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por: autor palabra
Domingo 22 de Octubre de 2017

Llegó de madrugada

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Categoría: Crónicas | Fecha: 22/12/2014
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El agua vino de madrugada, sin aviso, sin ruido ni pompas previas. Los habitantes de La Plata que estaban en las calles por esas horas, vieron que la lluvia era por demás intensa, pero no se preocuparon hasta pasada una hora cuándo ya era tarde y no se podía huir. La mayoría de la gente, los que estaban durmiendo, tuvieron un violento despertar, pues una vez que el agua caída llenó las calles, avanzó sobre las veredas, trepó hasta los quicios, y se coló por debajo de las puertas. Apenas habían pasado 50 minutos desde que había caído la primera gota.
En algunos casos, alguno de los habitantes de la casa trató infructuosamente de frenar el ingreso poniendo trapos debajo de las puertas; en otros, optaron por poner maderitas en las patas de las heladeras, o levantar el CPU de la PC poniéndolo encima de un libraco. Nada de eso funcionó.
El líquido mugriento, pasó de las veredas a los zaguanes, de estos a las cocinas, a los comedores, a los dormitorios, trepó las patas de las mesas, mordió la ropa de los chicos, sus juguetes, contaminó los bajomesadas, llenó los inodoros de barro, y colmó las ollas vacías de un barro pestilente.
Las calles fueron ríos, y no es una metáfora, pues cuándo una masa de agua es encauzada por barrancas de hierro y cemento, y corre arrastrando hojarasca, ramas, bolsas de residuos llenas, autos y los lleva cientos de metros cuesta abajo; entonces ¡efectivamente estamos ante un río! El problema fue que hubo muchos ríos, casi uno por cada calle, levantando las sempiternas baldosas flojas de las veredas platenses, profundizando baches, y socavando algún que otro pozo mal tapado.
En su loca carrera, algún auto quedó trabado en el espacio que quedaba entre una construcción y un árbol, y se transformó en un pequeño dique, al que se le fueron agregando desperdicios varios y los pocos agujeros, por dónde el agua pasaba con furia, fueron tapados de a uno, entonces el agua debía sortearlo para pasar, aumentando su velocidad en ese acto, y su furia. Al final el árbol no aguantó y cedió ante la fuerza de topadora que le hacía el agua a través del automóvil. Las raíces, acostumbradas al agua cercana, a la abundancia de humedad no estaban desarrolladas en profundidad, y eso marcó su final. Entonces, a todo lo anterior que flotaba y rompía a su paso, debemos agregarle el árbol, que ahora estaba trabado entre un colectivo y un banco de vereda, para volver empezar.
Las bocas de tormenta no dieron abasto. Rápidamente se atragantaron de líquido, de hojas y de basura. Pero el agua era tanta que las volvía a destapar, de puro furiosa nomás, y volvían a tragar, para iniciar un nuevo ciclo.
Plaza Malvinas, allí dónde una vez estuvo el Regimiento 7 de Infantería, ese mismo que pisó suelo malvinense el 4 de Abril de 1982, justamente en esa plaza, esta madrugada del 3 de Abril de 2013, se juntó tanta agua que pronto pareció un lago. La corriente bajaba por 54, y también por 51, desde el otro lado se llenaba por 19, y una vida desapareció en ese lugar. Un remolino voraz bastó para hacer perder el equilibrio a una chica que a duras penas se agarraba de un plátano, y la arrastró hasta una de las bocas de tormenta que está sobre calle 19.
La lluvia no paraba y mantenía su intensidad desde hacía casi dos horas.
El caos llegó con el corte de la electricidad en toda la ciudad. El terror fue supremo y una sensación de muerte se apoderó de los habitantes atrapados en sus casas. Ni hablar de aquellos a los que la tormenta los había sorprendido en tránsito y debieron refugiarse en el primer lugar que encontraron. Como la mujer que se mantenía abrazada a la reja de una casa abandonada, en 38, entre 7 y 8, quién se encontraba con su hijo en el auto al inicio de la lluvia, y se quedó en el interior del vehículo mientras el agua subía, esperando que todo terminara pronto y bien, como siempre terminan las tormentas en La Plata. Fue su hijo, de 12 años, quien le había salvado la vida, pues apenas el agua amagó con ingresar al vehículo, comenzó a desesperarse y eso movilizó a su madre para que despertara del letargo y decidiera salir lo mas rápido que podían hacia la vereda. Una vez allí, con el agua a las rodillas y subiendo, y tras una caída de la mujer a causa de un tropiezo, se refugiaron en la entrada de una casa que tenía una reja y una puerta, también de rejas, abierta. No habían hecho mas que llegar a ese lugar, cuando vieron que el auto pasaba por delante de ellos, empujado por una pared de agua que bajaba desde calle 8. Transcurrida una hora y treinta y tres minutos desde aquel momento, se sentían uno al lado del otro, empapados, con mucho frío, sin saber qué había pasado y ahora con el terror de la oscuridad casi total.
En los noticieros de todo el país ya se hablaba del desastre, pero eran pocos los que se enteraban de ello, pues ya eran mas de las tres de la mañana. Los micros que llegaban desde el interior del país, con estudiantes rezagados en su regreso luego de la semana santa, se encaminaban hacia una trampa.
Fabiana y Miguel, con sus dos chicos estaban regresando desde 25 de Mayo. Desde el cruce de Etcheverry en adelante veían cada vez mas agua. La entrada por 44 se tornaba complicada y a la altura de 145 decidieron desviarse hacia la derecha, en busca de zonas mas altas y de paso acercarse a su barrio. Lograron llegar hasta 132 y 55, o sea que del otro lado ya estaba la Avenida de Circunvalación, pero 132 recibía agua desde el Oeste y se llenaba rápidamente, tanto que las luces del auto se sumergían en los badenes de las esquinas. Subieron el paso a nivel de 58 y cuándo se disponían a bajarlo, para ingresar en 31 un espectáculo dantesco los paralizó, pues la inmensa avenida era ahora un cementerio de coches y ramas, surcado por agua que, a juzgar por lo que se alcanzaba a ver de los autos, superaba el metro y medio de profundidad. Miguel puso la marcha atrás, verificó que los chicos siguieran dormidos y tomó una gran decisión. Quedarse sobre las vías. En algún momento esto iba a parar.
Cuándo la luz desapareció, muchos desesperaron, pues estamos acostumbrados a las tragedias bien iluminadas, esas terribles calamidades bien enfocadas por eficientes técnicos holywoodenses. Estas tragedias, las reales, suceden a oscuras y los gritos que se alcanzan a oír por sobre el ruido del agua carecen de efectos sonoros pero hielan la sangre y hacen que una especie de electricidad recorra la parte superior de la columna y la nuca.
Rodolfo estuvo colocando cosas arriba del placard y de los sillones desde que el agua empezó a ingresar por debajo de la puerta. A lo que estaba en los sillones ya era necesario buscarle un nuevo lugar, mas alto. Cuándo se cortó la luz, se derrumbó y sus casi 70 años le cayeron de golpe sobre las espaldas. Se sintió solo, total y absolutamente solo. Pensó que ni siquiera se podía sentar mientras esperaba a la Parca, pues todo, hasta la altura de su cintura se hallaba bajo del agua. Sus fuerzas desaparecieron y bajó los brazos.
Los ladridos agudos de su caniche toy, lo hicieron volver en si, y se dio cuenta de que la pobre perra seguía donde la había puesto, arriba de la repisa del living, incapaz de bajarse por sus medios. Entonces se encendió una pequeña llama de motivación y Rodolfo, a tientas recorrió de memoria su departamento en busca de su mascota. Alcanzó a recoger, de pasada, un encendedor de la parte superior de la alacena y con esa ayuda llegó hasta la repisa, que temblaba al compás del rabo de la desesperada caniche. La abrazó y decidió salir a la calle en busca de ayuda.
Al principio no podía sacar las dos vueltas de llave a la puerta, y no sabía el por qué, hasta que se dio cuenta de que había una presión externa que pugnaba por sacar la puerta de su marco. Hizo un esfuerzo y al terminar la segunda vuelta de la llave, la puerta se abrió de golpe, empujada por la fuerza del agua. Por suerte el interior del departamento estaba con mas de un metro de agua y esto impidió que la apertura fuera con violencia. Pero la ola que entró hizo tambalear a Rodolfo que tenía a la perra en un brazo y la llave en la otra mano. Afuera la oscuridad era total, y la salida del departamento se le antojaba como un salto al vacío. Algo de eso hubo, porque el escalón que elevaba su casa esos 25 cm por encima de la vereda, produjeron un efecto similar al salto en el pobre hombre. El agua que le llegaba al pecho, y la lluvia intensa que caía sobre su rostro daban una sensación de ahogo inminente. La desesperación y el miedo hacían el resto.
A tientas, apoyando su espalda contra la pared, se fue deslizando en dirección a la esquina de 55, recorrió la ochava y al entrar en 55 tuvo que forzar sus piernas para que el agua que bajaba no lo arrastrara en dirección a 19. Su memoria y quizá el espíritu de supervivencia le permitieron llegar hasta la entrada del edificio que se ubica a 20 m de la esquina. Pudo subir los 3 escalones de la entrada y no se animó a seguir, pues desconocía que podía encontrar, es mas, hasta dudaba de que le hubiera acertado a la entrada. Entonces decidió que debía gritar, pero la garganta estaba seca, como cerrada, como aletargada, como a la espera de que otras partes del cuerpo mas necesarias hasta entonces, fueran las beneficiarias de las fuerzas en disminución. Pero ahora era su momento y un grito salió, al principio como un aullido, pero pronto se transformó en una verdadero grito pidiendo por ayuda.
Una luz apareció desde el interior, al principio fue un reflejo, pero rápidamente se transformó en una brillante luz que dejaba ver el pallier del edificio, la puerta de vidrio rota en mil pedazos por la fuerza del agua, y al fondo las escaleras, dónde un muchacho de unos 20 años se esforzaba por ver hacia dónde Rodolfo se encontraba.
El muchacho bajó del todo las escaleras, se metió en el agua, que ahí tenía unos 50 cm y acompañó al viejo hacia arriba.
En el interior del departamento había un gran desorden, pues había mucha gente. Gracias a las dos o tres luces de emergencia, Rodolfo pudo ver que mucha gente en ropa de cama se encontraba sentada en todos los rincones. Lo hicieron sentar, lo taparon con una cobija, le arrimaron una taza de caldo y cuándo el calor fue ganando su cuerpo, se largó a llorar.
Los moradores del departamento, unos estudiantes de Tapalqué, habían ayudado a sus vecinos de la planta baja, y uno de ellos había cruzado la calle para traer a la viejita que vivía en la casa de enfrente, la que se encontraba sentada en una cama turca, tapada con una frazada y terminando su taza de caldo caliente. Hasta hacía dos horas, solo eran, en el mejor de los casos, caras conocidas; ahora todos se abrazaban y daban palabras de aliento y agradecimiento. Nada volvería a ser igual desde entonces, ni para Rodolfo, ni para la viejita, ni para los chicos de Tapalqué, ni para los habitantes de La Plata.

El amanecer llegó y con él las miserias quedaron expuestas. El agua empezó a bajar con las primeras luces y los aún shockeados platenses se animaron a salir de sus casas, para encontrarse con el horror. En realidad el horror había empezado a las 2 de la mañana, pero solo ahora empezaban a tener nociones de su dimensión. En los lugares mas altos, el agua apenas había llegado a 15 cm sobre la calzada, en los que eran un poco mas bajos, la línea de mugre estaba a 80 cm de altura sobre las paredes de las casas, y en determinados focos puntuales, aún había, con las primeras luces del día, 1.8 m y a veces mas también. Los habitantes de Ringuelet y Tolosa recibieron un durísimo golpe, y la parte ubicada al NO de la calle 42, desde 1 a 31 también. Luego, repartidos por toda la ciudad, había focos de 2 ó 3 manzanas, a veces mas, con evidentes signos de haber sido golpeada por las aguas correntosas o por su embalse. Y aparecieron las primeras noticias: muertos, había muertos. El mismo Gobernador habló, de entrada, de “por lo menos” 25 vidas perdidas.
Cuándo el país se despertó con la noticia, cuándo los medios comenzaron a divulgar el desastre arrancaron las primeras definiciones. No hubo contención de ninguna oficina estatal. La asistencia empezó a llegar, desordenadamente, anárquicamente y sin nociones de medida, hacia mediados de la mañana. Resulta obvio que nadie estaba preparado para que La Plata sufriera un desastre. Ningún asesor, ni asesor de asesores, tuvo la inteligencia para preveer un plan de contingencia para hacer frente a una catástrofe; o si lo previeron se encontraba en el cajón de algún funcionario, a la espera de quién sabe qué. Lo evidente era que nadie tomó la posta del problema.
Fueron los vecinos los que arrancaron con asistencia, de puro metidos nomás, de puro solidarios nomás, de puro argentinos nomás. Fueron los vecinos de las partes mas altas los que ayudaron a sacar las cosas empapadas del interior de las viviendas roñosas. Primero los muebles, luego la ropa sobre los muebles, luego los colchones chorreantes, y por último el barro, paladas de barro oloroso, que iban a parar a las calles lavadas por la corriente.
Las noticias hablaban de 320 mm en 2 horas 45 minutos. Una enormidad, es cierto. Una cantidad de agua que ninguna ciudad está preparada para recibir, pero eso no elimina la necesidad de un plan de emergencia, por parte de las oficinas que corresponde. Las noticias ya hablaban de no menos de 50 muertos.
A medida de que el día avanzaba se consolidaba la posición de los vecinos como ayuda. Aunque en Tolosa y Ringuelet ni siquiera eso alcanzaba porque la destrucción era enorme.
En el resto de la ciudad el panorama era desolador, quizá no tanto por la destrucción, sino por lo evidente que era el desamparo en el que había estado toda esa gente, durante la tormenta.

Ya por la tarde la gente había separado, con rostros arrasado en lágrimas, lo que decidían guardar y lo que debían tirar. La noche llegaría y con ella la necesidad de guardar lo que se pudo rescatar.
Los estudiantes perdieron sus colchones flacos y sus apuntes, y los oficinistas tuvieron que tirar los sommiers ennegrecidos y los plasmas, tanto es así que al anochecer, con las primeras luces del alumbrado público, parecía que todos habían decidido irse y estaban a la espera del camión de mudanzas.
Los cartoneros de parabienes. Nunca en sus vidas imaginaron semejante abundancia y los carritos, acostumbrados al acarreo de cajas prolijamente dobladas, llevaban sillones y estanterías que habían sido descartados por sus dueños, pero que aún podían prestar algún servicio. En los 4 días que siguieron al desastre, los cartoneros fueron una verdadera cadena de manos que, permiso mediante, sacaba trastos de casas afectadas y los trasladaban a los barrios perimetrales que no habían sufrido daños.
A la mañana del 4 de Abril la Municipalidad empezó a hacerse presente con camiones de limpieza, reparto de agua mineral y bolsas de residuos. Y también empezaron las fotos y las peleas políticas, pues muchos funcionarios precavidos salieron a dar una mano . . . casualmente dónde mas cámaras de TV había.
La Gobernación apuraba los repartos de agua, en camiones bien identificados, y el Ejecutivo Nacional daba vueltas y vueltas mostrando presencia. Lástima que el reloj de todos ellos atrasaba 40 horas.
En cambio el Pueblo, ese maravilloso Pueblo, tuvo un comportamiento diferente. En realidad no fue diferente al que tiene cada vez que una desastre pega en alguna provincia, sino que fue diferente al de los que debían hacer algo y no lo hicieron; o lo hicieron 40 horas después. Algunas ONG, sacaron a sus voluntarios a la calle, y los movilizaron. Flor y sus hermanas, estudiantes las tres, recibieron la visita de por lo menos 15 chicos y chicas compañeros de la ONG “Un Techo para mi País” que las querían llevar a dormir a sus casas, pues Flor había perdido casi todo, y ni sábanas limpias le quedaban, mientras Micaela lloraba desconsoladamente pues sus apuntes prolijamente ordenados eran una masa de papel mugriento. Es así que los chicos de “Techo” socorrían por igual a los necesitados de afuera como a los de adentro, corriendo con caritas de exhaustos desde una punta de La Plata a la otra.
Trabajaron sin descanso durante las primeras 48 horas, hasta que el clima de asistencia se empezó a enrarecer y comenzaron a aparecer “voluntarios” de alas de la política, mas preocupados por imponer su chaleco identificatorio que por la efectividad de la ayuda. Los “Centros de Abastecimiento”, galpones improvisados en dónde se apilaban los elementos de ayuda, empezaron a poblarse de caciquejos y punteros políticos, y si bien la asistencia continuó, ya no volvería a ser como fue durante el primer día, a fuerza de coraje y voluntad.
Hubo muchos señores inteligentes que hablaron sobre cuáles habían sido las causas de desastre y sobre cómo se podrían haber evitado. Hablaron 72 hs después de pasada la tormenta. Y luego de escucharlos hubo mas dudas que antes, muchas mas. ¿Qué hacen los que deben cuidarnos?, ¿dónde van a parar los fondos destinados a obras de infraestructura?, ¿hay alguien que se ocupe de evaluar posibilidades de catástrofes y planes de contingencia?, si ese alguien existe, ¿quién es?, ¿dónde estaban las organizaciones y organismos que debieron actuar apenas comenzó el desastre?
La mayor desprolijidad fue cometida para con la gente, pues ni siquiera hubo una lista seria y confiable de muertos a causa del temporal. Hasta en esa cuantificación hubo desorganización y manoseo. Basurearon la memoria de los muertos, la manipularon para que la catástrofe sonara mas terrible o menos terrible.
Muchos señores hablaron ante cámaras de TV, pocos tuvieron la vergüenza suficiente para callarse.


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avatar Chinchorro bandera - Fecha: 15/06/2015, 09:18 hsme gusta (89)   no me gusta (87)

Me alegra que te haya gustado Mafaldo, gracias.
avatarMafaldo bandera - Fecha: 24/05/2015, 15:34 hsme gusta (67)   no me gusta (73)

me gustó mucho +5!


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