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Domingo 10 de Diciembre de 2017

Nada que perder - capítulo 1

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Categoría: Novelas | Fecha: 05/05/2016
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“Sabes que el mundo no es mejor
si no hay una razón para ser valiente.
Si mirás a tu alrededor, verás que del dolor
se aprende algo siempre.
Y el pesar que te toca vivir
sólo vino a vos para hacerte fuerte.”...
Sabes que - La renga

LOS CANDIDATOS

I

La noche dormía en paz, solo el viento acusaba una actividad al mover las hojas del otoño sobre las veredas. Un auto solitario nadaba en el mar de tranquilidad que había a esas horas en el barrio. Sus luces formaban infinitas formas con las sombras al taladrar la oscuridad. El ruido de las cubiertas al abrazar el pavimento y el rítmico sonido del motor eran ahora los únicos sonidos que predominaban en los alrededores.
Altamirano conducía automáticamente, sus pensamientos estaban en otro lado, en las preocupaciones de la rutina del citadino, las cuales se volverían efímeras luego de esa noche. Dejó atrás dos bocacalle y se alejó de sus preocupaciones para concentrarse en la conducción, su casa estaba a quinientos metros. Sin dejar de mirar el frente buscó en el estante que se encontraba delante de la palanca de cambios el dispositivo que le permitía abrir el portón de su cochera a distancia. La mano se cruzó con varios objetos hasta que por fin tocó uno con la forma y el tamaño indicado. Puso la luz de giro izquierda, miró por el espejo lateral y solo vio muchas cuadras de soledad. Giró el auto y subió con él a la vereda, uso el control remoto de su garage y el portón lentamente comenzó a subir agregando un sonido más a la tranquilidad del barrio.
Una vez dentro de su casa, volvió a activar el control remoto. El portón comenzó a bajar y antes de completar su recorrido hasta el suelo cuatro personas entraron. Al verlos por el espejo retrovisor de su auto, instintivamente abrió la puerta y bajó de él.
-¡¿Quiene son ustedes?!, dijo envuelto en una estúpida furia que no le duraría dos segundos más.
El más alto de los cuatro se acercó rápidamente y lo golpeó en un ojo con el puño cerrado.
-¡Callate gato! y luego lo golpeó.
Los otros tres esperaron al lado del portón hasta que terminó de cerrarse.
¡Listo, nadie vio nada!, aviso uno de los intrusos.
El más alto llevaba puesto un casco de moto, con visera y de color naranja. Cuando se sacó el casco el cabello negro, corto y bastante sucio cubrían una cabeza de piel oscura con nariz ancha y una boca que dejaba ver la descuidada que estaba su dentadura. Sacó un revólver, muy precario, y le apuntó al pecho.
-Gil, quedate callado y vamos para adentro, la voz era un poco aguda y pronunciaba un dialecto casi inentendible.
Los cuatro ladrones lo siguieron hasta el living de su casa. El más bajo de la banda comenzó a inspeccionar todo el lugar mientra que los otros se quedaron parados en la puerta por donde ingresaron.
-Deciles que bajen, gruñó Alan, el del casco naranja.
Le sorprendió que supiera que sus hijas y su mujer estaban arriba durmiendo, sin duda los habían estado estudiando hacía ya un tiempo.
-No, loco, dejalas tranquilas. Te doy toda la plata acá y vayanse, respondió angustiado.
Uno de los que estaba parado en la puerta soltó una carcajada y Alan le volvió a pegar, esta vez en el estómago.
-Hace lo que te digo, gato, si no queres que te mate acá nomás. Fue la justificación que dio Alan al golpe de puño.

Mariana, la mujer de Altamirano, junto con Lucía y Sabrina, sus dos hijas, bajaron las escaleras totalmente preocupadas.
-¿Que pasa Ruben? Dijo la mujer antes de darse cuenta de las personas que escoltaban a su marido.
En unos segundos Álvaro y Walter, los que habían estado parado delante de la puerta del living, tomaron a la mujer y a las chicas y, de los pelos, las arrastraron y soltaron en el sillón de la sala. Alan apuntó, con el deteriorado revolver, al marido de Mariana en la cabeza.
-Dame la plata, toda la que tenés encanutada, exigió Alan con la voz aguda y el dialecto casi inentendible.
Altamirano caminó varios pasos por el living y se agacho frente a la repisa donde guardaba todos sus libros de medicina. Con las manos retiró con cuidado un zócalo largo de madera. Luego metió la mano por el hueco que había detrás y sacó una bolsa negra. Se la dio a Alan y este la abrió.
-¡Vos tenes mas gato! le reprocho Alan y Altamirano no supo qué decir, solo movió la cabeza en signo de negación.
El más chico de los malvivientes tomo a Mariana por el cuello y la levantó del sillón. De su desagradable rostro, con nariz aguileña ancha y sus labios tan finos que eran casi imperceptibles, brotó su lengua y mojo todo el contorno de las mejillas de la mujer.
-Esta linda tu perra, le dijo a Altamirano, si no decis donde tenés más, antes de matarla, me la cojo delante tuyo.
Lucía, la hija más chica, comenzó a llorar y a gritar provocando que Álvaro la golpeara con el arma en la cabeza para callarla. Sabrina, la mayor, entró en pánico y, lamentablemente para toda la familia, desató el principio de la tragedia. Corrió hasta la puerta con la ilusa idea de que al traspasarla arreglaría todo los problemas. Alan levantó el arma y apuntó a la chica.
Altamirano ni siquiera pensó el movimiento, ver a su hija en peligro detonó la reacción totalmente inconsciente, cuando se dio cuenta lo que había hecho, su brazo ya había golpeado a Alan en el rostro, tumbandolo sobre el respaldo del sillón.
Walter tomó a Sabrina por la cintura y la arrojó al suelo con tanta violencia que la chica no se volvió a mover.
Alan se incorporó ágilmente y se tocó la boca. Un hilo de sangre caía lentamente gracias al golpe que había recibido.
-Hijo de puta, te voy a matar, gritó Alan pero Altamirano estaba totalmente concentrado en Sabrina que no se movía. Nunca más volvería a hacerlo.
El padre desolado no vio venir el golpe de Alan, que lo dejó en el suelo.
Desde esa posición horizontal pudo ver la mirada llena de vacío de su hija, muerta en el suelo. Los ojos se le cubrieron de lágrimas al mismo tiempo que su mujer gritaba. Alan se paró sobre él y comenzó a golpearlo en el rostro una y otra vez.
-Ahora vas a ver como me cojo a tu mujer y tu hija, la que te queda viva. bromeo cínicamente.
Una rafaga de furia broto del interior de Altamirano e intentó quitarse a Alan de encima pero fue inútil, los dos grandotes ya lo habían tomado por los brazos. Alan tomó a Mariana y la desnudo para luego comenzar a violarla sobre el sillón.
Los gritos de Mariana desgarraban a Altamirano que forcejeaba con la estúpida esperanza de liberarse y rescatarla.
Luego de que Alan terminara con lo suyo se acercó al enfurecido y aprisionado hombre y le dio dos patadas en el estómago.
-Ves lo que te pasa por hacerte el picante, ahora mira bien a la puta porque va a ser la última vez que la veas.
Alan sacó de nuevo el arma y le disparó tres veces en la cabeza a Mariana.
Altamirano intento gritar pero le faltaba el aire debido a las patadas que había recibido.
-Ahora le toca a tu hija, dijo Alan mientras se reía a carcajadas.
La desesperación de Altamirano fue tal que logró sacar un brazo y tomar el tobillo de Alan.
-¿Que queres gato? Ahora no son tan malo ¿eh?
Con el otro pie, Alan le aplastó la muñeca hasta que no tuvo otra opción que soltar el tobillo.
El ladrón más bajo le pidió a Alan si podía violar a la chica a lo cual Alan contestó entre risas.
-Dale petiso, vos hace mucho que no la pones.
El ya viudo hombre tuvo que ver lo que nadie debería ver, cerró los ojos para evitar ver lo que sucedía pero los gritos de su hija le seguían perforando el alma.
No podía entender cómo esta gente podía formar parte de su especie, no entendia como podian ser seres humanos. ¿Quien le hace esto a otra persona?
Cuando el petiso terminó su inhumano acto, Alan lo volvió patear, esta vez en las costillas.
-Ahora abrí bien los ojos para ver como mato a tu hija, le dijo Alan, con tono risueño.
Alan descargo todo el arma en la cabeza de Lucia, callando el llanto de la chica. Altamirano intento gritar pero el dolor en las costillas se lo impidió.
Alan revolvió sus bolsillos y encontró solo una bala, volvió a cargar el arma con el único proyectil y apuntó al hombre que se revolvía de tristeza y dolor.
Los ultimo que vieron los ojos cubierto de lágrimas de Altamirano fue el brillo de la explosión del arma.

II

En una oficina moderna y lujosa de la multinacional de los medicamentos, Medcom. Ernesto toma un suculento desayuno americano mientras contempla la ciudad por el enorme ventanal. El dia es perfecto, el cielo azul y ninguna nube a la vista, el sol brilla tibiamente en la mañana de otoño.
Se amacaba despacio en su lujosa silla ejecutiva de muchos miles de pesos.
Mientras toma el café, su mente está sumida en sus pensamiento que lentamente lo llenan de impaciencia, lo cual genera el cíclico vaivén de su silla.
El teléfono, sobre su escritorio, logra sonar una vez antes de que sus apuradas manos lo levanten y se lo lleven hasta su oído. Luego de un segundo respondió.
-¡Que pase!

Rodríguez era un hombre de estatura media y de cabello negro con mirada triste y serena. Entró a la elegante oficina de Ernesto el cual había adoptado una falsa postura relajada.
-No hace falta disimular, dijo Rodríguez, se que estas impaciente.
-Entonces no me hagas esperar mas, por favor, respondió Ernesto.
Rodríguez abrió su maletín de cuero, modesto pero de muy buena calidad, del cual sacó cuatro periódicos y los colocó en el medio del escritorio, luego, miró a Ernesto y lentamente tomó asiento frente a él.
-Mirá los articulos que estan marcados, creo que pueden ser los indicados.
Ernesto, presa de la curiosidad, los tomó rápidamente y buscó la marca en el primero de ellos. Comenzó a leer, primero para él y luego comenzó a re leerlo en voz alta.
-“Violenta entradera, tres muertos y un herido. Ayer aproximadamente a las once de la noche el Doctor Altamirano fue abordado por varios delincuentes, bla bla bla, los delincuentes violaron a su mujer y a una de sus hija y luego dispararon contra la familia. El Doctor Altamirano recibió un disparo en la cabeza pero milagrosamente logró salvarse ya que la trayectoria de la bala no afectó al cerebro. El resto de su familia no tuvo la misma suerte. El Doctor se recupera favorablemente en el Hospital...bla bla bla” ¡Es excelente!
Rodríguez miró a Ernesto y frunció el ceño.
-Perdon, me deje llevar, se excusó Ernesto. Luego expresó correctamente lo que había querido decir.
-Es excelente para nuestro proyecto.

Rodríguez se estiró para tomar uno de los diarios que estaba al final de la pila, lo sacó y lo puso arriba de los demás diarios.
-Lee este, creo que será “Excelente” para “TU” proyecto, habló Rodriguez tranquilamente.
Ernesto miró por un momento a Rodríguez, el cual no derrocho ningún gesto, y tomó el periódico que éste le había recomendado. Comenzó leyendo en voz alta.
-“Otra vez las picadas en el barrio...

III
La soledad de Rosa era casi perfecta, lo único que la separaba de la soledad perfecta era Ailen, su nieta. Su marido había fallecido hacía ya muchos años, la vida de los negocios fue demasiado para el pobre corazón de Juan Carlos. Su hijo mayor había seguido los pasos de su padre, los cuales lo habían llevado por un camino distinto, uno más oscuro, el de la corrupción lo que ocasionó la ruptura del vínculo entre ella y él. Esta separación provocó en Rosa un dolor muy grande ya que Roberto era su hijo mayor y durante casi toda su vida había sido el más amado. Su hija, Marisa, era diferente a Roberto, no era corrupta pero los frutos de la profesión de su padre la había guiado a un destino no mucho mejor que el de su hermano.
La abundancia hace que muchas personas enfoquen la mente en el valor de lo material, ignorando el valor de las cosas intangibles como el amor de una madre.
Al principio las compras, luego las fiestas y al final los abusos de las drogas llevaron a Marisa a conocer a una estrella de Rock con la cual se casó. Luego de la boda, decidieron que el mejor lugar para vivir era en Las Vegas.
Rosa nunca más supo de su hija, sabía que estaba viva porque solía verla por casualidad junto a su marido en alguna entrega de premios, de esos que se les da a las grandes celebridades de la música.
Rosa tenía todo lo que la mayoría deseaba, dinero. Pero lo que realmente la hacía rica era su nieta. Todos los martes a la noche, Ailen iba a comer a casa de su abuela, su padre se negaba a llevarla por la deteriorada relación entre ellos. Lo que obligaba a Ailen a llegar por sus propios medios.
La nieta de Rosa estaba cerca de cumplir los dieciocho años de edad y por lo general llegaba a la casa de su abuela en taxi. Este martes decidió caminar con una amiga hasta la casa de su abuela.
Rosa preparaba ella misma la comida para su nieta y se negaba a que los empleados de la inmensa casona la ayudasen a preparar la mesa. Para los empleados era una rutina muy grata el ver a la anciana preparar cada detalle del encuentro con su nieta, el amor que brotaba en cada acto del proceso era notorio por todo el que la viera. Cada plato, cada vaso, cada detalle era cuidadosamente llevado a cabo sin lugar a equivocaciones o imperfecciones.
Cuando todo estuvo preparado, rápidamente los empleados ayudaron a Rosa a sentarse en el living y antes de que la anciana pidiera una taza de té, esta le fue servida. Los empleados la apreciaban mucho. Las personas como Rosa, que demuestran tanto amor por otro, hacen que la mayoría de las personas se contagien de él y le correspondan.
Eran cerca de las nueve, el horario en que Ailen solía llegar, cuando desde la calle se escucha una frenada, un motor acelerado y luego el silencio. Unos segundos después se escuchan corridas y a lo ultimo unos gritos de una chica. ¡Ailen! Gritaba.
Todos los empleados, que siempre hacían lo posible para mantenerse cerca de la anciana sintieron un gélido escalofrío por la espalda.
La taza de té cayó al suelo casi al mismo tiempo en que Rosa intentaba librarse del cómodo sillón. Uno de los empleados la ayudó mientra que otro abrió la puerta del frente para salir a ver qué había sucedido.
Cuando Rosa atravesó la puerta uno de los empleados intentó evitar que siguiera avanzando para evitar que viera la escena, pero la mirada fulminante de la anciana lo disuadió de hacerlo y se hizo a un costado.
Rosa cayó de rodillas y los demás empleados salieron a la calle a ayudarla. Los que llegaron primero pudieron ver cómo cada célula del amor que Rosa sentía por su nieta se transformaba en angustia y se reflejaba en su rostro al ver a su nieta casi irreconocible atropellada en la calle.
Ahora Rosa estaba perfectamente sola.

IV
Ernesto bajó el periódico y miró a Rodriguez.
-¿Excelente?, dijo con tono decepcionado. Pobre chica, era muy joven...no me malinterpretes, pero no entiendo qué utilidad puede tener si ya esta muerta.
Rodríguez se acomodo en la silla.
-No me refiero a la chica, sino a su abuela, respondió.
Ernesto no acotó nada, dejó que Rodríguez siguiera hablando.
-Fui al entierro de Ailen, solo guiado por la curiosidad y allí conocí a Rosa, su abuela. Su mirada reflejaba el vacío en su alma, igual que tu dos años atrás, antes de que lo llenaras con esta idea loca.
Ernesto no pudo mirar a los ojos a Rodríguez, por varios segundos evitó su mirada hasta que al fin habló.
-Una anciana, dijo Ernesto con tono pensativo. ¡Podría funcionar!
Luego miro fijamente a Rodriguez. Te recuerdo que tu no te estás negando a ayudarme en mi “Idea Loca” le reprocho Ernesto a Rodríguez.
-Soy curioso, respondió Rodriguez sin dejar escapar un solo gesto que revelara sus emociones. -No lo confundas con interés agregó para acabar la respuesta.
Luego, con la vista le indicó a Ernesto que tomara otro periódico. Ernesto obedeció y tomó el siguiente de la pila. Luego de leerlo lo dejó sobre el escritorio.
-Mmmmm una violación…¿Por qué piensas que podría ser diferente a las demás víctimas de violación? Las violaciones no cuadran con el perfil de gente que buscamos...
-Que TU buscas, corrigió Rodriguez. Luego cruzó las piernas para intentar ponerse cómodo, convencer a Ernesto a veces era algo que requería tiempo.
-Esta mujer es diferente, comenzó a explicar Rodriguez. No se ha retraído en la angustia o el miedo, el odio pasó a formar parte de ella. Creo...
-¿La fuiste a ver? Interrumpió Ernesto.
-Si, la fui a ver. respondió Rodríguez un tanto frustrado por la interrupción.

Rodríguez ya se había involucrado bastante en el proyecto, primero fue a ver a Rosa y luego a Samanta, Ernesto estaba convencido que solo era cuestión de tiempo para que forme parte del proyecto.
-¿Puedo continuar? Le pregunto Rodríguez a Ernesto.
-Si, lo siento.
-No le queda más que odio, continuó explicando Rodriguez. Uno se da cuenta tan solo verla. Creo que encaja perfecta para cumplir un rol en tu proyecto.
Ernesto se recostó sobre el respaldo de su silla. El interés creciente de Rodríguez en el proyecto lo había alegrado más de lo que creía, a tal punto que no pudo evitar la lucha con la sonrisa emergente en su rostro al momento de hablarle a Rodríguez.
-Si tu dices que puede funcionar, entonces la incluiremos, aceptó Ernesto.
Rodríguez lo miró directo a los ojos con una expresión severa.
-Esta bien, la “incluiré”, se corrigió Ernesto mientras tomaba el último periódico.

Ernesto leyó por unos segundos el artículo que trataba de un intento de homicidio a un intendente.
Ernesto bajó la mitad del periódico con la intención de poder ver el rostro de Rodríguez. Sabía que Rodríguez tenía la mejor cara de poker del mundo y eso hacía que Ernesto intentara esmerarse para tratar de robarle algo al gélido rostro. En esta ocasión tampoco lo logró.
Rodríguez lo estaba mirando fijamente y al cabo de unos segundos le dijo.
-¿Que? ¿No te gusta?
Ernesto lo siguió mirando por un rato más, y luego respiró profundo para decir.
-Estoy seguro que fuiste a ver a este hombre, Ernesto miro el diario unos segundos para rescatar el nombre de entre las letras, Gustavo, ¿es correcto?
Rodriguez apartó la mirada de Ernesto y la enfocó en el enorme ventanal que había detrás de su amigo.
-Es correcto, respondió Rodriguez.
Ernesto se levantó y caminó hasta el aparador donde guardaba el Whisky. Apoyó la mano sobre una pequeña superficie circular con relieve que apenas resaltaba en el mueble y un mecanismo hizo que una repisa saliera desde dentro y dejará expuesta varias botellas, luego otra más pequeña con varios vasos hizo lo mismo. Ernesto tomó dos pequeños recipientes de lujoso cristal labrado, puso un poco de hielo y luego los completó hasta la mitad con whisky. Cuando los iba a tomar recordó el problema de Rodríguez, apartó uno de los vasos y se llevó el otro. Se dio vuelta y volvió al escritorio.
-Cuéntame lo que no veo en este artículo por favor, pidió Ernesto con tono burlón.
Rodríguez sabía muy bien que Ernesto era una persona muy inteligente, mucho más que él y por eso disfrutaba acorralándolo, no dejarle otra salida más que preguntarle.
Rodríguez dejó a un lado su cara de poker y le mostró a Ernesto una sonrisa de satisfacción.
Mientras Ernesto se acomodaba en su silla, Rodríguez explicó.
-Gustavo trabajaba con su hijo en una de las estancias de Eduardo, el intendente. Es sabido, entre el ambiente político, que el apetito sexual de Eduardo es bastante grande y para un intendente que quiere dar una imagen familiar a sus votantes esto es una complicación. Ahí entra Gustavo en escena. El hombre fue testigo de una de sus fiestas “privadas” y Eduardo no tuvo otra alternativa que preservar su imagen. Lo encerró en un establo junto a su hijo y prendió fuego el lugar. Por esos caprichos del destino Gustavo logró salir pero su hijo no, el chico murió incinerado mientras su padre veía todo el show. Luego de lo sucedido con su hijo, Gustavo descubrió el monstruo que era su jefe. Fue dado por muerto hasta que intentó matar a Eduardo, lamentablemente Gustavo era un peón de campo y no un asesino, falló. Ahora está en la cárcel esperando el juicio que seguro lo enviará a la cárcel de por vida.
Ernesto tomó el trago de whisky de una sola vez con un movimiento rápido. Afectada por el alcohol del trago, la voz sonó un poco más grave.
-Es buena elección, dijo contento Ernesto, -La primera prueba la va a pasar seguro y en el proceso eliminamos a Eduardo, un pez gordo. Buen trabajo.
Ernesto dejó el vaso en el escritorio y desdibujó toda expresión de su rostro, la mirada fría de Ernesto atacó los ojos de Rodriguez.
-Solo falta algo, hizo una pausa y tomó aire. Tú. ¿Estas conmigo en este proyecto o no?
Rodríguez tomó del escritorio los periódicos, se levantó de su silla y los colocó en la máquina destructora de papeles, un ruido agudo sonó mientras los periódicos eran cortados en finas tiras, luego tomó la bolsa donde iban a parar los desechos. Con el pie pateo el tacho de basura de metal de Ernesto lejos de la alfombra, vacío la bolsa con las tiras de papel dentro del tacho de basura y las prendió fuego. Luego de que no quedara rastro de llamas, volvió al escritorio, tomó su maletín y se dirigió hasta la puerta.
Ernesto observaba impaciente todos los movimientos de su amigo.
Rodríguez tomó el pomo de la puerta, la abrió y se detuvo, luego miró a Ernesto.
-Lo voy a pensar, dijo Rodríguez y luego salió de la habitación.
Ernesto quedó solo en su enorme oficina moderna.


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