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por: autor palabra
Miércoles 17 de Enero de 2018

Y fue por dos billetes

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Categoría: Cuentos | Fecha: 22/12/2017
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Dos mil pesos para probarle a la suerte ese domingo a las nueve apenas abrieron al casino. Recuerda que todo empezó por el billete aquel, arrugado, casi en forma de bola en el bolsillo. Lo descambió por monedas en la taza plástica y empieza a meter de una en una en la ranura de la máquina. La palanca se mueve con estrépito y echa a girar la ruleta con sus figuras: dragones, espadas, sietes, guerreros, águilas. Giran pero en los primeros lances no logran quedar en línea ninguna de las tres codiciadas figuras. Sólo dan vueltas hasta detenerse en desorden. Es después del décimo intento en que van apareciendo en la pantalla las tres águilas. Gana diez monedas y piensa que algo es algo. Otras dos vueltas de la ruleta y caen los tres guerreros chinos con su bigote alargado y delgado como un hilo. Suena el reguero de monedas al caer al platón metálico. Un ruido fugaz de otras diez monedas vomitadas por la máquina. Aún queda con que seguir jugando, piensa. Desea que esta pequeña suerte se prolongue buen rato a ver si cae algo grande.
Al tercer intento, enseguida de los guerreros triplica la apuesta, le tiene fe a este tiro. Es como si ahora la ruleta se pusiera a girar con más rapidez. Da vueltas, incansable, hasta que las figuras se detienen en seco. Cae el primer dragón a la derecha, luego el otro en el centro y no alcanza a ver pasar el tercero. Tarda quizás más vueltas. Contiene la respiración varios segundos, esta jugada es posible pero a veces falla. Son sólo instantes de espera que no pueden generar ninguna cuenta. Pero ahí está el otro dragón, casi refundido en la parte de debajo de la pantalla con su cabeza verdosa vomitando fuego. El tercer dragón detenido con esa perplejidad de relámpago y la lluvia de monedas que demora en caer mientras la mujer que atiende detrás del mostrador cubierto de vidrio lo mira a ver cuánto se ganó y ve en el tablerito pequeño corriendo números en rojo hasta marcar trescientas monedas exactas y le sonríe. Otros dos jugadores que no se dio cuenta cuando aparecieron y juegan en las maquinas del frente se han quedado quietos mirando caer las monedas, sus monedas, sus monedas, la plata suficiente para almorzar, llevar algo a los muchachos en la casa y acabar de pasar bien el domingo. Ya están sextuplicados los dos mil de la entrada. Ahora piensa en jugar otro rato, probar suerte con cinco mil de los quince que acaba de ganar. Cómo es la suerte, menos mal se me ocurrió triplicar la apuesta, les dice a los jugadores, menos mal le tenía fe a ese tiro, sin dárselas de tahúr pero es sólo cosa de estudiar las jugadas y arriesgarse pase lo que pase. La mujer recibe el montón de monedas y le entrega un billete de diez mil y él se queda con las demás. Lo puede repetir la máquina, les dice, pero ellos no responden nada, lo miran con sus bocas cerradas, cree recordarlos de otro día jugando allí mismo, no. Tal vez en otro de los casinuchos estos, se ve que no salen de aquí, piensa, no los mira pero sabe que lo siguen observando, sabe de la observación también de la mujer al otro lado del vidrio. No es bonita y le disgusta esa seriedad de ladrillo cuando intenta hablarle. Era mejor la de antes, joven, bonita y con unas piernas que lo tentaban a jugarse toda la quincena, sin embargo no duró mucho. En fin, esta vez le dio por quintuplicar la apuesta a ver si los cálculos resultan ciertos y mueve la palanca. Águilas, espadas, guerreros, sietes, dragones empiezan a girar de arriba hacia abajo. Dan vueltas y se detienen casi al tiempo como si fuese una suave frenada sobre asfalto mojado. Hay un nuevo silencio capaz de prolongarse unos segundos, los suficientes para ver los tres dragones alineados en la pantalla... unos segundos como para sacudirse de un ligero asombro antes de oír el chorro de monedas sobre el recipiente alargado en forma de canoa, ametrallando con su ruido de lluvia metálica. Los hombres se aproximan mientras le dicen oiga compadre y le volvió a pegar al grande, mire donde está la plata, esta vez por la cinco, se ganó veinticinco mil y él claro, yo si sabía que hay veces lo repite, es cosa de tener fe y siguen cayendo monedas mientras los numeritos rojos se mueven con más velocidad y a la mujer detrás del vidrio se le agrandan los ojos pero sigue callada. Uno de los hombres dice le voy a echar cinco mil a la de los sietes; el otro dice es mejor a la de los micos, vamos a ver quién le saca primero, señora recíbame veinte mil y sigo jugando con los restos ahora le voy a meter de a poquito. Águilas, espadas, guerreros, dragones van dando vueltas pero caen dos figuras, a veces una y los dragones con su color verdoso ya no aparecen en la pantalla. Sabe que cualquier trío de figuras va a demorarse en caer y espera con la paciencia de echarle una y dos moneditas, una dos, una y dos, dos y una, repite la jugada muchas veces. Ya cuando el platón se ve escaso aparecen de nuevo las águilas, demoran rato en caer los guerreros de pie, abiertos de piernas con su bigote y sus cimitarras levantadas. La suerte se ha mudado, escucha caer cada rato monedas en las máquinas de los otros jugadores. Ya han entrado más personas. Está incluso la mujer bajita que también le gusta jugar en la de los dragones como la llaman y a ratos lo mira y quiere saber cuándo va a dejar de jugar para cogerla ella y esto no se lo quiere permitir, ya no lo piensa hacer pues le ha metido como diez mil, calcula. Ya ha pasado un rato, no se sabe cuándo vaya a botar otro premio y espera volvérselo a ganar. Van diez mil metidos y en el bolsillo tiene treinta mil. Ahora quiere descambiar uno de los billetes de diez que está en el bolsillo. La máquina vuelve a darle pequeños consuelos con las tres espadas, los sietes y a veces las águila. Es poquito pero sirve. Cuando le quedan unas cuatro monedas y piensa en el billete, dobla la jugada y al fin vuelven a caer los dragones y siente que no fue justo, se lamenta para sí, dirigiendo el gesto a los demás, maldición, debí descambiar antes el billete aunque ya no importa, otra vez a recuperado los diez mil. Decide entonces partir la cantidad y le entrega a la mujer la mitad de las monedas. Ella le da los tres billetes con la actitud indescifrable de siempre, uno de mil y los otros dos que al mirarlos bien no son de dos mil sino de veinte mil, dos azules de veinte mil, vieja bruta, piensa con la celeridad del rayo, esto si ya no es culpa mía, cuarenta mil pesitos que guarda con prisa en otro bolsillo, para no volverlos a sacar y evitarse que la mujer caiga en cuenta del error. Algo le dice mejor váyase ahorita con esa plata y no vuelva a meterse en estos antros, pero no, es mejor esperarse un rato mientras disimula pues salir de una manera tan abrupta seria darle a entender algo extraño. Mejor esperarse a terminar los restos y en ese caso salir con más calma. Ahora el salón se ha llenado de gente, unos a jugar mientras los otros apenas se dedican a mirar girar las ruletas mientras suena música de algunas máquinas cuando vuelve a caer algún premio. Pasan los minutos sin percatarse que ya es medio día y poco a poco llega la una dela tarde. En algún momento le parece escuchar la radio que sintoniza la mujer, tal vez para evadirse un poco del ruido monótono de las máquinas y el traqueteo de monedas al caer en los recipientes. Ya ha olvidado el almuerzo y se siente más apegado a la maquina con sus espadas, guerreros, águilas y dragones que lo atan a ese pequeño espacio sin soltarlo, ahora sus ojos están fijos en la pantalla, su mano izquierda ha adquirido cierto color lápiz de tanto coger las monedas y meterlas por la ranurita mientras la mano derecha jalonea la palanca. Pierde y gana, Pierde y gana. Por momentos cambia los billetes que ganó por más monedas. Sabes que estos billetes ya no importan demasiado. Ya no le importa perderlos. Piensa en los dos billetes de veinte mil azules en el otro bolsillo y estos no los va a sacar delante de la mujer pues teme que caiga en cuenta. Se ha olvidado del hambre y no se acuerda de la sed. Solo se ha fumado unos pocos cigarrillos cuando siente el humo exhalado por los otros jugadores. Hoy siente que la suerte lo acompaña y no lo dejara solo hasta el resto del día. Han vuelto a caer los dragones por la cinco. Una, dos, tres veces. Esto parece inusual. No ocurre todos los días dice un jugador desconocido. A mi primo Fabio le robo el jueves noventa mil pesos y no le cayeron los malditos dragones ni por la uno. A cuantos más les había quitado la plata para empezar ahora sí a botar premios. Es verdad, hoy era el día especial. Hacía poco alcanzo a contar cincuenta mil en efectivo, fuera de los dos billeticos de veinte azules del otro bolsillo. Pero no pensaba en ganancia, ni empezaba a pensar en nada. Su rostro estaba pálido y parecía sólo mover las manos. En nada pensaba, solo ese deseo de prolongar el día de una manera indefinida y jugar. Por momentos siente una leve pulsada en la sien, algo le produce cierto escozor en los ojos, saben que son las miles de vueltas de los dragones, los guerreros, los sietes, las espadas y las águilas. La tarde se evapora con la parsimonia de alguien cansado. Quizás la maquina también empieza a cansarse de escupir monedas. Pero no le importa en lo más mínimo. Algo, que está más allá de este mundo lo amarra con una violencia invisible a la pantalla con sus tres ruletas que no paran de dar vueltas. La mujer le recibe billetes para el cambio y lo mira como si quisiera decirle algo, pero acaso no le importa. Esta vez descambia billetes de diez mil y alcanzar a sentir como entre nebulosas otra velocidad, las ruletas van mucho más rápido y se devoran el dinero con un hambre arrasadora, le parece cruel ver derrumbar las ganancias y mira el último billete como se diluye en monedas de humo y se evaporaran sin compasión. Van quedando más y más poquitas y siente algo parecido a un puñal destrozándole el estómago, quiere gritar y dar golpes a la máquina, estrellarse contra las malditas ruletas mientras se despedaza para siempre. No, piensa al tiempo de introducir las últimas y es cuando espera un milagro que no ocurre. A penas le quedan los dos billetes de veinte mil azules en el otro bolsillo y uno de mil para jugarlo. No quiere dejarse ver de la mujer sacándolos. Persiste la desconfianza. Va hasta el baño y se apoya con una mano en la pared antes de ponerse a orinar. Siente un cansancio recorriéndole todo el cuerpo, mezcla de fatiga y dolor. No quiere esperar a descargar por completo la vejiga. Un impulso reprimido desde hace mucho rato lo lleva a meterse la mano en el bolsillo y sacar los tres billetes, uno de mil casi nuevo y los otros dos que se queda contemplando con un temblor que le empieza a subir por las piernas, dos billetes de dos mil de los recién salidos, con el retrato del general Santander, que parece hacerle una mueca irónica mientras se lleva las manos a la cabeza y siente que se acaba de arrancar una manotada de cabellos.


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