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por: autor palabra
Miércoles 13 de Diciembre de 2017

El coleccionista.

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Categoría: Cuentos | Fecha: 06/12/2017
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El coleccionista.


Apenas amanecía, una manada de Recolectores, o mejor conocidos por los humanos como Chatarreros, rastrillaban una extensa zona de barro endurecido, en la que habían quedado atrapados hasta el límite de su resistencia varias máquinas, incluso se podía ver parte de una barcaza entera sepultada, con los androides que transportaba en su interior. Los Recolectores eran robot de tecnología y aspecto burdo, parecían jorobados botes de basura con patas cortas y largos brazos terminados en pinzas, que se movían lentos y agazapados hurgueteando el suelo en busca de desechos útiles, estaban hechos de un metal grueso pero muy deteriorado, sucio y lleno de mellas que contrastaba fuertemente con la elegancia de los cuerpos pulidos y brillantes de los Guardianes, Castigadores o Aplacadores. Su trabajo era recuperar material, piezas valiosas, metal, circuitos en buen estado que almacenaban en su interior hasta que el peso límite que podían cargar fuera alcanzado o el espacio disponible se acabara, para luego llevarlos a las fábricas donde eran reutilizados. Eran obreros que a veces hacían la preciada labor de recicladores y otras veces la de despreciables rapiñas, que no tenían escrúpulos en arrebatarles sus órganos vitales a aquellos androides caídos, incapaces ya de valerse por sí mismos, aunque estos no estuvieran totalmente muertos y aun tuvieran intensiones de seguir luchando por su existencia. No eran agresivos ni portaban arma alguna, pero eso no los hacía un botín fácil de coger, las manadas de Chatarreros siempre eran acompañadas de un par de Oteadores, unos gusanillos desagradables que caminaban sobre dos patas y se apoyaban de su cola para erguirse y girar la bola que tenían por cabeza, escaneando los alrededores en busca de cualquier amenaza, y alertando a medio mundo cuando la detectaban. Por su parte los Recolectores ante cualquier alarma, se cerraban herméticamente y se quedaban quietos hasta que se les ordenara lo contrario. Si uno de ellos se alejaba de la manada más de la cuenta y no se reintegraba pronto, se daba por hecho que una anormalidad había sucedido con él, tal vez podía haber sido raptado por humanos para extraerle las piezas, tal vez podía haberse encontrado con un obstáculo imposible de sortear o tal vez el robot había sufrido un daño que le impedía seguir con su trabajo, entonces la unidad caída en desgracia, de forma automática destruía su preciada carga con una potente explosión interna que de paso también acababa con sus entrañas. No eran más valiosos que la labor que realizaban y si algo de valor les quedaba, más temprano que tarde otro Chatarrero pasaría por ahí y lo cogería. En el lugar no solo se podían ver máquinas, también habían restos de animales arrastrados, árboles enteros descuajados, restos inservibles de los incontables vehículos que cubrían la tierra y sobre todo casas, un pueblo entero de hecho, arrasado y sepultado por el lodo y todo lo que este arrastró.

Uno de los Recolectores se diferenciaba claramente del resto, tenía una media luna blanca pintada sobre su cabeza, él, por supuesto, ni se había enterado de aquello, pero una pequeña cantidad de pintura le había caído encima por accidente y le había dejado esa caprichosa marca en la que nadie ponía su atención. Cerca de él, cuatro Chatarreros desmantelaban a un robot soldado partido en dos que aun funcionaba y que se resistía con desesperación al notar que quienes le habían encontrado no eran precisamente unidades de rescate, dos Chatarreros más se acercaban con cierta ansia. Pronto las protestas del soldado se silenciaron. El robot de la media luna siguió su camino sin detenerse, aquello le parecía aburrido, cierto era que estaba fabricado y programado para recuperar materiales útiles para la construcción de nuevas máquinas, pero al parecer, una de sus pieza internas reciclada, no había sido correctamente limpiada antes de instalarse y contenía un programa que no le correspondía y que de a poco se había abierto paso en su intrincado sistema, despertando en él una curiosidad anormal, un interés que lo absorbía gradualmente dejando su monótona labor principal en una categoría secundaria, su nueva afición le despertaba una adicción totalmente nueva, un apetito desconocido y que crecía con cada nuevo descubrimiento, con cada nueva pregunta, había tomado consciencia de la existencia de un rompecabezas gigantesco de piezas infinitas cuyo interés por encajar cada una se hacía cada vez más imperioso. Era un caso que solo se podía dar una vez en un millón, donde los innumerables factores necesarios coincidieran, pero la probabilidad muchas veces demuestra no saber de imposibles. El robot de la media luna, al igual que todos los demás Recolectores, reconocía los materiales valiosos rápidamente, diferenciaba sin problemas un censor térmico de una batería iónica y sabía muy bien cuando un motor o circuito estaba funcionando, podía repararse o definitivamente se había estropeado, pero lo que lo fascinaba por completo era descifrar qué servicio prestaba un cepillo de dientes encontrado con las cerdas chamuscadas o en qué parte del universo humano encajaba aquella palanca de los estanques de los retretes, lo mismo con encendedores, cortaúñas, anteojos, monedas o relojes y por qué razón existía tanta variedad de un mismo objeto, todo aquello se le hacía adictivo como una droga, pero por lejos, lo que más le encantaban eran los juguetes, tan interesantes y abundantes como aparentemente inútiles.

El autobús sepultado llamó su atención y lo cambió todo, en el primer asiento se veía un niño sentado, era algo completamente diferente a lo que el robot de la media luna había visto nunca, no tenía señales de vida, pero aquello era lo más próximo a un humano que había conocido jamás. Se trataba de un muñeco de los usados por los ventrílocuos, en perfecto estado o cuidadosamente restaurado. El robot se acercó intrigado, el autobús tenía una gran abertura por la que se podía entrar sin problemas y el Recolector no lo dudó, pero el muñeco solo era una carnada, colgado del techo, había un hermoso avión biplano modelo de la segunda guerra mundial, más allá encontró un gato de tela humanizado, sentado en actitud concentrada frente a un tablero de ajedrez con sus piezas en plena partida, tenía puestas unas gafas que le daban al robot por primera vez una pista de cómo se usaban, también encontró un globo terráqueo y un gran anuncio de tamaño natural de una chica en bikini que anunciaba algo llamado “Bloqueador solar” lo que para el robot de la media luna no tenía significado alguno. Una alarma en su interior se encendió, anunciando que su manada se alejaba y que debía reintegrarse, y aunque no podía desactivarla hizo algo aun más osado, la ignoró. Junto a la ventana del autobús, crecían tomates contenidos en recipientes de plástico, bajo estos, había una formación de hombres diminutos enfrentados a otra formación de animales, sus formas y colores variaban, pero el material del que estaban hechos era el mismo. En la pared de enfrente, podían verse una multitud de relojes colgados, algunos de ellos aun funcionaban, y más allá, libros apilados, el robot los conocía, pero al igual que todos sus compañeros mecánicos, los creía extintos. La alarma se hizo más acuciante, mensajes de peligro y advertencia se multiplicaron en su interior, pero todo aquello era demasiado fascinante, estaba embobado y no podía retornar a su rutina luego de ver todo eso, pues pasaría mucho tiempo, antes de que la manada volviera a pasar por allí y muchísimo más antes de que él encontrara otro sitio similar. No pensó en irse, pero si esa idea hubiese surgido, hubiese sido literalmente aplastada por lo que vio a continuación, un acuario, con plantas y peces vivos nadando en su interior, eso era demasiado para una simple máquina como él. Su sistema colapsaba, la manada se alejaba cada vez más, el comando de autodestrucción amenazaba con ejecutarse en cualquier momento, pero el robot de la media luna solo pensaba en acercar su mano al cristal donde nadaba un bonito pez dorado. No sintió nada cuando explotó, solo un sonido fuerte que lo remeció y luego sus sistemas que se apagaban como una vela que se ha consumido.

Despertó seis días después, notó que sus recuerdos seguían intactos, también su consciencia, eso era de todo, menos normal. Sus sistemas se reiniciaban con normalidad, estaba en un lugar oscuro, la escasa luz que había, estaba enfocada en él, un hombre lo miraba muy de cerca con gran curiosidad “¿Puedes oírme?” Un humano, tan cerca que si tuviera sentido del tacto, podría haberlo tocarlo, sin embargo, lo más sorprendente era que podía comprender el sistema de lenguaje orgánico, algo que desde hace mucho estaba obsoleto entre las máquinas de bajo rango, como él. El robot de la media luna respondió que sí había recibido el mensaje, y el traductor que el hombre le había instalado reprodujo su respuesta con una voz electrónica, con un tono que se podía clasificar como femenino. El hombre rió complacido. Se trataba de un explorador solitario, aquel lugar era su hogar, el sótano de una de esas casas sepultadas por el barro al que se podía acceder a través del autobús donde precisamente el humano lo había encontrado. El robot miró a su alrededor, las paredes, el techo, todo estaba lleno de objetos absolutamente asombrosos para él, se preguntó si aquel humano estaría dispuesto a explicarle la utilidad del cepillo de dientes y de los otros fabulosos objetos que tenía allí, por su parte, el hombre estaba seguro de que aquel curioso robot, le sería útil para buscar y encontrar las piezas que constantemente los sobrevivientes necesitaban.


León Faras.

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