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por: autor palabra
Viernes 28 de Abril de 2017

Silencioso final

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Categoría: Cuentos | Fecha: 22/12/2016
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Eran casi las seis de la tarde de ese Domingo de infierno. Con 37 °C el pueblo era un horno y solo la perspectiva de un refresque por la noche permitía sobrellevar las oleadas de viento caliente del Norte. Los chicos estaban disfrutando del agua de la pileta con unos amigos y su madre que apuraba el bronceado para poder lucirlo en pocos días, para la Nochebuena. Norberto ya se había dado unos chapuzones, había jugado con los chicos y ahora se aprestaba a tomar unos mates mientras buscaba el libro que estaba leyendo por esos días en los estantes de la biblioteca, aguzando la vista para poder leer los títulos impresos sobre los lomos en la penumbra del living ya que no quería encender la luz para evitar la sensación de calor. Dio con el que buscaba y fue hacia la cocina.
Una melodía de organito loco le anunció que en el celular había una llamada. No sin un rezongo dejó la pava sobre el fuego, porque al agua aún le faltaba temperatura, y se encaminó nuevamente al living. Pensó por décima vez que conviene apagar los celulares en los días de descanso, y por undécima vez se respondió a si mismo que era necesario por si alguien debía transmitir una noticia importante: un fallecimiento, un accidente, algo feo.
Sin mirar el visor para ver quién era, tal cual era su costumbre, apretó la tecla verde y dio el hola de cortesía. Del otro lado, una voz femenina le pedía hablar con Norberto por lo que apuró una afirmación pensando en que había caído en la trampa de alguna encuesta telefónica o alguna venta de una tarjeta de crédito en promoción. La vocecita dijo entonces “Hola Nor, soy Graciela, Graciela M, de Tres Arroyos”. Todo se derrumbó en ese instante. Se apagaron los soles, se aplacaron los calores, una tela negra y pesada cubrió los muebles y la habitación toda, sabía que había vida fuera del límite que su piel marcaba, pero la percibía lejos, distante, ajena; sus piernas pidieron un descanso por lo que se sentó en el mismo lugar en el que se encontraba, incapaz de trasladarse. Así, apoyado de costado en el respaldo del sillón se preguntó si había entendido bien, y mil voces le respondieron que desde atrás del celular habían dado datos concretos: “Graciela M” y “de Tres Arroyos”. No podía seguir dudando, estaba claro que Su Graciela lo llamaba, y debía animarse a contestar, debía responderle a pesar de que le parecía que llevaba horas con el teléfono en la mano. Desde la cocina la pava pedía auxilio chirriando vapores, inútilmente, pues estaba en otro universo. Con un rasguido disonante pudo expresarle su sorpresa a la mujer y su alegría por escuchar su voz. No le dijo nada de su corazón latiendo a mil, de sus manos sudorosas y de las irreverentes mariposas que poblaban su estómago y que habían aparecido de la nada.
Entonces Graciela, a sabiendas de que su condición de iniciadora de la charla comenzó una explicación que incluía la forma en la que casualmente había llegado el número de teléfono a sus manos y sus ganas repentinas de saludarlo. Le contó que lo llamaba desde Capital, donde estaba viviendo desde hacía tres años, que estaba viviendo con sus dos hijos pues estaba separada desde hacía cuatro años y que estaba trabajando en un gran banco internacional que le permitía viajar y conocer. Mientras ella hablaba la mente de Norberto se repetía que era increíble que luego de tantos años de buscarla, de hurgar en las guías telefónicas, en los Colegios de Abogados, en las redes sociales; después de tantos intentos fallidos de comunicación, de tantos fracasos en lograr saber cómo estaba, cómo la trataba la vida, ella misma lo llamara y sin nada de por medio lo pusiera al tanto de lo acontecido. Ella también le preguntó sobre su vida, si se había casado y todo eso, por lo que Norberto comenzó a desgranar sucintamente sus últimos 25 años, pero no le dijo nada de sus búsquedas ni de las horas que gastó pensando en ella. Le contó de su trabajo, algo de su familia y mientras hablaba, del otro lado del teléfono Graciela sonreía pues muchas de las cosas que él relataba ella las sabía por espiar los estados de Norberto en las redes sociales, que no tenían filtro y eran accesibles para todos, no como los de ella que tenían bloqueos y omitían fotos a fin de preservar su intimidad.
En el relato, Norberto habló siempre en presente, se cuidó de hablar del pasado y especialmente del pasado cercano a los años en los que fue feliz junto a Graciela, pues sabía que ella, a no ser que hubiera cambiado mucho, no concebía reflotar cosas enterradas, aunque solo fueran recuerdos. Se cuidó mucho de acercarse a los 25 años pasados para no espantarla, y también para no arriesgarse a quebrarse y tener que dejar el relato por el simple hecho de ahogarse en sus propios suspiros. Se cuidó mucho de no usar el pronombre nosotros, porque sabía que para ella no había un “nosotros”, que eso había desaparecido hacía 25 años aunque no hubiera existido una causa específica sino una mezcla de inmadurez, intolerancia, intransigencia y necedad, todas en pequeñas dosis, pero suficientes para que la combinación haya arrasado un amor increíble y puro.
Norberto la conocía muy bien, sabía de su pragmatismo y de su rotunda negación a mover cosas del pasado, por eso el llamado le resultaba tan extraño, hermosa y enternecedoramente extraño. No podía seguir adelante sin saber el motivo del contacto. Entonces ella nuevamente le contó que casualmente un cliente del banco sacó unas tarjetas en busca de otro papel y ella pudo ver que una de ellas correspondía al Veterinario Norberto S, y que esa coincidencia increíble unida a la cercanía de las fiestas de fin de año la animó a llamarlo para saludarlo. Nunca le hubiera contado la verdad, ni en sueños le hubiera dicho que usando los datos extraídos de las redes sociales, mas alguna que otra búsqueda en internet y algún llamadito pudo hacerse de ese número de celular hacía 8 meses.
Hacía 25 años que no la miraba a los ojos, y que no escuchaba su voz, pero hay cosas que no se olvidan y la explicación le pareció algo forzada, quizá por ser muy detallada, o tal vez por percibir algún temblor fino en su tono de voz, pero estaba casi seguro de que el verdadero motivo no estaba explicado. La encrucijada sobre volver a preguntar o no se presentaba frente a él. ¿Valía la pena comenzar a insistir en algo luego de casi tres décadas sin hablar? No, no valía la pena el riesgo de perder esos momentos de alegría.
Graciela seguía hablando y aprovechando el impulso de la narración comenzó a despedirse, comenzó a enumerar deseos y buenaventuras. Norberto se dio cuenta para qué lado enfilaba la conversación y rebuscó en su cabeza para encontrar temas interesantes que permitieran seguir hablando. Horrorizado se dio cuenta de que había un vacío de tiempo que dificultaba el diálogo; su pena fue como un baldazo helado pues cayó en la cuenta de que no tenían algo que los uniera ni siquiera en una charla. Educadamente le agradeció el llamado, le pidió que volviera a repetirse y se animó a sugerir que algún día pudieran encontrarse, dicho como al pasar. La evasivas de Graciela y las respuestas elípticas le permitieron al hombre darse cuenta que el segundo llamado no existiría como así tampoco el hipotético encuentro.
Evitó quebrarse y le envió besos, cálidos abrazos y enormes olas de luz, mientras ella, con el rostro arrasado se las agradecía con monosílabos.
Se despidieron sin mas.
Norberto quedó mirando el teléfono como tratando de dilucidar si lo que había vivido había sido real o fruto de su imaginación. Aún le temblaban las manos y su cabeza era un torbellino de frases no expresadas que pugnaban por salir, pero que quedarían ahí. Estaba demasiado shockeado para decidir si debía estar feliz por el llamado o inmensamente triste por lo que no dijo.
La pava había dejado de sonar y el chirrido vaporoso había sido suplantado por un terrible olor a baquelita caliente.
Mientras tanto ella apretaba la tecla roja adivinando su ubicación pues las lágrimas contenidas no le permitían ver la pantalla. Entonces pudo descargarse y lloró, lloró por todo y durante un buen rato. La enfermera que asistía ese cuarto se asomó instintivamente y con delicadeza le apoyó la mano en el hombro preguntándole si necesitaba algo, si se sentía bien. No, estaba todo bien. Era solo una catarsis influenciada quizá por la cercanía a la siguiente dosis de quimioterapia que recibiría en 15 minutos. Además los rayos que le aplicaban paralelamente le socavaban la autoestima y no eran raros estos episodios.
Le agradeció el gesto a la enfermera y le dijo que ya estaba lista, que podían empezar con la rutina de los químicos.


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avatar Chinchorro bandera - Fecha: 02/01/2017, 18:41 hsme gusta (27)   no me gusta (24)

Gracias Matimaison, me alegra haber logrado ese efecto.
avatarMatimaison bandera - Fecha: 30/12/2016, 09:05 hsme gusta (18)   no me gusta (18)

Excelente relato con un final inesperado. Saludos cordiales.


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