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Lunes 23 de Abril de 2018

El Moribundo

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Categoría: Microrrelatos | Fecha: 01/10/2010
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De la colección dedicada a “La luz de la abeja reina”.

I.

El moribundo.

Demasiadas nubes, demasiadas lágrimas por caer. Ésta noche será silenciosa si no llueve otra vez. Espero, voy, camino, recorro mi destino. No caigo, no hablo, no pienso, no existo. Te vi pasar por mis recuerdos y no te acordaste de mí. El espejo estuvo dándome penas toda la tarde y la soledad elabora sus cinceles que dolerán. Al parecer todo está preparado para marcharse. Un viento salino muge su canción de hojalata. Espero tu llegada. Apenas te detendrás para escucharme, lo sé. Fingiré alegrías y soñaré despierto.

Nada sucedió porque la brisa cálida de tu presencia ha pasado lejana a mi buhardilla, aunque las huellas que dejó me incitan a seguirte.

Te digo: “Tu miel se agota hoy y el dulzor mañana no bastará.”

Tú dices nada y te vas.

Luego…

La tristeza viene a acariciarme con su áspera seda y entonces duermo con las muletas que tus ojos me prestaron. Busco, indago, me esfuerzo, me prometo a mí mismo, soy feliz por momentos. Y tu sol sigue allí justo donde lo dejaste ayer. Nada cambia. Me agoto, desespero, corro a tientas, pateo mi destino, todo por escapar de lo único que estoy seguro que siento: muerte. Luego el optimismo viene a tejer su pullover de lana para el invierno en mi alma, nada cambia otra vez, el frío está instalado hasta los huesos. El musgo denso de las piedras ha enmohecido mis más puros anhelos y el impávido fondo de la nevisca suave ha escarchado mi calma.

Te digo: “Tu mirada me da calor”.

Tú dices nada y te vas.

Un rato antes…

Nada de lo que he sufrido lo sufriré. He cambiado. Sueño, pienso, amo, envejezco, lloro por dentro. Me voy entremezclando con la gramilla y el asbesto. El fulgor de tu mirada entibió el aire que generó otro viento y la arena que a mi puerta trajo me bosquejó un desierto. Sentí miedo. Me recluí en las madrigueras del mundo para no verte. Extrañé a mi madre, la abracé en mis recuerdos. Me sentí lleno de ella.

Fabriqué una rosa de papel y te la envié, sólo por modestia. Esperé a que un par de grillos me telegrafiaran tu respuesta. Nada aconteció.

Te digo: “Yo sé lo que es el dolor”.

Tú dices nada y te vas.

Más tarde…

Ya vencido, sanguinolento, dolido hasta lo inconsciente, pienso en la pena que doy por no ser de tu vida. Un grano de sal pesa más en tu alma que yo. No tengo nada para darte, mas todo lo que brilla nunca será suficiente. Entonces arrojo mis sueños puros en una cohorte de amargas melancolías. Millones de hormigas vienen por mis esperanzas, se las llevan de a una. Las dejo irse sin moverme. No tengo fuerzas, no peleo, no defiendo, no ataco. Estoy vencido. Me cubro con mi frazada espiritual por si acaso las gentes vengan con su frío material. Para cuando acaben de visitarme el hedor estercolero de la angustia se habrá adueñado de mí.

Te grito: “¡Nada de lo que hago te es útil!”.

Tú dices nada y te vas.

Desesperanzado…

Ya estoy casi muerto y con el último aliento miro el cielo para encontrarte, pero las nubes que al principio amenazantes cubrían tu paño azul de estrellas, ahora se ríen a carcajadas de mí. Me harto, me enojo, no lo soporto, mi furia es un tren que mata gente. Voy destruyendo todos los gigantes prejuicios. Gritando y envenenado de asco cruzo un río que lleva paz. Me quedo quieto, dejo de correr. Alelado, soporífero, sin más que misterios, me detengo, observo. Algo de lejos me lleva a pensar que el horror ha pasado. Entonces llego. El lugar parece hermoso. Estoy en tu pradera, en tu morada, en tu asilo del alma. Aquí estas por fin.

Te digo: “¿Qué hago ahora?”

Tú dices nada mientras una flor busca el rocío en tus sienes. Pareces distraída, (te ves radiante), pero no confundida. Tu pelo no ha hecho más que servirle al viento de guía. Tu piel brilla tanto como el sol. Cegado estoy de belleza. Una miríada de flores silvestres se acerca a beber de tus manos, se ven felices, parecen satisfechas. Te ves quieta, mas todo el paisaje alrededor gira en torno tuyo. Una, dos, tres… abejas buscando polen en tus pestañas, se ven cansadas. Y el humectar de tu alma las sacia de agua. Estoy parado allí como si no existiera. Me lleno de tu paisaje. Trato de buscar una vertiente, tengo sed. Levantas tu mirada para encontrarme.

Sonríes. Nada más tu sonríes. Y yo… ya no me siento morir.

29/09/10 para N.B.

Valentín Muñoz

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avatarMafaldo bandera - Fecha: 22/03/2011, 13:54 hsme gusta (262)   no me gusta (255)

Valentin, la verdad que me has dejado pasmado, una exquisitez tus descripciones, completamente dedicadas y se siente al pasar con el ojo en cada una de tus letras el latir fuerte del corazón. Te dejo +5 puntos, ojala puede leerte próximamente.


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