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Domingo 22 de Octubre de 2017

Café con leche y olé

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Categoría: Microrrelatos | Fecha: 10/12/2016
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Se escucha el vapor saliendo de una poderosa máquina que despierta a mucha gente todas las mañanas. La máquina express donde sale un oscuro brebaje con olor a café.
Se vuelca el humeante liquido en la taza. Se lo mezcla con otro muy espumoso: la leche.
Se posa la taza sobre un plato, seco y limpio. El encuentro se celebra con un ruido corto y seco. Taza y plato se amalgaman como si se abrazarán, para transportar el humeante café con la leche a la mesa. Pero nos falta todavía, para terminar este ritual. Las cucharas limpias están dispuestas a ser seleccionadas en un improvisado vaso que sirve de escurridor. La taza y el plato reciben a la cuchara malabarista, quien rebota sobre el plato, se cuelga de invisibles hilos y cae nuevamente sobre el plato, esperando a que la aplaudan. Pero no hay tiempo del otro lado del plato, dos sobrecitos de azúcar y dos de edulcorante.
Viajan raudas varias tazas subidas en una bandeja que lleva el mozo. Muchas almas necesitan ser despertadas. Es temprano.
Las tazas rebalsan de café con leche, pero salvo que los planetas no estén del todo alineados, el mozo entrega su envío, sobre la mesa, sin mayores cuidados, a su propio ritmo. Pero como si todo estuviese cronométricamente pensado, el líquido se acomoda en la taza y no se derrama. El azúcar ni el edulcorante se mojan y la cuchara queda inerte. De golpe se siente otro plato que posa sobre la mesa, las tres medialunas de manteca.
Ya podemos estar tranquilos, un día de semana intenta despertar, ya ha cumplido su primera tarea.
El letargo es grande. La cuchara está ansiosa y al final es zambullida en ese mar de café con leche. Cuando llega al fondo de la taza hace un tintineo como de campanadas. Ahora se sienten muchas de ellas tintineando.
Según el comensal, pocos son los que toman amargo, liberan tímidamente uno o dos pequeños sobres de azúcar o edulcorante. Se vuelve a sentir el repiquetear de muchas cucharas golpeando a las paredes de la taza, revolviendo para que lo dulce se enamore de lo amargo.
Cuando el juego termina, ahora el brebaje está listo para ser bebido, la cuchara es abandonada y queda sucia a un costado del plato. Los vestigios de los sobres del papel diseminados por la mesa y unos surcos blancos como copos de nieve que delatan que a la mañana cuando no se está despierto el pulso falla.


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