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Miércoles 13 de Diciembre de 2017

Simbiosis. la hija de ulises

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Categoría: Cuentos | Fecha: 23/04/2015
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La hija de Ulises.

I.

El aroma a sopa recién hecha se esparcía por todos los rincones de la casona, seduciendo a sus moradores, tanto por lo apetitoso que resultaba, como por lo tentador que suena un caldo caliente en un atardecer frío. Estela estaba parada frente a la cocina revolviendo sin parar una olla en frente suyo, mientras tarareaba distraídamente. Es indiscutible, que la buena disposición al hacer las cosas siempre garantiza buenos resultados. Había pasado poco más de un año desde que vivía allí y desde entonces, la vida que llevaba antes solo era un recuerdo, su relación con la señora Alicia se había vuelto fraternal, así como la que mantenía con el viejo Ulises, esto debido al carácter conciliable de la muchacha y sus permanentes ganas de ser útil.


Una vez listo el consomé, que ella misma había financiado con los pequeños trabajos que realizaba en el mercado y otros lugares, sirvió dos platos, uno lo puso sobre la mesa, cuidadosamente preparada para cuatro personas y el otro se lo llevó. Al pasar por el corredor le avisó a Alicia, quien tejía en un sillón del living mientras oía la radio, que su cena estaba lista y siguió hasta las escaleras subiendo al segundo piso, donde se detuvo frente a una puerta que golpeó con suavidad. En aquella habitación vivía Crispín, un violinista callejero de avanzada edad que arrendaba allí hace algunos meses, Estela le dio la sopa con una grata sonrisa y se retiró, algo sonrojada por los amables y sumamente formales elogios del viejo músico, el que en ocasiones no podía costear sus propias necesidades. Bajando las escaleras, la niña golpeó una nueva puerta de la planta baja, tras ella apareció una mujer llamada Edelmira, de un poco más de treinta años, lucía muy arreglada con un vestido suelto hasta las rodillas y abundante maquillaje, aunque hábilmente aplicado, esta la saludó con una amplia sonrisa y luego de un efusivo monologo de galimatías, la mujer hablaba muchísimo y con mucho aspaviento, dejó a su hijo al cuidado de Estela, un pequeño de unos cuatro años de edad, de una pasividad casi patológica, todo lo contrario de su madre. Estela se había ofrecido para cuidar del muchachito en el lapso que pasaba desde que Edelmira salía a trabajar hasta que Alonso, el niño, se dormía. Al llegar a la cocina, Alicia los esperaba sentada frente a su plato, “¡Alonsito!”, saludó al niño con mucha alegría, pero el pequeño aparte de asustarse un poco, producto de que venía algo desprevenido, ni se inmutó, “este chiquillo parece un muñeco” remató Alicia con algo de frustración, luego continuó dirigiéndose a Estela, “No tiene ni un pelo de su madre, bueno que con el trabajo de ella… ¿tú sabes en qué trabaja Edelmira, no?”, la muchacha mientras ponía un plato de caldo frente al niño asintió con la cabeza sin hacer comentarios al respecto, el oficio de Edelmira era obvio incluso para Estela, prostituta, pero tanto ella como Alicia no se fijaban en prejuicios, una por el bien del negocio y la otra porque jamás aprendió a tenerlos, aunque sí los conoció.

El pequeño Alonso comía cada cucharada de sopa analizando concienzudamente el contenido de la misma, como si buscara vida dentro de ese vasto mundo que constituía su plato. En ese momento Alicia iba a hacer un nuevo comentario sobre los extraños modos del muchacho, cuando alguien comenzó a golpear con urgencia los cristales de la puerta que daba a la calle, Estela se paró apresurada y se dirigió al living, luego de echar un vistazo por la ventanilla, se volteó para decirle a una preocupada señora Alicia, que quién estaba fuera era Ulises, pero al abrir, una masa de hombres que apenas cabía por la puerta hizo retroceder a la muchacha mientras hacían todo tipo de maniobras y malabares para entrar, entre estos hombres estaba Octavio, dueño del negocio de sándwich, que junto a Diógenes uno de sus clientes más antiguos, traían a Ulises sujeto por los hombros quien venía con evidentes muestras de dolor en el rostro y profiriendo maldiciones a medio contener, apoyándose en un pie y manteniendo el otro levitando, lo más inmóvil posible, más atrás entró Alamiro, dueño de una mueblería, con el bolso del viejo colgado, quien parecía ser el encargado de coordinar todos los movimientos del grupo, “no, no, despacio…ahora tú, cuidado…ya casi..”, la señora Alicia tapándose con ambas manos la boca invocaba a todos los santos mientras preguntaba qué había pasado, Alamiro con su eterna chaqueta de cuero, sus infaltables lentes de sol y su pulcro peinado de siempre explicaba cómo el viejo Ulises había tropezado a la salida del local de Octavio doblándose violentamente el pie y que lo habían llevado donde su suegro (el de Alamiro) quién tenía manos santas cuando de componer huesos se trataba, sin embargo la hinchazón no había bajado del todo y ahora debía guardar reposo por un par de días. La tropa de hombres llevó al lesionado a su cuarto mientras las mujeres hacían lo posible por despejar el camino retirando plantas y abriendo puertas. Una vez terminado el trámite los hombres comenzaron a retirarse acompañados por Estela, y Alicia, acordándose de pronto del pequeño Alonso, partió hacia la cocina para asegurarse que el estático niño estuviera donde lo habían dejado. De ahí, la muchacha se dirigió a la habitación de Ulises, con la intención de saber si necesitaba alguna cosa, al entrar notó en el suelo un sobre con varias huellas de pisadas encima, lanzado por Alicia aquella mañana por debajo de la puerta al recibir la correspondencia, Estela lo recogió y mientras le preguntaba al viejo si necesitaba algo se lo entregó. Ulises lo examinó sin abrirlo, sólo después de algunos segundos se dio cuenta que lo sostenía al revés, “¿no lo vas a abrir?” preguntó la niña, “claro, claro” respondió Ulises rasgándolo por un extremo, sacando la carta y ojeándola con exagerada concentración, casi de inmediato volvió a doblarla y la guardó en el sobre, “es de mi hija…ella, está bien…”, luego sin más, se la devolvió a Estela pidiéndole que la dejara encima de una repisa a su lado, en aquel lugar habían por lo menos cinco cartas más atadas con un cordel, todas sin abrir. Luego de encender la chimenea, la niña se fue en busca de un plato de sopa caliente para el viejo, pero a su regreso este, producto del cansancio y de que el tobillo no le dolía mientras estuviera quieto, ya se había dormido.

Nunca Ulises había comentado a nadie que no sabía leer, ni pedía ayuda al respecto, pero en muchas ocasiones era evidente y Estela, que había aprendido aprovechando al máximo las pocas horas de escuela que sus padres le habían dado, lo hacía aceptablemente bien, por lo que, motivada más por su cariño y deseo de devolver la ayuda que por mera curiosidad, tomó la única carta abierta y sentándose junto a la chimenea comenzó a leerla.

II.

A la mañana siguiente Estela se despertó temprano, le había dado muchas vueltas en su cabeza a la carta de Ulises que había leído, y aunque le parecía incorrecto haberlo hecho sin la debida autorización, sentía que debía haber algo en sus manos que pudiera hacer para justificar precisamente su acción. Aquella carta, efectivamente era de la hija de Ulises, una mujer llamada Bernarda, que vivía en una ciudad desconocida para Estela llamada Avemar. En la misiva la mujer expresaba su angustia por no saber nada de su padre en tantos años, que muchas veces había pensado en viajar a Bostejo, pero que la situación económica no era todo lo buena que quisiera, que el trabajo no había faltado para su marido pero que los horarios en las grandes ciudades eran extenuantes y que debían cuidarlo, porque había una enorme cantidad de personas cesantes en las calles, que llegaban de otras ciudades como ella. La muchacha imaginaba todo aquello pero sin poder dimensionarlo del todo, sin embargo su real preocupación era la idea que desde el principio se le acunó en su mente, aunque aún no sabía cómo, reunir a Ulises con su hija.

Cuando Estela llegó a la cocina encontró a la señora Alicia sobando enérgicamente una masa de pan, de inmediato comenzó a alimentar la cocina con leña para encenderla y mientras lo hacía empezó a hacer preguntas sueltas sobre aquella ciudad, Avemar, como a qué distancia quedaba o qué tan grande era, la mujer no tardó en preguntar el origen de tan inusual tema de conversación y la muchacha le respondió con sinceridad tanto lo que había hecho como los motivos que había tenido, aunque no aún sus intenciones. Avemar era una ciudad costera ubicada a unas tres horas de allí en tren, era bastante más grande que Bostejo y su principal actividad era la industria textil, ya que las abundantes rocas en la playa solo la habilitaban para contar con una pequeña caleta de pescadores artesanales, ni puerto ni bañistas. Para Estela, el océano era un gran charco de agua frente al cual ella debía imaginarse como una hormiga, ese era el único concepto que tenía y se lo había dado don Mateo, un verdulero del mercado.


El sabroso aroma de los primeros panes ya flotaba por la casa de Alicia, cuando Edelmira apareció en la cocina, su aspecto no era ni la sombra del que tenía la noche anterior, era claro que le debía a su cuerpo varias horas de sueño. Estela ya había planteado su propósito y lo discutía con la señora Alicia, “pero niña, ¿qué podrías hacer tú al respecto?, ¿traer a esa mujer a la rastra desde Avemar?”, “¿A quién hay que traer desde Avemar?” preguntó Edelmira mientras encendía un cigarrillo y movía una silla para sentarse, “a la hija de Ulises” respondió Estela con soltura, como si la curiosidad de Edelmira fuera plenamente justificada, “¿la hija de Ulises?”, “sí, es que hace tantos años que no se ven y…”, “pues lo mejor es ir allá y hablar con ella directamente”, Edelmira interrumpió a la muchacha con la decisión de su carácter impulsivo, mientras despedía con gracia un chorrito de humo por el borde de su boca en dirección opuesta a sus acompañantes, “estás loca mujer, replicó Alicia, ¿acaso quieres que esta niña vaya sola a ese lugar?”, “claro que no, si quieres yo puedo acompañarla, me encanta el mar, ¿a ti no Estela?”, la muchacha se mordía el labio sin responder, al final dijo, “me encantaría conocerlo”, “¿no lo conoces?, lo ves Alicia, otra razón para que la niña vaya”, para Alicia la idea estaba tomando forma demasiado rápido, “no lo sé…”, “vamos mujer, Edelmira no era de las personas que pensara demasiado las cosas, sólo hablaremos con ella, además, como mi madre decía: Quien ayuda a alguien más, se ayuda a sí mismo”. De a poco Alicia comenzó a ceder a las suplicas de Estela y a los argumentos de Edelmira, hasta que por fin no solo dio su consentimiento, sino que también aceptó ocuparse de Alonso, “bueno está bien, pero solo por un día”.


La muchacha se mantuvo todo el resto de aquel día con la ansiedad de quien, muy pronto, tiene que enfrentar algo nuevo e importante. Al atardecer fue a hacerle la última visita a Ulises, conversaron durante largo rato pero Estela se guardó sus intenciones. Cuando el viejo se durmió, la niña copió en un papel el nombre y la dirección de Bernarda, la hija de este.

La estación hervía de gente aquella mañana, el vapor y el humo de las máquinas desdibujaba las siluetas de los transeúntes que aparecían y desaparecían como fantasmas atareados y enmudecidos por el rechinar de los metales. El bullicio era una guerra campal donde solo el silbato de las locomotoras lograba imponerse ante las decenas de voces que trataban de comunicarse bajo la ley del más fuerte. Edelmira llevaba un abrigo níveo sobre su vestido, un grueso cinturón acentuaba su figura y un ancho sombrero le daba cierta clase a su facha, esto sumado a su andar soberbio, la hacía blanco de todo tipo de miradas, Estela caminaba rápidamente a su lado para no quedarse atrás, “esta es” dijo la mujer, indicando una máquina a la cual ambas subieron recibiendo una grave inclinación de cabeza del boletero, que con un estridente silbato anunciaba la partida del tren hacia Avemar. Mientras la mujer viajaba recta en su asiento, la niña no despegaba la vista de los hermosos y bucólicos parajes que corrían frente a sus ojos, inmensos campos, lejanos cerros, patos que despegaban desde el río al ensordecedor paso da la locomotora por sobre los fierros de un puente de oxidado esqueleto, para dejarse caer solo unos metros más allá. Al cabo de algunas horas, la estación de Avemar las recibía con el mismo si no mayor escándalo.

Todo aquí era más estético, más colorido, más alucinante; las casas, la gente, su ropa, incluso los rótulos de los negocios parecían recién pintados y exhibidos, pero para Estela lo que más la sorprendía era la enorme cantidad de automóviles, corrían sin parar y por todas partes, tanto que las personas debían moverse en apretujadas manadas pegadas a los edificios, “debes tener mucho cuidados cuando necesites cruzar una calle, aconsejaba Edelmira, o puedes terminar como estampilla”. Tras ellas, dos señoritas caminaban embelesadas en lo que parecía una sabrosa conversación de la cual de cuando en cuando, nacían contenidas risitas, una de ellas empujaba un coche con un bebe. Al llegar a la esquina, Edelmira se detuvo y Estela la imitó, pero debió moverse cuando vio que el coche tras suyo no lo hizo, la mujer que tiraba de él, absorbida en la charla que traía con su amiga, siguió de largo en el momento en que un camión de carrocería abombada y barandas de madera, cargado de verduras se acercaba, por suerte, y sobre todo para la criatura que venía en el carrito, Estela reaccionó a tiempo tomando el coche con ambas manos y jalándolo hacia sí, solo se oyó un “¡despierte mi`jita!”, que soltó el peoneta del vehículo de carga al pasar, “¡por Dios santo niña, ¿en qué estás pensando?!” le espetó Edelmira a la distraída mujer, la que estaba totalmente pasmada, mientras su acompañante se persignaba una y otra vez. Para cuando Edelmira y Estela se retiraron, las dos jovencitas aún estaban paradas tratando de asimilar el susto.


Las dos mujeres comenzaron su periplo por la ciudad preguntando por la dirección qué buscaban pero sin mucho resultado, cuatro veces las orientaron equivocadamente y sus caminatas se volvían estériles. El problema no era el apunte que Estela había hecho, como comenzaban a creer, si no, al tipo de personas que entrevistaban, todos acomodados y bien vestidos, solo cuando se pararon fuera de una gran tienda de ropa llamada “Tiendas Sotomayor”, en la que Edelmira se detuvo para vitrinear, una mujer que aparentemente trabajaba allí les pudo dar una pista más certera.


Avemar estaba formada de dos partes totalmente opuestas, dos hermanas mellizas en las que, mientras una era bella, limpia y perfumada, la otra era sucia y enteca, esta última zona eran los suburbios, donde el grueso de la población obrera y marginal vivía, y donde precisamente estaba la dirección que buscaban.


III.


La ciudad cambió drásticamente a medida que se alejaban del centro y se acercaban a la periferia, pero no solo a la vista, todos los sentidos se vieron afectados. La gente ya no se veía digna y orgullosa, sino derrotada y frustrada, las fachadas resquebrajadas y desteñidas, líquidos nauseabundos corriendo libremente hasta estancarse en fétidos charcos donde perros enfermos y vagos calman la sed, basura imposible de contener en un solo lugar, gritos de discusiones y excesos a lo lejos, enfermedad y miseria por todas partes. Aquello era peor para Estela que la peor cara de Bostejo, adonde mirara la muchacha sentía compasión y pena, Edelmira debía darle de tirones a la muchacha que constantemente quería detenerse a atender las súplicas de los numerosos mendigantes que al ver a las mujeres bien vestidas, se acercaban a pedir dinero. En una de la esquinas, una muchacha apenas mayor que Estela vendía cigarrillos sueltos a los transeúntes luciendo una enorme barriga de embarazo, Edelmira luego de comprarle dos, le preguntó por la dirección que buscaban, la muchacha le respondió que el conventillo que buscaban estaba cerca, este no era más que una ya muy deteriorada casona de una planta con patio interior en la que cada cuarto era arrendado por una familia distinta que compartían el único baño y la única cocina, el agua potable y la electricidad eran lujos inexistentes en ese ambiente. En todos los cuartos del conventillo se podían encontrar recién nacidos o ancianos postrados como regla general y en algunos casos ambos. Dos mujeres, una mayor que sostenía del brazo a otra increíblemente anciana estaban en las afueras del conventillo, Edelmira le preguntó por Bernarda a la más joven, esta respondió que no conocía los nombres de todas personas que vivían allí, había llegado hace poco y trabajaba todo el día afuera, pero la anciana levantando un dedo esquelético mencionó el nombre y el apellido de la mujer que buscaban, “¿Bernarda Sepúlveda, dijo?” tanto Estela como Edelmira sintieron emoción de dar con la persona que buscaban pero esa emoción pronto se desvaneció, “Me dijo que su esposo se había ido y no había vuelto a saber de él, con dos hijos, se le hizo difícil conseguir el dinero para pagar el arriendo y se había debido marcharse hace un par de días” dijo la anciana sumamente acongojada y agregó “…era una buena mujer, me hubiese gustado ayudarla.” Por desgracia no tenía idea de donde podían encontrarla, eso era algo que Estela no se esperaba, la carta no decía nada de eso, tal vez tenía algún otro familiar o amigo que desconocían, tal vez se encontraría con su esposo en otro lugar, el caso era que la única pista que traían ya no les servía. Estela se entristeció mucho, cosa que Edelmira notó de inmediato pero no dijo nada, llegando a una esquina, había una calle larga con una pronunciada pendiente donde las mujeres debieron detenerse abruptamente porque era usada por muchachos que se lanzaban en carros pequeños que alcanzaban altas velocidades en sus descensos, dos o tres muchachos encaramados apenas sobre estrecho carretones se lanzaban pendiente abajo en desenfrenadas carreras de velocidad y vértigo no exentas de accidentes que resultaban en moretones y raspallones, solo providencialmente nunca habían accidentes graves. Estela contempló con la boca abierta y admiración la arriesgada actividad que realizaban esos chicos y lo infinitamente dichosos que se veían, eso hasta que su atención quedó atrapada en el horizonte al final de aquella calle y más allá de la costanera que la cortaba, una línea perfectamente recta separaba el azul del cielo de otro azul más oscuro pero casi igual de enorme, “¿qué es eso…?” preguntó la muchacha con ingenuidad, “Ese… es el mar Estela” respondió Edelmira complacida. Ver el mar por primera vez siendo ya adulto, o casi, debe ser similar a lo que vive un ciego de nacimiento que de pronto tiene visión, porque es algo que la imaginación no puede crear sin ayuda de los ojos, es demasiado grande, demasiado increíble. A medida que se acercaba la muchacha ya maravillada, iba descubriendo más y más, el sonido del oleaje, el de las aves marinas, su aroma, la brisa húmeda, realmente no se lo esperaba y el espectáculo la mantenía absorta, caminando del brazo de Edelmira que le señalaba, las olas, las rocas, las gaviotas y pelícanos, realmente se sentía como una hormiga, pero nunca se esperó que el charco fuera tan grande, luego le preguntó a Edelmira por qué se había juntado toda esa arena en la playa y por qué era que el oleaje no se acababa nunca o qué había al otro lado de toda esa agua, a lo que la mujer no supo que responder por lo que recurrió a su brillante ingenio, “¡vamos niña!, deja de preguntar tanto o arruinarás la magia de este hermoso lugar” luego se sentó en la arena, mientras Estela iba a sentir el mar en sus pies, en sus manos y en su boca.

Terminado el bocado que llevaban, caminaron por la costanera disfrutando del mar y la brisa, ya comenzaba la tarde y pronto deberían abordar el tren de regreso, en ese momento, un señor muy bien vestido, de cabellos blancos cuidadosamente peinados y elegantes mostachos, detuvo a Edelmira con suma educación guiado por una joven señorita sonriente que le tomaba por el brazo, El caballero y la joven dama, luego de estar seguros entre ellos se dirigieron a una sorprendida Edelmira, “Mi queridísima dama, mi hija a reconocido en ustedes a las gentiles señoritas que hoy salvaron a mi nieto de lo que hubiese sido un muy triste accidente” en ese momento, Estela y Edelmira reconocieron a aquella joven como la descuidada madre que aquella mañana por poco, y gracias a la atenta reacción de Estela, hace que el coche de su bebé fuera arrollado por un vehículo, “Encontrarlas aquí ha sido una feliz coincidencia y me gustaría recompensarlas de alguna manera, mi nombre es Eulogio Sotomayor y soy dueño de las tiendas Sotomayor” concluyó el caballero. Las mujeres sintieron que la reacción del señor era exagerada y rechazaron cualquier recompensa económica a pesar de la insistencia del anciano, este frustrado y con su hija acongojada le entregó una de sus tarjetas de presentación con las direcciones de sus numerosas tiendas, “Por favor, si algo puedo hacer por ustedes, no duden en visitarme” luego de eso, él y su hija se despidieron con formales ademanes.

La afluencia de público en la estación era igual, si no mayor que cuando las dos mujeres llegaron aquella mañana, un abrumador caos de personas hacía difícil el avance, así como su comunicación entre sí. Una cara conocida emergió de entre aquella multitud, era la chica embarazada que vendía cigarrillos, se reconocieron y se saludaron con afecto, Edelmira aprovechó para comprarle uno y encenderlo mientras esperaban su tren, “¿trabajas también aquí?” le preguntó cordial a la chica, esta sonrió pero bajó la mirada al suelo, con su madre y su hermano pequeño estaban durmiendo ahí, en la estación, por lo menos tenían techo, “Solíamos vivir en aquel lugar que buscaban por la mañana, pero mi padre no regresó, y nos quedamos sin dinero para la renta” dijo la muchacha desviando la mirada, algo avergonzada por contar cosas tan personales a personas desconocidas, Estela nunca perdía la esperanza por lo que de inmediato preguntó, “¿No conociste a un mujer llamada Bernarda Sepúlveda?” la chica miró a Estela como si esta le hubiese dicho una obviedad absoluta “Claro que sí, ¿Por qué?” Edelmira sonrió “¿Sabes dónde está?” “está por allí” dijo la muchacha señalando uno de los extremos de la estación, “Ella es mi madre…”

Entre el dinero de Edelmira y Estela, más lo que había logrado reunir, la chica de los cigarrillos, Aurora y Bernarda su madre, reunieron el dinero de los cinco boletos de tren para viajar a Bostejo, la situación no era nada buena allí y nada le impedía irse.

Aquella noche, en la casona de la señora Alicia, la música del viejo Crispín alegraba una velada llena de emociones, donde Ulises con lágrimas en los ojos, abrazaba a su única hija después de muchos años y conocía por primera vez a sus dos nietos, Edelmira, con un vaso de vino blanco en la mano, sonreía satisfecha mirando a Estela que estaba junto a Alicia quien tenía al pequeño Alonso sentado en sus faldas, el único que no estaba a punto de llorar con semejante escena. “Espero que pueda encontrar trabajo pronto, lo va a necesitar” Le comentó Alicia a Estela en un susurro, esta pareció tener una idea genial, se puso de pie de un salto y corrió donde Edelmira quien luego de una conversación corta y risitas cómplices volvió con un trozo rectangular de cartulina, era una tarjeta de presentación de las tiendas Sotomayor. Estela se veía radiante, “tal vez la podemos ayudar”


León Faras.

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avatarNaty_25 bandera - Fecha: 23/04/2015, 21:26 hsme gusta (114)   no me gusta (96)

Vertebrado... Simplemente maravilloso, tus relatos tienen esa magia que transporta a esos lugares y situaciones que construyes y describes tan bien en tus letras. Me encanto, siempre es un placer leerte. Un abrazo grande. Yusbeth


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