os hablo con la verdad… soy un paladín, y estos forsaken me capturaron para no sé que planes.” Repitió Arden, bastante exasperado. ¿Acaso todo acabaría así? ¿Asesinado por sus propios compatriotas?

Los escarlatas alrededor del capitán Perrine comenzaron a murmurar, y una vez más, Arden comprendió que muy a pesar de sus palabras seguían desconfiando. El capitán se inclinó sobre él y le examinó, tomándole el rostro y mirándole las heridas. Cuando Perrine observó con fijeza a los ojos de Arden, este notó que buscaba cualquier señal que contradijera su relato.

Luego de un breve silencio, el capitán Perrine se puso de pie y dijo. “lo llevaremos con nosotros. Será puesto en cuarentena hasta que nuestros superiores verifiquen su historia.” Luego se alejó. Dos de los escarlatas, bastante molestos por la decisión de su capitán, lo levantaron y le quitaron la soga que le ataba los pies, para alivio de Arden, más no le desataron los brazos. Uno de los soldados preguntó al capitán qué hacer con los cuerpos abatidos de los forsaken.

“Cuélguenlos de los árboles y dejen una señal de que estuvimos aquí.” Fue todo lo que el capitán dijo, mientras se alejaba. Los escarlatas, raudos a obedecer sus ordenes, comenzaron a anudar sogas alrededor de los cuellos de los forsaken caídos, para luego colgarlos a las ramas de los árboles como sí estos fuesen sido ahorcados. Arden observó el ritual con morbosa fascinación, apenas descubriendo el placer que le causaba ver como los forsaken eran humillados de tal forma.

Uno de los cruzados se quitó su tabardo y lo lanzó al campo de batalla. Serviría como señal de que la Cruzada había estado allí y que había triunfado. A Arden le gustó la afrenta, y pronto se vio deseando en su fuero interno unirse a la causa de aquellos fanáticos conforme abandonaban el sitio.

* * * * * *
Una vez fue metido en la celda, Arden perdió toda noción del tiempo. No tenía ni la menor idea de cuantos días llevaba metido en el Monasterio Escarlata, por lo que no pudo llevar la cuenta del tiempo que había transcurrido desde que comenzó su cuarentena. De cualquier manera, le faltara poco, o mucho, no importaba, superaría la prueba con estoicismo y les demostraría que no estaba manchado con la marca del Azote…

Les demostraría que era puro.

Mi Fe es mi escudo, mi Fe es mi escudo…

Cada tanto tiempo entraba alguien a su celda para interrogarle. ¿Quién era? ¿Qué hacía? ¿Tenía tratos con los muertos vivientes? ¿Qué pensaba de las demás razas que no compartían su visión divina? ¡Toda clase de preguntas! Y a todas, Arden respondía con lucida fluidez. Había impresionado al inquisidor con su fuerza de voluntad, a pesar de que le había sometido a una serie de horribles torturas. Pero al final, le había demostrado que estaba limpio.

Mi Fe me arropa contra la oscuridad, mi Fe me arropa contra la oscuridad…

Luego de esos momentos, tenía un interminable período de autorreflexión. Se había dado cuenta de que la Luz todavía le necesitaba. Había descubierto en aquella cuarentena el camino a seguir. Estaba siendo puesto a prueba para un propósito mayor, uno todavía más grande que el impuesto el día que tomó sus votos como paladín de la Luz. La muerte de Eleska solo había servido para abrirle los ojos, quitarle la venda que le había cegado por tanto tiempo. Había respondido a un llamado para limpiar el mundo de la mancha del Azote, sin embargo, había luchado solo, errando por las tierras plagadas, sin la menor ayuda… como en una especie de peregrinación. Aquella no era la solución, sí de verdad esperaba cambiar el mundo con la tenacidad de su voluntad y fe, debía unirse a sus hermanos bajo la Luz para luchar contra los muertos vivientes a una escala mayor…

Debía unirse a la Cruzada Escarlata.

Mi Fe me dará las armas para luchar, mi Fe me dará las armas para luchar.

Eso es lo que la Luz quería… lo que Eleska quería.

El sonido de las cerraduras sacó a Arden de sus oraciones. Se puso de rodillas y apoyó las manos sobre estas, mientras se erguía frente a la puerta que poco a poco iba abriéndose ante él. La luz se abrió paso, brillante, purgadora, cegándolo por un momento, mientras que de ella surgía una figura ataviada de túnicas rojas.

Arden se cubrió los ojos, y tardó algunos segundos para poder habituarse a la claridad. La voz de su interrogador llegó clara y concisa, sin ninguna intención de seguir con el periplo que le había sido impuesto desde hacía quien sabe cuantos días. “mi muy estimado Arden,” comenzó el hombre de la túnica, acercándose al paladín y poniendo una mano sobre su hombro. “te tengo muy buenas noticias.”

“¿Puedo… salir?” preguntó Arden, inseguro. ¿Ya había terminado su cuarentena o… le venían a buscar para terminar con su sufrimiento?

“Así es, Arden. Acompáñame.” Dijo el hombre de las túnicas, volviéndose para salir. Por un momento, Arden pensó horrorizado que la puerta se cerraría para siempre. Pero no, en vez de eso, dos guardias aparecieron y le levantaron, sacándolo a la intemperie. Le ayudaron a sostenerse de pie hasta que el mismo pudiese hacerlo solo.

Había salido a una serie de pasillos, aunque Arden no tardó en escuchar el rumor de la naturaleza en la distancia. El hombre de las túnicas ya iba bastante lejos, por lo que Arden se apresuró a alcanzarlo. Cuando estuvo a su lado, y tratando de mantener su ritmo, el hombre que le había interrogado pasó a darle, primero que nada, una disculpa. “Siento mucho que te hayamos sometido a esta prueba tan dura, Arden, pero como verás… nuestra organización podría correr el riesgo de que alguien se infiltrase y nos saboteara desde dentro. Todo nuevo miembro es sometido a esta prueba dura, y aquellos que la superan son bienvenidos a nuestras filas con honores, como has de comprobar ahora.”

Arden asintió, todavía aturdido. A su alrededor había mucho ajetreo; otros hombres con túnicas, guerreros llevando armamento, clérigos discutiendo. El pasillo por el que iban giraba a la derecha, y luego de dar otra serie de vueltas, Arden se encontró entrando en una habitación alfombrada y cómoda, donde le esperaba un sillón junto con algo de comida y agua. Había un escritorio lleno de papeles y frascos con tinta, así como una enorme librería por toda la extensión de pared. El hombre de las túnicas tomó asiento al otro lado de su escritorio y ofreció la comida a Arden, quien, lo más educado que pudo, comenzó a comer con fruición, tratando de no llegar al desespero.

“no te atragantes,” le aconsejó el hombre de la túnica. “Espero la disfrutes, la hemos cultivado en nuestros propios jardines. Un trabajo bastante arduo, tomando en cuenta que no hay muchas tierras que estén a salvo de la mancha del Azote.”

Arden tragó y bebió hasta saciarse. El hombre de la túnica esperó con paciencia hasta que el paladín acabó. Parecía que no hubiera comido bien en mucho tiempo, como así era. Arden se fijo en la sonrisa de tiburón que tenía el hombre de la túnica, y se dio cuenta de que no sabía su nombre.

“mis disculpas…” dijo el paladín, satisfecho y un poco apenado. El hombre de la túnica hizo ademán de que no se preocupara, y volvió a sonreír.

“Eres mi huésped, Arden. Disfrútalo mientras puedas.”

“os lo agradezco.”

“mi nombre es Langdren, Arden, es un placer tenerte con nosotros, nuevamente, os pido disculpas por el trato por el que os hemos hecho pasar.” Se excusó Langdren. Arden asintió, aunque en su fuero interno sabía que todo aquello era una pantomima. Por muy agradecido que estuviera con Langdren por haberle sacado, sabía que solo estaba actuando. No creía que los Escarlatas se disculpasen a menudo por los rigurosos procedimientos que usaban para reclutar a la gente.

“Descuide, yo hubiera hecho lo mismo sí se me hubiera presentado la oportunidad.” Dijo Arden, irguiéndose.

“Esperamos que así sea, Arden, y esperamos que comparta nuestra visión Divina sobre lo que tiene que hacerse con respecto al mundo y la corrupción que lo mancha. No quisiéramos desperdiciar su talento, y menos aún dada la situación de nuestra causa.”

Arden asintió, conocedor del asunto. La Cruzada había sido diezmada no hacía mucho, pues Tyr’s Hand se había perdido en uno de los ataques del Azote. Por otro lado, por supuesto que compartía su visión con ellos. Su cuarentena no había hecho más que reafirmar esa realidad.

“Por supuesto. Si de algo sirvió mi cautiverio fue para darme cuenta de que la Luz me tenía reservado este camino.” Dijo Arden con una convicción que a Langdren le hizo sonreír. “Y este camino me conduce a unirme a la Cruzada para purificar este mundo del mal, con los métodos que sean necesarios, y del modo que sea, como sea.”

“Su convicción me conmueve, Arden, y me enardece también. Es esa la clase de espíritu que buscamos en nuestra organización. La Luz Sagrada nos ha elegido para hacer la tarea sucia que el resto del mundo no quiere hacer. Nos verán mal por ello, pero no por eso nos detendremos, Arden… debemos alimentarnos de ello para continuar luchando, esa es nuestra causa.”

Arden volvió a asentir. Solo en la Cruzada Escarlata, se dio cuenta el paladín, podría esparcir la justa retribución de la Luz sobre los forsaken y demás muertos vivientes. Todos ellos pagarían, incluso aquellos que se interpusiesen en su camino, por la muerte de Eleska. Era una cruzada personal que no acabaría, pero que Arden estaba seguro, llevaría a cabo con sumo placer.

La Luz proveerá la tenacidad para seguir adelante.

Así, Arden y Langdren continuaron conversando durante toda la tarde y hasta bien entrada la noche. Cuando Langdren no tuvo la menor duda de la entrega de su nuevo adepto, le indicó que la ceremonia de su iniciación se celebraría mañana por la noche. Arden estuvo de acuerdo, y fue guiado a sus aposentos dentro del Monasterio para que pudiera descansar.

“descansa, hermano Arden, mañana será un día arduo.” Le dijo Langdren, despidiéndose de él y alejándose por el pasillo. Arden le vio marcharse hasta que se internó dentro de su habitación. Una vez solo, encendió varias velas y se recostó sobre su camastro, quedándose dormido profundamente.

* * * * * *
“Es hora, Arden.” Le dijo Langdren al día siguiente, minutos antes de su ceremonia. Arden asintió, pidiendo unos minutos más para prepararse. El sacerdote se retiró hacia la sala principal de la Catedral, dejando al nuevo iniciado solo con sus pensamientos.

Rodeado por un montón de candelabros encendidos y viéndose ataviado con una armadura carmesí, al igual que un tabardo blanco con la llama roja de la Cruzada, Arden no pudo evitar sentirse nervioso por aquel honor. Le habían dicho que la ceremonia era ligeramente parecida a la de inducción a la Mano de Plata, pero más breve. Arden sabía que sí había una gran diferencia, pues si en una tenías esa duda de ser digno o no de ser bendecido por la Luz, en esta dudabas sí el camino que estabas tomando era el correcto.

No pienses así… es un gran honor el que estas recibiendo…

Era por lo que estaba allí ¿no era así? ¡Sí!, se dijo Arden con convicción, tratando de despejar cualquier duda, por muy difícil que fuera. Sí no hubiese sido por los extraños sueños que tuvo la noche anterior, quizá ahora fuera al altar con mejor predisposición…

Pero sus sueños no habían sido normales.

Arden miró sus manos enguantadas un instante, recordando. En su sueño luchaba contra los muertos vivientes para salvar a Eleska. Luchaba con fervor y con furia sagrada, abriéndose paso entre sus enemigos para salvar a su esposa. Al final, Eleska sobrevivía. Arden lloraba de alegría por haberlo conseguido. Usaba la Luz para curar las leves heridas que ella tenía, regocijándose por estar a su lado al fin. No obstante, Eleska le había señalado y dicho… “tus manos” Desconcertado, Arden miraba sus manos… y he aquí que estas estaban teñidas de sangre. Entonces un profundo dolor le recorría el cuerpo, frío como el acero. Eleska le indicaba que usase la Luz para curarse, para cerrar sus heridas… pero cuando Arden recitaba las palabras, la Luz no le respondía…

Había podido masacrar a los muertos vivientes con la Luz, curar a Eleska con ella…

Pero no podía curarse a si mismo.

Había despertado horrorizado, y lo creyó una mala señal, sin embargo, a lo largo del día y hasta ese momento, trató de convencerse de que hacía lo correcto, que aquello solo había sido un sueño nada más. Entonces, más calmado, Arden suspiró y se ajustó el cinturón para salir.

“ya es hora.”

* * * * * *
Los susurros de un montón de cruzados le llegaron desde el gran vestíbulo de la catedral. Todos le observaban de forma solemne, mientras que el sacerdote Langdren, de pie en el altar, recitaba las oraciones correspondientes a su iniciación. Arden yacía de rodillas bajo el fulgor de las velas encendidas, esperando con paciencia.

“En la Luz nos reunimos para otorgar a nuestro hermano. En su Gracia, el renacerá. En su Poder, el educará a las masas. En su Fuerza, él combatirá a la Sombra. En su Sabiduría, el guiará a sus hermanos a las eternas promesas del Paraíso.” Dijo Langdren con tono ceremonial desde el altar. Se apartó de este y, llevando una estola azulada en ambas manos, se acercó hasta Arden, quien seguía de rodillas.

El paladín iniciado observó otro par de botar rojas acercarse hacia él. Se fijo que, imponente sobre él, estaba el Gran Cruzado Saiden Dathrohan, a quien Langdren le entregaba la estola para que la colocase alrededor del cuello de Arden. “Gran Cruzado Dathrohan, sí considera a este hombre digno, ponga sus bendiciones sobre él.”

El Gran Cruzado tomó la estola y, mientras rodeaba el cuello de Arden con ella, decía. “Por la Gracia de la Luz, que tus hermanos puedan ser curados. Por la Fuerza de la Luz, que tus enemigos sean deshechos.”

Una vez terminado de colocar la estola, el gran Cruzado se apartó de Arden, quien no podía sino más que sentirse lleno de orgullo. El propio Saiden Dathrohan le había iniciado. El viejo paladín había sido uno de los fundadores de la Mano de Plata, y uno muy reverenciado. Arden no sabía como describir la gran sensación de felicidad que sentía.

“Levántate y se reconocido, Arden.” Dijo Langdren. Arden obedeció. Se puso de pie.

“tú, Arden ¿juras mantener los códigos y Honor de la Cruzada Escarlata, y limpiar el mundo de la corrupción dondequiera que esta se encuentre?” le preguntó Langdren.

“lo juro.”

Langdren sonrió. “¡Entonces, únanse a mi, hermanos, para darle la bienvenida a Arden a las filas de la CRUZADA ESCARLATA!”

Sellados sus votos, la asamblea rompió en vítores y aplausos, celebrando la llegada de un nuevo miembro a sus filas. Arden agradeció los aplausos con humildad y en silencio. Dentro de si no había más que el orgullo y una determinación de que justo en aquel momento, su cruzada vengativa contra la corrupción del mundo no había hecho más que empezar.

 Para otorgar puntos debes Iniciar sesión
Usuario:
Contraseña:
 
 Recordarme
 Olvidaste tu contraseña?
 Registrate >>
    Votos: 1
| Puntos: 4




Enviar comentario

mensaje
Para poder enviar tu comentario primero debes estar registrado e Iniciar sesión
Usuario:
Contraseña:
 
 Recordarme
 Olvidaste tu contraseña?
 Registrate >>
Mensaje:     
Por favor ingrese los números de la imágen inferior (*):

Visual CAPTCHA

 
 


Volver Volver | Subir Subir | Imprimir escrito [Imprimir] | Enviar por e-mail [Enviar por email]

Autor
avatar
  • Luis22  bandera
  • Offline Hombre 
  • 9
    Publicaciones
  • 161
    Puntos
  • 1
    Comentarios



Condiciones de Uso y Publicación
 

ENCUÉNTRANOS     CONTÁCTANOS 

El uso de este sitio web implica la aceptacion de las Condiciones de uso y publicacion de Tuloescribes.com
www.soyaustral.com

Copyright © 2017 – Todos los derechos reservados - Sitio auditado por Google Analytics

diseño de sitios web autoadministrables y responsivos: useweb