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por: autor palabra
Viernes 17 de Agosto de 2018

Descuidos.

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Categoría: Microrrelatos | Fecha: 14/07/2018
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Suena el timbre. Un día menos, pienso, me quedan solamente tres. Es martes, el día más pesado de la semana para mí, para otros tal vez el mejor, no lo sé. Me despido de mis amigos. Las experiencias vividas me han enseñado que debo vivir la vida segundo a segundo, sin menospreciar el que acaba de irse con el que está por suceder. Mis despedidas siempre han constado de un abrazo y un “cuídate, te veo mañana” (abusando de la confianza que el destino me brinda, claro está).
Veo al cielo, es posible que llueva, pero no me importa. Desde niño me ha gustado la lluvia, la disfruto, me encanta. Ese interminable choque entre las gotas y mi cuerpo lo asocio con la lluvia de meteoritos que hace millones de años exterminaron a los grandes reptiles de la faz de la tierra. Algo grotesco, ¿no? ¿exagerado tal vez? No lo sé, no me importa.

De pronto, me entran unas ganas irresistibles de caminar, así que decido perder el bus a propósito y empiezo a caminar en dirección a mi casa. Después de muchos pasos y pocas cuadras me encuentro con una niña que se le ha ocurrido vender limonadas en la acera de su casa, algo tan común y corriente para cualquier infante, pienso yo. Me aproximo a ella mientras mientras meto mi mano derecha en mi bolsillo y pienso: “Esa niña sí que tiene suerte, tal vez sea su primera (o única) venta del día”. Con un breve saludo saco la moneda de cincuenta centavos y la deposito en su frágil y tierna mano. Inmediatamente se dispone a servirme aquel verdusco líquido que yacía en una jarra de cristal, en un vaso de plástico. Me lo entrega, le hago un guiño y me marcho.

He caminado unos cincuenta metros quizás, con el vaso de limonada ya a la mitad, cuando siento el choque de una gota de agua contra mi nariz. Es obvio, pienso, va a llover. La idea de convertirme en un meteorólogo profesional se esfuma brevemente de mi cabeza cuando una torrencial lluvia se desata a mis espaldas. Empiezo a correr en busca de un refugio para así evitarme una posible discusión con mi madre. Veo milagrosamente un frondoso árbol en la esquina próxima, a no más de unos diez pasos de distancia. Me regocijo junto a aquel grueso, áspero y longevo tronco esperando a que se apacigüe el diluvio.

No pasaron más de cinco minutos hasta que las gotas cesaron. Retomé mi marcha y me dispuse a darle fin al vaso que llevaba entre manos. Un sólo sorbo fue necesario para cumplir mi propósito. Después de haber tragado aquella ácida mezcla, sentí en mi lengua una presencia extraña. Al instante pude darme cuenta de que una semilla de limón se le había escapado a la inocente niña al servirme el líquido. Me dispuse a escupirla en dirección a una parcela abandonada, al mismo tiempo en que un leve destello de esperanza irradió mi pensamiento. Tal vez, en un par de semanas pase por el mismo lugar y logre avistar un pequeño y naciente brote verde abriéndose paso entre la tierra, pensé, marcando así el inicio de una historia que de seguro compartiré a mi familia en alguna de las reuniones que con frecuencia organizan.

Continué mi marcha con dirección a mi casa, alegremente sin quitarme de la cabeza las esperanzadoras posibilidades que se podrían dar en los siguientes días.

———————————-
Ayer se cumplieron dos semanas. Camino en dirección a mi predeterminado destino, con un diluvio incesante sobre mis hombros, y en mí no habita ningún deseo de huir ésta vez. Me paro firmemente justo en el lugar donde se supone vería a aquel tierno brote. Encuentro a una rata muerta ocupando su lugar. Estallo de furia, doy un grito ensordecedor, pateo el charco de agua que se formó rápidamente a mi lado, empapándome mi zapato y parte de mi pantalón. Decido marcharme. Maldigo al universo por arrebatarme cada destello de esperanza que se origina en mí, haciéndome creer que todas mis proyecciones y sentimientos no son más que simples nimiedades que se atascan en lo quimérico. Maldigo a aquella niña por venderme aquel vaso de limonada con esa semilla dentro. Tal vez fue un simple descuido infantil de parte suya. Tal vez no. No lo sé, no me importa.


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