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Domingo 10 de Diciembre de 2017

Nada que perder - capítulo 2

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Categoría: Novelas | Fecha: 18/05/2016
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LA PRUEBA

I

Habían pasado dos días desde la reunión con Rodríguez y Ernesto esperaba impaciente su respuesta. En su lujosa habitación, sentado al pie de una cama excesivamente grande para solo una persona, el vicepresidente de la compañía MedCom miraba televisión. No quería dejar pasar ni un solo detalle del caso de Gustavo Figueroa, el hombre que había intentado matar a Eduardo Gomez Leunda, el intendente. Luego de mirar por un buen rato, el sueño comenzó a ganar más importancia que la información y decidió que era hora de irse a la cama. Los últimos dos días el sueño había sido un lujo que no había podido darse gracias a la ansiedad por recibir la respuesta que tanto anhelaba. Sacrificar tiempo para informarse y aprovecharlo durmiendo era un buen trueque dado el valor que había adquirido el sueño. Miro el reloj sobre su mesa de luz, las nueve y media de la noche. Era muy temprano para irse a dormir, demasiado para lo que estaba acostumbrado, inclusive antes de ser víctima de la ansiedad, pero el sueño atrasado exigía su tributo el cual iba a ser pagado con muchas ganas. Acomodó su almohada y el vicepresidente se entregó al sueño.
El sonido del celular despertó a Ernesto como si fuese la sirena de un barco. Por unos segundos no supo qué sucedía, cuando entendió, estiró la mano y tomó el aparato que había destruido su sueño. Lo miro y le costó unos segundos a sus ojos acostumbrarse al brillo. Abrió y cerró los párpados varias veces para intentar acostumbrar la vista. Lo primero que vieron sus ojos fueron los pequeños cuatro números que indicaban la hora. Las tres de la mañana. Luego pudo ver el nombre de quien lo estaba llamando, Rodríguez. En cuestión de segundos el sueño se había ido completamente, la respuesta que esperaba estaba por llegar. Atendió el teléfono y saludó a su amigo. No obtuvo ninguna respuesta y al cabo de un tiempo, la voz de Rodríguez se escuchó. Sonaba como si hubiese estado bebiendo demasiado pero las palabras se entendieron perfectamente
-Estoy contigo. Luego nuevamente el silencio, la comunicación se había cortado.
Esa noche, Ernesto, tampoco pudo dormir.

II

Altamirano abrió los ojos, la habitación del hospital estaba calurosa, como casi todas las habitaciones de hospital. Se incorporó en la cama y el dolor que hacía varios días le molestaba volvió a hacerlo. Con las manos se tocó la cabeza y sintió las vendas que cubrían su herida. Los recuerdos volvieron, su mujer, sus hijas, todas muertas. Una sensación de angustia se instaló en el pecho, tan grande que era imposible medirla y le quitaba todas las ganas de vivir. Se dejó caer de nuevo en la cama y lentamente los ojos comenzaron a cubrirse de lágrimas.El televisor estaba encendido y estaban pasando las noticias. Altamirano las veía sin prestarle atención, la angustia le impedía tener contacto con el mundo. Las noticias hablaban de un intendente secuestrado y una prisionero fugado y que pese a todos los esfuerzos de la policía nadie podía encontrarlos. Altamirano se dio vuelta para el otro lado de la cama, para no seguir viendo la televisión, el mundo ya no era un lugar grato para vivir.
Luego de un tiempo se levantó de la cama, buscó en toda la habitación hasta que encontró un cuchillo de plástico con el cual había cortado la comida del mediodía. Se lo colocó en el cuello y respiro profundo, estaba decidido a acabar con su dolor.
-Mala idea doctor. Alguien le habló por detrás. -Usted debería saber lo resistente que es la piel. Con un cuchillo de plástico va a ser muy lento y doloroso llegar hasta una arteria.
Altamirano pensó por un momento y se dio cuenta de lo inútil de su idea. Se dio vuelta y no vio a un enfermero, como él suponía, en su lugar vio a un hombre vestido de negro con un pasamontañas haciendo juego que le cubría todo el rostro menos los ojos y la boca. Altamirano dio dos pasos hacia atrás y se llevó por delante la mesa donde estaban los restos de la comida. La bandeja donde había estado el cuchillo de plástico cayó al suelo.
-No se asuste, no vengo a hacerle daño, vengo a rescatarlo, dijo el hombre de negro y sacó una pequeña pistola de plástico con la cual le disparó. Era una pistola de Shock eléctrico y cuando Altamirano se dio cuenta fue tarde, ya estaba inconsciente.

III

El saco de té flotaba a la deriva dentro de la taza, el vapor se elevaba suavemente dibujando pálidos arabescos húmedos y a Rosa eso le importaba un carajo, ya todo le importaba una carajo. Miro la taza por un rato y luego tomó el periódico, no porque tuviese interés en leerlo sino por la fuerza de la rutina, una rutina de muchos años. Miró los encabezados, muy parecidos a los de ayer, el intendente desaparecido y otros más. Hoy, solo tres nuevos artículos contrastaba con la repetición de los anteriores, un robo, un político anunciando una reforma y un médico secuestrado.
Dejó el periódico, se levantó de la silla y tomó la taza, de la cual no había tomado ni un solo trago y la llevó hasta el fregadero. Sentía sueño y no quería hacerlo esperar, dormir era lo único que hacía que Rosa no pensara en Ailén. Luego de dejar la taza, sobre el enorme fregadero, escuchó un ruido detrás de ella. Un empleado supuso y se dio vuelta para saludarlo. Un hombre de estatura media, vestido de negro y con un pasamontañas, que no dejaba distinguir las facciones más importantes de su rostro estaba parado a dos metros. Un ladrón, supuso.
-¿Busca dinero? Bueno, ha venido al lugar correcto, jovencito, comenzó a decir la anciana. Rosa espero una respuesta que jamas salio de la boca del hombre. Como no respondía, Rosa decidió continuar hablando. -La juventud de hoy en día le da mucho valor al papel, por una suma insignificante arriesgan todo, ¿Y para qué? ¿Para que los demás le vean siendo lo que solo aparenta? Si supiera el verdadero valor de ser en lugar de valorar el parecer, el dinero no sería tan importante.
-No busco dinero.
-¿Que busca? Preguntó más curiosa que asustada.
-A Ud.
Lo primero que sintió Rosa fue miedo, pero muy rápidamente se disipó. Si venía a matarla le estaría haciendo un favor.
Las cosa que Rosa no quería siempre eran las que los demás deseaban con todas sus fuerzas. Tenía dinero, qué a ella no le servía de nada. A pesar de su edad, tenía buena salud, que tampoco le interesaba ya que le permitía seguir viviendo con la angustia de haber perdido a Ailen.
-¿Quiere mi vida? Desde su interior la gracia que le causaba lo que el hombre quería intentó formar una risa pero los mecanismos que hacen que una persona se ría ya no funcionaban, estaban trabados por el recuerdo de Ailen.
-Es suya, tómela si lo desea.
-No quiero matarla, Señora, todo lo contrario. Quiero ayudarla.
Rosa lo miró confundida por un tiempo.
-De todas las cosas que puede obtener en esta casa, busca la única que es imposible. La risa intentó salir pero no encontró los medios.
-Puedo ayudarla, pero necesito que venga conmigo.
-Si quiere que lo acompañe a algún sitio, vuelva en un horario normal, sin pasamontañas y lo escucharé. Ahora si no tiene más nada que hacer en mi casa le aconsejo que se retire antes de que llame a los empleados. Caminó con paso cansado por al lado del encapuchado con dirección hacia su dormitorio.
-Lamento tener que llevarla así, ya habrá tiempo para que nos presentemos como se debe. Sacó un pañuelo que le colocó con rapidez en la cara, cubriendole la nariz y la boca.

IV

Ernesto conducía y Rodríguez, junto a él en el asiento del acompañante, miraba serenamente por la ventana del lujoso auto de su amigo.
-¿La otra noche, cuando me llamaste, habías bebido? le preguntó Ernesto.
Rodríguez no contestó, siguió mirando por la ventana como si no hubiese escuchado.
-¿Sabes que si sigues haciéndolo podrias poner en peligro todo y a todos? Insistió Ernesto en busca de una respuesta.
Rodríguez se miró el antebrazo, debajo de la camisa había algo que lo deprimía, luego se lo apretó con fuerza, como si quisiera estrangularlo. Si Ernesto lo hubiese visto habría notado la expresión de tristeza en su rostro.
-No volverá suceder, respondió al fin y luego de unos minutos agregó. -Sabes que soy un peligro de todos modos.
-No es así, hace tiempo que no vuelves a tener ningún ataque, el último fue... prefirió no seguir hablando de eso. -Ya no eres un peligro, confía en mí.

Estacionaron en el garaje subterráneo de la compañía y subieron por el ascensor hasta la recepción del gigantesco rascacielos de la sede de MedCom. El hall de entrada era inmenso y luminoso, cientos de personas caminaban de un lugar a otro entre los rayos de luz que descienden oblicuos desde los enormes ventanales. Ernesto y Rodríguez se dirigieron hasta una hermosa chica detrás de un escritorio de madera con el logo de la compañía. La mujer miró a los dos hombres y los saludo.
-Bienvenidos, dijo con una voz que hacía juego con su belleza.
Los dos respondieron al saludo y la chica les dio una tarjeta vip de seguridad a cada uno que les permitía ingresar a casi cualquier lugar dentro del edificio.
-La reunión será dentro de media hora, la chica le recordó a Ernesto.
-Gracias.
-¿Calder estará presente?, preguntó Rodríguez.
-Si, el Presidente ha confirmado su asistencia, contestó la recepcionista.
Cuando los dos guardaron sus tarjetas la muchacha los saludo.
-Que tengan un buen día.
-Tendremos un día estupendo, no lo dude, le contestó Ernesto mientras se retiraba hacia uno de los ascensores.
Rodríguez lo miro.
-¿Era necesario?
Ernesto le guiño un ojo.
-Relájate, todo saldrá bien.
Cuando llegaron a la oficina de Ernesto, Rodríguez apoyó el maletín sobre el escritorio y Ernesto hizo lo mismo. Rodríguez abrió el suyo, sacó una ametralladora y varios cargadores. Ernesto sacó un pistola automática, una notebook y varios dispositivos que Rodríguez no supo identificar.
-¿Estás seguro que funcionara?, la informática no es confiable, pregunto Rodriguez.
Ernesto soltó una risa corta.
-Funcionará, ocupate de tu parte y deja la mía en mis manos.
-Las computadoras no son tan confiables como las armas, dijo Rodríguez mientras cargaba su ametralladora.
-Mientras no se se trabe una bala en la recamara…, le retrucó Ernesto y le dió unas palmada en la espalda. Cargó su pistola y abrió su notebook, tecleó un rato en ella.
-¡Todo listo! ¿Tu?.
-También.
Cerró la tapa de su notebook y guardó la pistola en su cintura.
-Entonces desaparezcamos, dijo Ernesto mientras abría la puerta de su oficina.

La sala de reuniones de la compañía era enorme, una mesa de madera de cinco metros de largo y de una superficie lustrada perfectamente se ubicaba en el centro acompañada de treinta sillas de la mejor calidad. Sentados cómodamente, ocho ejecutivos de la empresa MedCom esperaban la llegada del Presidente y del VicePresidente para comenzar la reunión. De camino a la sala de reuniones, Ernesto y Rodríguez subían en ascensor. Cuando el indicador luminoso del panel del ascensor indicó que faltaban pocos pisos para llegar, Rodriguez dejó caer su bolso negro al piso, lo abrió y observó el interior.
-¿Extraterrestres?, preguntó Rodríguez mientras sacaba una de las mascaras de plastico que estaban dentro del bolso.
-Estaban a buen precio.
Rodriguez agito suavemente su cabeza de un lado para el otro en un gesto de negativa. Luego le alcanzó una de las máscaras
Los dos comenzaron a quitarse los sacos, luego las camisas y por último los pantalones. Debajo de su ropa llevaban puesta otra más cómoda y negra, de esas que se usan para hacer ejercicios. Rodriguez coloco la ropa que ya no usaban dentro de su bolso, lo cerró y se lo colocó en el hombro.
-¿Estás seguro que desactivaste las cámaras? pregunto Rodriguez.
-No las desactivé, están funcionando.
Rodriguez lentamente torció la cabeza y miró fijamente, sin ninguna expresión, a Ernesto el cual le devolvió la mirada. Luego de dedicarle una sonrisa a su amigo, Ernesto comenzó a explicar.
-No te pongas tan dramático, por favor. Están activas pero los guardias de seguridad están viendo las filmaciones de ayer. Luego se puso la careta de extraterrestre.
-Bien hecho, dijo Rodríguez luego de que su rostro fuese reemplazado por el de un alienígena de plástico.

La sorpresa fue enorme para los integrantes de la reunión cuando vieron entrar a un par de sujetos disfrazados de seres del espacio exterior. Intentaron huir pero Rodríguez los disuadió cuando disparó varias veces con su ametralladora con silenciador. Todos volvieron a sus lugares y no lo intentaron nuevamente.
-Muy bien señores, pido un minuto de su atención, por favor. Dijo Ernesto mientras se subía a la mesa. Todos fijaron la mirada en el. Sacó su notebook del bolso y continuó diciendo.
-Todos ustedes son una amenaza directa para la gente de esta ciudad.
Las voces de los ejecutivos comenzaron a sonar en un murmullo preocupado.
-¡Silencio! Ordenó Ernesto, mientras Rodríguez mostraba su arma al público.
-Están aquí, retomo la conversación, para discutir cuál será la forma de maximizar las ganancias que va a generar la nueva droga que va a curar la enfermedad que piensan sembrar en la población. Ernesto miró su notebook para refrescarse la memoria.
-Generará una baja del 0,5% de la población de esta ciudad, ¡un total de veinte mil personas! las cuales, según su criterio, son necesarias para sembrar la necesidad de compra de su “Milagrosa” cura, el Trisalgim.
-Está loco, eso es un delirio suyo, se animó a hablar uno de los ejecutivos.
Ernesto camino por la mesa hasta llegar al lugar donde estaba sentado el que se había animado a hablar.
-¡Edgardo Parker Leimann! Contador, encargado de todo el dinero de esta compañía. Jamás se mueve un solo centavo sin que usted lo sepa. Le mostró la notebook.
-¿Reconoce el sistema que está corriendo en mi computadora?.
-Si, se parece al nuestro, respondió Edgardo.
-¡Es! el sistema de la grandiosa MedCom y lo que le voy a mostrar, usted sabe muy bien que solo existe en ese sistema.
Ernesto acercó un poco más la notebook para que Edgardo pudiese ver bien unos documentos digitales, los cuales estaban firmados por el contador.
-¡Imposible! Los nervios le dejaron la cara colorada. -Cómo tuvo acceso a esa información.
-¿Eso es lo único que le importa? ¿Está autorizando el presupuesto para la muerte de VEINTE MIL personas y lo UNICO que le interesa es su privacidad?
Rodriguez fingió una tos para que Ernesto lo mirara, cuando lo hizo le mostró el reloj de pulsera en señal de que se apure. El gesto fue entendido y fue al grano.
-Todos ustedes conocen la forma en que va a entrar al mercado el Trisalgim, los documentos los delatan. Sus bolsillos como los de la compañía se van a llenar de dinero gracias a la muerte de los inocentes y por eso nosotros estamos aquí. Ya que ustedes y la MedCom tienen mucho dinero de operaciones anteriores de la misma característica, les voy a pedir que me lo den para financiar mi proyecto.
Varios ejecutivos comenzaron a reírse y luego uno de ellos se animó a hablar
-¿Si quiere tengo mil pesos en mi billetera, le sirven?
Ernesto lo miro y se rió junto a él.
-Ejecutivos, dijo Ernesto en tono burlón. -Siempre pensando que son mas inteligente que los demás. No quiero lo que tienen en sus billeteras, quiero lo que tienen en sus cuentas. Miró a cada uno de ellos. -Ahora si son tan amables, por favor, quiero sus claves de acceso y sus tarjetas digitales. Rodríguez disparó varias veces al techo para remarcar que su amigo no estaba bromeando. Todos le dieron lo que pedía y una a una fue ingresando las claves y pasando las tarjetas por el lector de su notebook, luego los miro con una sonrisa y les dijo mientras mantenía un dedo sobre la tecla enter del portátil.
-Ahora están a un segundo de perder muchísimo dinero.
-Va a pagar por eso, dijo Edgardo, el contador de la compañía.
-No, usted va a pagar contador, le dijo y luego pulsó la tecla.
-¡Vamos a rastrear ese dinero, no se va a salir con la suya!, dijo desesperado otro de los ejecutivos.
El miedo de muchos ejecutivos había desaparecido; el dinero era algo sagrado para esta clase de gente.
-Estoy usando el mismo sistema de lavado de dinero que utiliza la MedCom, jamás la van a poder rastrear. ¿No es asi Edgardo?.
El regordete hombre miró el portátil y reconoció también ese sistema.
-Hijo de puta, te vamos a buscar por cielo y tierra, grito Edgardo. -No tenes ideas en lo que se están metiendo.
En ese momento la puerta de la sala de reuniones se abrió y entró Calder, el Presidente de la compañía. Rápidamente Rodriguez lo tomó por un brazo y se lo torció dejandoselo en la espalda para inmovilizarlo. No le fue fácil hacer eso, la contextura física del Presidente no era la de un ejecutivo normal, tenía una masa muscular importante que pasaba desapercibida debajo del traje.
-¿Qué es esto? Dijo Calder al ver a Ernesto con la máscara y la notebook.
-Lo estábamos esperando Presidente, le dijo Ernesto y Rodríguez tuvo que hacer un esfuerzo para hacer que Calder avanzara.
-Esto es un robo y voy a necesitar que me facilite sus credenciales para poder hacerlo. Sepa que ahora es presidente de una compañía casi en bancarrota y usted va hacia el mismo destino.
Calder comenzó a reírse.
-Realmente estoy impresionado por la habilidad que tienen. Hasta hoy pensaba que esta sala era la más segura de la ciudad. No les voy a dar nada de lo que me piden. La calma de Calder resultaba bastante inquietante.
Rodríguez intentó doblar el brazo del presidente para obligarlo a obedecer pero le fue imposible, estaba duro como una piedra. En cuestión de segundos, Calder se le soltó de las manos y de un revés lo hizo tirar el arma al suelo, luego, el presunto ejecutivo, descargó varios golpes. Rodríguez los esquivó con mucha destreza.
Los demás en la sala aprovecharon para intentar escapar y Ernesto sacó su pistola para detenerlos. Apuntó a la pierna del más rápido y disparo. El ejecutivo cayó al suelo herido y los otros se quedaron quietos donde estaban.
Calder y Rodríguez estaban trenzados en una pelea cuerpo a cuerpo digna de cualquier película de Bruce Lee. Ernesto no podía ayudarlo. Si apuntaba el arma en otra dirección que no sea la de los ejecutivos, estos intentarían escapar de nuevo.
Rodriguez esquivaba los ataques de Calder que cada vez se volvían más precisos. Ya no tenía ninguna duda en que no era un ejecutivo común y corriente, la destreza de su oponente no coincidía con la de un hombre de oficina, pero el tampoco era un hombre común, tenía habilidades de sobra para la lucha.
Rodríguez comenzó a tomar el control de la pelea hasta que Calder detuvo uno de sus golpes. La piel del antebrazo de Rodríguez quedó a la vista exponiendo un tatuaje. Era un código de barra, como tienen los productos en un supermercado, que le llegaba desde la muñeca hasta el pliegue del codo.
-Un “Quimera” dijo Calder sorprendido
Rodríguez quedó sorprendido por lo que dijo Calder y esa distracción le dio la oportunidad, a Calder, de acertar tres golpes veloces que dejaron a Rodríguez trastabillando y punto de perder el equilibrio.
Asumiendo que la pelea estaba perdida, el presidente aprovechó la oportunidad y salió por la puertas que conducía hacia las escaleras de emergencias.
-¡Intenta escapar! le gritó Rodríguez a Ernesto cuando logró recuperar el equilibrio.
-¡La puta madre! Hay que detenerlo, le respondió Ernesto y rápidamente fue hasta la puerta principal, la cerró y quebro la llave para que la cerradura quedase inutilizada.
-Por aquí no van a salir, dijo Ernesto pensando en los ejecutivos.
Rodríguez buscó su arma y no la encontró, Calder la había tomado. Ernesto corrió hasta la otra puerta de la sala, por la cual Calder había huido, y la traspaso.
-¡No, Ernesto, pará! intentó avisarle pero fue tarde.
Se escucharon varios disparos y Rodríguez corrió para ver cómo estaba su amigo. Ernesto estaba tirando en un rincón mientras se tomaba el hombro con una mano y la sangre caía lentamente al suelo.
-Perdón, me dejé llevar, me disparó.
Rodriguez rápidamente miró la herida.
-Solo ha dañado tu orgullo, da gracias por ello. ¿Ha subido?.
-Sí.
Rodriguez trabo la puerta para que los ejecutivos quedasen encerrados dentro de la sala de conferencias y levantó a su amigo.
-¿Puedes caminar?.
-Si, vamos a buscar a ese hijo de puta.
-¡No! ¡dejalo!.
Ernesto no le hizo caso, comenzó a subir las escaleras.
-Si sigues subiendo vas a lograr que te mate y contigo morirá el proyecto. Ese hombre no es lo que parece, déjalo ir, ya nos encargaremos de él.
Ernesto miró para arriba en las escaleras mientras escuchaba el ruido que hacía Calder al subirlas.
-¡LA PUTA MADRE! se desahogó mientras destruía a golpes la caja donde estaba el matafuegos de emergencias. No estaba acostumbrado a perder y comenzar el proyecto con una derrota lo frustraba demasiado.
-Debemos bajar, dijo Rodríguez, continuemos con el plan.
Bajaron las escaleras y cuando habían descendido cuatro pisos Rodríguez buscó en uno de sus bolsillos y sacó un detonador. No convencido de lo que había que hacer. El detonador activaba los explosivos que habían colocado en la sala de conferencia donde ahora estaban encerrados los ejecutivos.
-Hazlo, se apresuró a decir Ernesto con media sonrisa en la cara.
-Hazlo tú, y le tiró el detonador.
Ernesto lo tomó en el aire y se lo devolvió de la misma manera.
-No lo haré y le clavó su fría mirada. Estaba apunto de volver a arrojar el control cuando su amigo levantó una mano en señal de alto.
-¡Esperá! No pienses que vas a matar a ocho personas. Piensa que vas a salvar veinte mil personas. Pronunció silaba a silaba el número de personas.
-Si no son ellos, serán otros. El trisalgim no va a dejar de salir a la venta porque yo haga volar en mil pedazos a esos ejecutivos.
Ernesto se tomó el hombro herido.
-Tengo mucho dolor, quiero curar esta herida cuanto antes. Escucha, todos los documentos que revelan la existencia del trisalgim fueron borrados cuando robé el dinero de sus cuentas. Lo único que puede hacer realidad ese medicamento son esos ocho ejecutivos que están cuatro pisos arriba nuestro. ¡Veinte mil personas dependen de tu decisión!.
Rodriguez arrojo el detonador de nuevo hacia las manos de Ernesto.
-Salvalos, yo ya he matado demasiada gente, dijo Rodríguez cambiando su cara de poker por una de profunda tristeza.
El corazón de Ernesto se encogió al escucharlo, pero eso no iba a detener el proyecto. Apreto el boton y Rodríguez respiro profundamente, pero solo por un segundo, ya que la explosión que debía haberse escuchado nunca se escuchó.
-¿Qué sucede? ¡No funciona!
-Solo funciona si tu oprimes el botón.
Ernesto le mostró el detonador. El botón no era tan simple como Rodríguez pensaba. Tenía un lector de huellas digitales.
-¿Porque me obligas a hacerlo?
-No puedes estar en este proyecto a medias, o estás o no estás. ¡Decidete de una vez!. Salvas a veinte mil personas inocentes o salvas a ocho que matarían a sus hijos si fuese por dinero. En tus dedos está la decisión de que gente quieres dejar en este mundo. Le volvió a arrojar el detonador, dio media vuelta y comenzó a bajar por las escaleras. La consciencia de Rodríguez comenzó a trabajar arduamente.

Las personas que caminaban cerca del edificio de la MedCom sintieron como una explosión borraba de la existencia uno de los pisos de la estructura y junto con él, un puñado de ejecutivos jamas volverian a ser visto.
Los bomberos subieron hasta el demolido piso e intentaron buscar sobrevivientes. Nadie había logrado sobrevivir luego de tamaña explosión. Las investigaciones llegaron a la conclusión que había sido un atentado contra los ejecutivos de la MedCom pero el testimonio del Presidente Calder hizo que se supiera que había sido un robo, el cual al haberse frustrado, los involucrados habían decidido borrar sus rastro haciendo estallar todo el piso.
Entre los muertos se encontraban el contador de la compañía, el jefe de seguridad Rodríguez y el vicepresidente Ernesto, junto a otros siete ejecutivos que estaban reunidos en una junta empresarial.
El primer paso del proyecto estaba cumplido, ya tenían a los cuatro candidatos. El segundo paso había sido completado con bastante éxito, Ernesto y Rodríguez fueron dados por muertos en la explosión de la sala de reuniones de la MedCom y habían obtenido los recursos necesarios pero el presidente de la MedCom había escapado. El siguiente paso era la “prueba”.

V

La respiración se estaba volviendo molesta debajo de la capucha negra de tela que llevaba puesta Altamirano. Movía la cabeza de un lado para el otro para lograr librarse de la molestia que le cubría la cabeza. Quitarla con las manos le era imposible debido a que estaban atadas. Luego de varios minutos, las esposas que retenían sus manos se abrieron y cayeron al suelo. Rápidamente se sacó la incómoda capucha y respiró profundamente, era agradable sentir el aire fresco entrando por la nariz. Cuando estuvo satisfecho de aire, comenzó a estudiar la habitación en donde estaba. El cuarto no estaba bien iluminado y no tenía ninguna ventana, solo una puerta de metal oxidado. Luego miró las esposas que estaban en el suelo y notó que había un pequeño dispositivo añadido al cerrojo el cual permitía abrir el mecanismo.
Delante de él había cuatro hombres sentados, inmóviles y en las mismas condiciones en las que él se encontraba segundos atrás.
-¡Ey! Despierten, les dijo Altamirano en voz baja, como intentando evitar que alguien más lo escuchara. No obtuvo ninguna respuesta. Lo volvió a intentar un poco más fuerte.
-¡Despierten, por favor! grito y el eco sonó en la habitación. Altamirano hizo silencio y miró a los lados de la habitación, temiendo que alguien más lo hubiese escuchado. Nada pasó, ni los cuatro hombres se despertaron ni nadie más parecía haberlo escuchado. Luego de unos minutos, tomó coraje y se levantó de la silla, lentamente fue dando pasos cortos hasta acercarse lo suficiente como para tocar a uno de los cuatro hombre.
Desde donde estaba logro ver una mesa que estaba más atrás de los cuatro hombre, que antes no había logrado ver. Sobre ella había una pistola y un cuchillo. Corrió, tomó la pistola y se acurruco en uno de los rincones del cuarto.
-¡Donde estoy! Estaba un poco más envalentonado porque llevaba un arma.
Nadie respondió. El silencio luego del eco que producía su voz lo estaba comenzando a asustar. Miro la puerta de metal y caminó hasta ella. Intento abrirla pero estaba bloqueada desde afuera. Comenzó a patearla pero era muy sólida. Pensó en disparar contra ella, pero abandonó rápidamente la idea al ver que no había cerradura ni picaporte, no tenía a que dispararle.
Uno de los hombres comenzó a quejarse. Se acercó y le sacó la capucha. Cuando vio el rostro del hombre, la sorpresa hizo que la pistola se le escapara de las manos.
Un chirrido agudo seguido de dos sonidos graves y breves se escucharon en la habitación, como el sonido que hacen los parlantes cuando alguien prueba un micrófono.
-Doctor Altamirano, dijo una voz a través de un parlante, colgado en el techo, cerca de en una de las esquinas.
Altamirano no escucho, a pesar de que la voz se escuchó perfectamente; estaba totalmente sorprendido a tal punto que el mundo exterior no podía alcanzarlo.
-¡Doctor Altamirano!
Las lágrimas le comenzaban a correr por las mejillas. No podía dejar de mirar a ese hombre que le había quitado tanto.
-¡DOCTOR ALTAMIRANO!, la voz sonó distorsionada, debido a la saturación del parlante, la persona que estaba hablando había subido el volumen al máximo. Se dio vuelta asustado y miró el parlante.
-Gracias por su atención, Doctor. Como ya habrá notado, la persona que tiene delante suyo es Alan, uno de los malvivientes que le quitaron todo. Los demás son sus amigos, los mismos que entraron a su casa.
Le quitó la capucha a los otros tres hombres. El del parlante no estaba mintiendo. Esos eran rostros que un hombre no olvida jamás.
-¡¿Qué significa esto?! ¡¿Por qué estoy aquí con esta mierda?!
-Está aquí con esa mierda para hacer justicia. Pero primero le voy a explicar cómo llegaron esos cuatro hombres hasta ahí. Luego de que mataran a su familia, los cuatro hijos de putas siguieron haciendo su vida, disfrutando de su dinero, como si nada hubiese pasado. Nadie los arresto, nadie los metió en una cárcel, nadie hizo nada. ¿Sabe por qué, Doctor?
-No, no lo se. Estaba enfurecido, la respiración era profunda y rápida y no podía dejar de mirar a Alan.
-Porque pertenecen a una banda, que se dedica a saquear casas, de la cual su jefe es un comisario que casualmente dirige la comisaría de su barrio. Este comisario jamás encontró pruebas en contra de ellos por motivos obvios, eran sus cómplices. Nosotros, sin saber quienes eran, investigamos su caso y los encontramos. ¿Sabe cuánto tardamos en ubicarlos, Doctor? Dos días en dar con todos. Oh Si, la justicia es muy perezosa cuando no tiene los ojos vendados. Ahora le voy a contar qué significa esto.
Se escuchó un golpe seco en la puerta sólida de metal, Altamirano miro y noto que estaba entreabierta. La habían desbloqueado.
-Esto es una segunda oportunidad para aprovechar su vida. Cuando lo encontramos estaba a punto de quitársela. Nosotros lo evitamos y ahora le pedimos que la aproveche ayudándonos. Pero primero tiene que tomar una decisión.
-¿Cual decisión?
-Puede salir de la habitación y volver a su vida, dejando que la basura que tiene delante de usted quede sin castigo o los mata haciendo de este un mundo mejor y luego escucha lo que tenemos para ofrecerle. ¿Que va a hacer doctor?
Miró la pistola que había dejado caer y la levantó.
Los gritos ahogados por la mordaza de Alan se escucharon bastante fuerte. Había escuchado al hombre del parlante y ahora sabía que la muerte se acercaba al ver al Doctor parado frente a él con el arma en la mano.
Le apuntó a la cabeza pero le fue imposible matarlo a sangre fría, por más que se tratase de la persona que había matado a sus hijas y su mujer. Hay personas que no pueden dejar de ser seres humanos y matar a sangre fría bajo ninguna circunstancia. El odio por ser tan cobarde o tan humano hizo rodar lágrimas por sus mejillas y lo obligó a soltar un grito de desahogo. Agacho la cabeza y dejó caer el arma nuevamente. Derrotado comenzó a caminar hasta la puerta.

En otra habitación, más pequeña con una mesa de madera sobre la cual había una notebook, Ernesto y Rodríguez veían a Altamirano dirigirse a la puerta. La tensión en Ernesto era evidente.
-Te dije que no iba a pasar la prueba, no es fácil matar a otra persona. Me debes cien, dijo Rodríguez.
-No es momento para bromas, esto no estaba planeado, ¡La putisima madre!
Rodríguez, fiel a su cara de poker, no hizo ningún gesto ante la frustrada respuesta.
-¿Quién está bromeando? Me debes cien. Por dentro sentía mucha gracia al ver a su amigo así de nervioso.
Ernesto se levantó de la silla y comenzó a ir de un lugar a otro dentro de la habitación, pensando en lo próximo a hacer. Rodríguez no le dio mucha importancia y siguió viendo a Altamirano.
-!Ey, ven! Mira, se ha detenido justo antes de salir. Ernesto, que estaba hablando solo y en voz baja en un rincón de la habitación, vino en menos de un segundo.

Con cada paso que daba Altamirano, el peso de la angustia y del odio hacia sí mismo se triplicaban y cuando extendió la mano para abrir la puerta un escalofrío le comenzó a recorrer la columna vertebral y se le erizaron los pelos del antebrazo. Como si de repente la temperatura hubiese descendido diez grados.
-¡Papa! Dijo fuerte y claro la voz de una chiquilla detrás de él.
Abrió los ojos de par en par, se dio vuelta casi al instante y vio a su hija más pequeña, Lucía.
-¿Te vas a ir? La niña estaba con entrecejo fruncido.
-Lucía, mi amor. ¿Cómo es posible? Yo vi cuando… Se cubrió la boca con la mano para evitar mencionar el doloroso episodio. Luego notó que Lucía estaba vestida exactamente igual que la última vez que la vio.
-No puedes irte y dejarlos sin castigo. ¡Recuerda lo que me hicieron! !Recuerda lo que le hicieron a Mami y a mi hermana! La niña se acercaba lentamente.
-Pero hija, no puedo...lo siento… se arrodillo y se cubrió el rostro con las manos para evitar que lo viera llorar.
-¡Papa, mirame!. Le ordenó.
La cara de la niña estaba a milímetros de la de él y sin embargo no podía sentir su aliento. Sólo sentía frío.
-No llores papi, te voy a ayudar y lo abrazo.

Ernesto miraban de pié la pantalla totalmente nervioso o ansioso o las dos cosas al mismo tiempo. No saber qué estaba haciendo Altamirano lo estaba alterando.
-¡Vamos Doctor! ¿Por qué está pensando tanto? Decídase de una vez.
Los dos lo vieron actuar raro, allí frente a la puerta, pero no vieron a ninguna niña.
-¿Que hace? Preguntó Rodríguez totalmente intrigado mientras veía como el Doctor se erguía para luego caminar con paso rápido y decidido hasta la silla donde estaba sentado Alan.
-No tengo idea. Y tomó asiento junto a su amigo.

Altamirano volvió a levantar el arma del suelo, caminó hasta donde estaba Alan y se detuvo. Le apuntó a la cabeza, lo miró y luego sonrió.
-Muy rápido. Bajó el arma, caminó rápidamente hasta la mesa, tomó el cuchillo y volvió. Sin más, se lo clavó en el estómago. La sangre lentamente comenzó a entibiar la mano.
-¡Esta es por Mariana! Le sacó la mordaza. Quería escuchar sus gritos.
-¡Esta es por Lucía! Le volvió a enterrar el cuchillo. Esta vez la sangre le salpicó las piernas.
Los tres compañeros de Alan comenzaron a moverse para intentar soltar sus ataduras mientras intentaba gritar a través de las mordazas.
-Tranquilos, hijos de puta, ya les va a tocar a ustedes. Enterró nuevamente el cuchillo.
-¡Esta es por Sabrina! Sonrió al verlo retorcerse de dolor cuando el cuchillo estaba dentro.
-¡Y esta es por mi! Hundió con toda sus fuerzas el cuchillo y luego lo movió como si estuviese sacando un tornillo.
El malviviente ya no se movía, se había desangrado. Parte de sus intestinos caían al suelo a través de las heridas. La expresión del cadáver había quedado congelada en una mueca macabra que parecía estar sonriendo. No le gustó y comenzó a darle golpes de puños por varios minutos. Los nudillos del Doctor estaban cubiertos de sangre. Se miró las manos y comenzo a reirse como loco un rato más. Cuando se cansó, escupió el cadáver. Caminó hacia los demás para repetir el trabajo y mientras lo hacía, las carcajadas rebotaban en las paredes dándole eco a un sonido demencial.

-¡Si, bien hecho Doctor! Dijo Ernesto satisfecho. -Creo que me debes cien.
Rodríguez sacó su billetera y le pago sin darle demasiada importancia para evitar haga mucho alarde.
-Yo no me alegraría tanto, algo no está bien con lo que acaba de suceder. No me sorprende que el Doctor los matara, lo que me sorprende es la forma en que lo hizo. No es una persona sanguinaria que disfrutaría, como lo hizo, la carnicería que acabamos de ver.
-Exageras, esas personas le quitaron todo, no es raro que se quiera desquitar. Aceptalo, gane la apuesta. Ocultó su preocupación. Tenía razón, algo no estaba bien.


Rosa se levantó en una habitación muy parecida a la de Altamirano, con la diferencia que en esta habitación solo había una sola persona atada y encapuchada enfrente.
Cuando las esposas cayeron al suelo se quitó la capucha. Ernesto comenzó a hablar a través del parlante. Lo que le explicó no fue diferente a lo que se le explicó a Altamirano.
-Esa persona de allí, es el responsable directo de la muerte de su nieta.
Rosa camino hasta el hombre atado en la silla y le quitó la capucha.
Conocía al muchacho, lo tuvo que soportar en todo el proceso judicial. El juez sentenció que el delito de destrozar a su nieta con un vehículo de doscientos caballos de fuerza se debía pagar con la revocación del carnet del conductor, solo por el periodo de diez años. Una persona que sube a un auto para correr en la vía pública sabe que puede matar. Entonces: ¿Qué diferencia hay con alguien que sale a robar armado y termina matando a una persona? Los dos salen a delinquir y son conscientes que tal vez pueden llegar a matar. ¿Si el ladrón de casas mata, tendríamos que quitarle la licencia de portar arma, en el caso que la tuviese?
-Tu cara me da ganas de vomitar. Caminó hasta la mesa y tomó la pistola.
-Rosa, tiene que tomar una deci..., No terminó de concluir la frase. Diez disparos se escucharon en la pequeña habitación.
Rosa habia descargado el arma en el cuerpo del muchacho.
-Deja de hablar, le dijo Rosa. -No tengo que tomar ninguna decisión. Hagan conmigo lo que ustedes quieran. Luego tiró el arma al piso y miró al parlante. -Tendrían que haber puesto mas balas. Dijo con tono disgustado

Ernesto y Rodríguez se quedaron viendo la pantalla de la notebook por unos minutos. Ninguno encontraba palabras para decir.
Ernesto lentamente giró la cabeza hacia su amigo.
-Pasemos a Samanta.
-Sí, mejor.

Altamirano cruzó la puerta del cuarto donde había masacrado a cuatro personas. Sentía el estómago revuelto. Recordaba todo pero era como si fuese algo que sucedió parte en un sueño y parte en la realidad. Le revolvía el estómago.
Estaba en otra habitación, una más grande pero casi igual de vacía que la anterior salvo por una mesa en el centro con cuatro sillas. Al lado de la puerta por donde él había ingresado había tres puertas más y enfrente de él, pasando la mesa, había otra que tenía sobre ella un enorme ventanal por el cual no se podía ver nada.
Miro la parte de atrás de la puerta por la cual había salido, un mecanismo hacía que se abriera y se cerrará automáticamente. Estudió detenidamente la habitación hasta que un ruido mecánico llamó su atención, la puerta que estaba al lado de la de él se había abierto y una anciana comino a través de ella.
Los dos se quedaron viendo por un rato sin saber que decir, hasta que Rosa rompió el silencio.
-No te ves bien muchachito, ¿de donde te han sacado, de un hospital? dijo al ver la bata blanca que llevaba puesta Altamirano.
El malestar del estómago se agudizó, sintió arcadas y volcó todo el contenido de su estómago cerca de los pies de la anciana.
-Agh, lo último que me faltaba, encerrada vaya a saber en dónde y con las pantuflas estropeadas, le recrimino mientras le clavaba una mirada de odio.
-Lo siento, dijo mientras se secaba la boca con la mano. ¿Entonces usted no es quien me ha encerrado aquí?
-Por supuesto que no, le contesto mientras le indicaba con las manos que viese su camisón rosa con puntillas en el cuello. ¿Que clase de persona rapta a otra en camisón? Es evidente que tu y yo estamos en el mismo problema.
Altamirano tomó un poco de aire, recobró la postura erguida y se acercó a Rosa, le extendió la mano para saludarla. La anciana se quedó viendo la mano con la cual se había secado el vómito.
-¿En serio? Miró al Doctor con cara de asco. -¿No te conformas con estropear mis pantuflas, ahora quieres ensuciarme la mano?
Altamirano sintió un poco de vergüenza por la torpeza.
-Oh, lo lamento. Escondió la mano. -Mi nombre es Altamirano, Doctor Altamirano.
-No te disculpes, no hace falta. Soy Rosa, en algún momento también tuve un título, pero deje de darle importancia, le dijo en referencia a que él había mencionado que era Doctor. Estiró su mano izquierda y se saludaron.
Cuando los dos dejaron de estrechar sus manos, otro ruido mecánico sonó en otra de las puertas, luego se abrió y comenzó a salir humo desde dentro y algunas llamas. Rápidamente una mujer salió y la empujo con todo el cuerpo para cerrarla.
La mujer era hermosa, tenía una figura perfecta, las puntas de sus cabellos rubios estaban chamuscados al igual que casi toda su ropa deportiva y, por el humo que brotaba, parecía que algunos sectores todavía no se habían extinguido. Sus grandes ojos azules se detuvieron sobre Rosa y Altamirano.
-¿Usted es el que me hablaba por el parlante? Le hablaba a Altamirano. -Ja, me esperaba otra cosa. Se sacudió la ropa con las manos para evitar que se prendiese fuego.
-Lamento decepcionarte jovencita, estamos en el mismo problema que usted, le dijo Rosa con voz calma, luego miró el cabello de Samanta que todavía estaba humeando. -Creo que necesitas apagar varios mechones de tu pelo si no quieres quedar totalmente calva.
Comenzó a golpearse la cabeza suavemente hasta que el humo dejó de salir.
-Que decepción, quería escuchar la propuesta que me iba a hacer. Se continuó revisando la ropa en busca de alguna chispa.
-Creo que la vamos a escuchar cuando el que está detrás de aquella puerta salga, dijo Altamirano mientras le señalaba la única puerta que todavía no se había abierto. Luego se acercó a Samanta y le extendió la mano izquierda. -Soy Altamirano y ella es Rosa.
Miró la mano del Doctor y luego soltó una risa burlona.
-¿Por qué saludas con la izquierda?
-Estoy seguro que no vas a querer estrechar mi otra mano.
-Yo soy Samanta. Estrechó la mano izquierda del Doctor y le hizo un gesto con la cabeza a Rosa.

La última puerta se abrió y un hombre alto y morocho, con músculos marcados en su overol, salió por ella. Llevaba puesto ropa de reo, toda gris y de la peor calidad existente. Vio a los tres y comenzó a correr hacia el Doctor. Con una embestida lo tiró al piso. Se sentó sobre él y lo comenzó a golpear
-¡Infeliz! No me encerraran aquí, gritaba como loco mientras descargaba golpes de puño.
-Espera, espera, yo no te encerré aquí, estoy encerrado como tú, basta. Con esfuerzo Intentaba desviar los golpes
Samanta tomó una de las sillas de la mesa y la usó para golpearlo en la espalda. Cayó al suelo boca arriba al lado de Altamirano.
-Negro de mierda, usá la cabeza antes que los puños, le dijo Samanta mientras sostenía la silla en sus manos.
El tamaño del morocho presidiario era difícil de ignorar y Rosa temió por la seguridad de todos si no lo calmaban
-Estamos todos igual que usted en esto, muchacho, dijo Rosa con un tono que solo usan las madres para calmar a sus hijos y luego se acercó a Altamirano para hacerle una seña para que se levante rapido.
Altamirano se levanto, tomo una silla por si tenía que defenderse y se colocó junto a Samanta.
El reo se sentó lentamente y miró a Rosa, la anciana no parecía una persona que le fuese a hacer daño. ¿Quién le puede temer a una anciana en camisón?
-Disculpen, me dejé llevar, dijo apenado.
Altamirano dejó la silla, se acercó y le extendió la mano.
-Levántate campeón, pero prométenos que no vas a golpear a nadie.
-Si, no se preocupe.
-¿Como es tu nombre?
-Gustavo. Levantó una de sus manos para saludar al resto.
Samanta soltó un gruñido de asco cuando la miro.

La luz del cuarto que estaba detrás del enorme ventanal se encendió y la sombra de dos personas se distinguía desde abajo. Los cuatro intentaron tapar la luz con sus manos para ver mejor. Una de ellas tenía un cabestrillo en el brazo, el otro tenía una escopeta en sus manos.
-Felicitaciones, han pasado la prueba, dijo el hombre del cabestrillo.


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